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El abismo del océano entrega sus secretos

Artículo seleccionado por Diario El Heraldo
20.06.09 - Actualizado: 20.06.09 07:24pm - Redacción: diario@elheraldo.hn

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Brasilia,

Brasil

Al observar a los buzos brasileños rescatar del mar la reluciente cola tricolor del vuelo 447 de Air France, no podemos dejar de preguntarnos qué se hizo la noción romántica, que tantos guitarristas han festejado al cantar Amelia Earhart’s Last Flight desde 1939, dos años después de que se perdiera en algún lugar del Pacífico del sur.

¿Qué ya nadie de plano se desvanece en el mar? ¿Todos esos episodios de “Lost”, por no hablar de “Robinson Crusoe” y de “Los Robinson suizos”, son solo ficción histórica?

Los primeros informes indicaron que el avión se había precipitado con 228 personas a bordo con la radio en silencio, en medio de una descomunal tormenta tropical, sin ser rastreado por ninguna pantalla de radar en todo el mundo y en una franja de océano tres veces el tamaño de Europa.

Si hay algo que parezca destinado a tener un estereotipado final en el triángulo de las Bermudas, en el que las profundidades del mar se niegan a entregar sus secretos, éste era un caso de esos.

Pero estamos en 2009, no en 1937, y después de tan solo una falsa alarma por unos desechos flotantes, la armada brasileña obtuvo un pedazo confirmado del avión y más de 40 cuerpos.

No es por negar la tristeza de la pérdida de tantas vidas, pero el abismo marino de pronto pareció más como un rejilla de ventilación del subterráneo: quizá no podamos alcanzar aquello que brilla argentino en el fondo, pero al menos sabemos de qué se trata.

La pasmosa majestad del destino asombró a quienes suponían que los aviones de línea siempre están en contacto con una torre y que volar en una tormenta era más o menos seguro.

Esa idea ahora se ha evaporado como niebla del océano, revelando lo que promete ser una ruda y prolongada pelea entre expertos de aviación respecto de los méritos de la tecnología de vuelo controlado por computadora.

“Eso fue entonces y esto es ahora”, afirma Donald M. Goldstein, uno de los muchos biógrafos de Amelia Earhart. “Quienes la buscaron eran chicos de campo y no tenían la tecnología. Si eso hubiera ocurrido en la actualidad, ciertamente la habríamos encontrado”.

La razón de que se haya caído el vuelo 447 será investigada durante meses.

Pero los detalles de cómo se recuperaron tan rápidamente sus restos también parecen escasos. ¿Pudieron las fuerzas armadas brasileños tener tanta suerte tan pronto?

Ha habido especulaciones abiertas entre expertos en tecnología acerca de que el accidente, e incluso las implosiones posteriores de los cilindros de oxígeno que iban a bordo, pudieron haber sido captados por los hidrófonos instalados originalmente para detectar submarinos soviéticos y ensayos de misiles.

Ahora los franceses despacharon un submarino de ataque para buscar las cajas negras. La armada de Estados Unidos hizo público el envío de equipo a Brasil; pero no dijo si los submarinos estadounidenses ya estaban en la región.

Accidentes

Christine Negroni, especialista en seguridad de aviación y escritora independiente que estuvo ayudando a The New York Times en los reportes sobre el accidente, precisó que cada mensaje automático radiado vía satélite por los sensores del avión al departamento de mantenimiento de Air France -para indicar que la computadora de vuelo había fallado y se había perdido la presión de la cabino- estaría marcado con las coordenadas GPS.

En el caso de Earhart, la inexplicabilidad de su desaparición fue aun mayor por el hecho de que estaba siendo observada de cerca.

Sí, ella estaba tratando de detectar una isla de tan solo una milla de longitud, después de haber volado toda la noche encima del Pacífico del sur, y no estaba familiarizada con el novedoso equipo direccional y es probable que en el despegue se le haya desprendido la antena de la radio.

Pero ella y su copiloto no estaban solos en el océano. Ella era la “Lady Lindbergh” mundial, una celebridad internacional, esposa del heredero de una casa de publicaciones y amiga de Eleanor Roosevelt.

El patrullero de la guardia costera Itasca estaba cerca de la isla de destino para guiarla y, menos de una hora después de su último mensaje de radio -en el que parecía que ella esperaba encontrar la isla abajo pero no la veía- la armada inició su búsqueda, que duró dos semanas y en la que participaron un buque de guerra y un portaaviones, además de costarle al contribuyente cuatro millones de dólares en medio de la depresión económica.

Al no encontrarse ninguna huella de ella se generaron numerosas teorías conspiratorias: había aterrizado en otra isla y murió de inanición.

Fue capturada por los japoneses y ejecutada, o bien, obligada a trasmitir por radio bajo el nombre de la Rosa de Tokio. Ella sobrevivió, se fue a vivir a Nueva Jersey y se casó con un hombre de apellido Bolam.

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