Alemania
Una deslucida línea de mosaicos rojos corre a lo largo de un piso café, en el vestidor de hombres de una alberca pública en mi barrio berlinés.
Indica dónde hay que quitarse los zapatos y, de paso, revela una buena porción de la mentalidad alemana.
Con la vista fija en el pequeño letrero que acompaña a la línea, y que dice “Zona descalza” en alemán, hombres adultos se paralizan como si hubieran topado con un campo de fuerza o se les hubiera administrado un choque eléctrico por ser tan tontos de tratar de cruzarla con el calzado puesto.
Pero no puedo decir qué repercusiones habría si alguien lo hiciera. Estando en Alemania, nunca he visto a nadie con zapatos del otro lado de la línea y, ciertamente, no me arriesgaría a hacerlo yo mismo.
Tan estricta obediencia es aun más impresionante cuando nos damos cuenta de que la despiadada efectividad de la línea roja no se debe a que haya personal de vigilancia, ni cámaras de video a la vista ni, hasta donde yo sé, algún choque eléctrico.
Empero, estoy seguro de que, en un vestidor de París, y ya no digamos de Roma, la autoridad de la angosta línea sería inexistente, una tibia sugerencia o quizá sólo un chiste.
Me vino a la mente esa obscura línea de mosaicos la semana pasada, cuando los políticos estadounidenses trataban de convencer al gobierno alemán de que cruzara un umbral psicológico y rompiera la disciplina fiscal, gastando para salir de la crisis.
En la mayoría de los interacciones cotidianas, los alemanes no necesitan que nadie vigile el cumplimiento de las reglas.
Ellos las siguen -y les recuerdan a los demás que también las sigan en sermones improvisados que llegan a ser muy agitados-, pues fueron educados para saber qué es lo que se espera que hagan.
Lo que los alemanes llaman “Ordnung” (que se traduce generalmente como “el orden”, pero que es un concepto más amplio) y es el mapa tácito del esfuerzo concertado de la sociedad por proscribir permanentemente la inestabilidad y la violencia que caracterizaron su historia.
Esa sensación de inseguridad proviene de la división forzada de Alemania durante la “guerra fría”, de la era nazi y de la hiperinflación de los años veinte, pero llega mucho más atrás en la historia, hasta la guerra de los treinta años en el siglo XVII, que diezmó gran parte de la población y de los territorios alemanes y que constituyó un trauma formador.
La respuesta fue contraer la inclinación nacional a apegarse al programa, no solo en áreas específicas sino también en la mayoría de los aspectos de la vida.
La Autobahn es más que una autopista con tramos en los que se puede ir tan rápido como se quiera; también es una maravilla de auto-organización.
Los Fiats viejos avanzan resoplando en el carril derecho, mientras que los Volkswagens nuevos los adelantan por el carril central, permitiendo que los relucientes Porsches pasen zumbando como aterradoras nubes de polvo por el izquierdo.
Todo el mundo va en su lugar asignado, con la salvedad de que nadie ha asignado esos lugares.
Para mí, lo más tierno son los serios esfuerzos teutónicos por ser relajados, como cuando un aspirante a rudo, en una cancha de baloncesto -confundiendo el Volkspark Friedrichshain de Berlín con el Rucker Park de Manhattan de los años setenta- se jactó de que me preparara para el juego, pues “en la pelota callejera no hay reglas”.
Después pasó a enumerarme cuidadosa y educadamente qué reglas habríamos de ignorar, cuáles se aplicaban en forma relajada y cuáles tendríamos que obedecer de todos modos.