Líbano
En los bordes de una ruidosa manifestación en favor del presidente Mahmoud Ahmadinejad la semana pasada, una mujer de mediana edad, envuelta en un chador, maldecía a los opositores que afirman que la elección iraní fue un fraude.
“Son unos traidores; ni siquiera tienen que ver con el país”, afirmó. “Todos apoyamos a Ahmadinejad y sus políticas.”
Pero aun ahí, en medio de la multitud organizada por el gobierno y vigilada por la policía y los milicianos basidji, podían escuharse voces disidentes.
“No todos están en favor de Ahmadinejad”, susurró una mujer de pañoleta gris que notó mi libreta de reportero. “La mayoría está en favor de la oposición. Solo vinieron a ver qué sucedía.”
Ella se escabulló entre la multitud pero después vino otra persona, luego otra y otra más -“¡La elección fue un robo!” - hasta que perdí la cuenta y empecé a preguntarme si no estaría soñando.
“Todo es trampas y mentiras.” “No les crea.” “Este no es el verdadero Irán.”
Nunca había sido tan difícil evaluar lo que es el verdadero Irán. Lo que está claro, empero, es que la disputa electoral ha expuesto una profunda brecha en la sociedad iraní, que no puede curarse ni medirse con el conteo de votos.
De cada lado, la fe se mezcla con las percepciones, lo que hace que los partidarios crean con toda certeza que representan a la verdadera mayoría del país.
Diferencias
La diferencia a veces se caricaturiza como si fuera entre una élite urbana occidentalizada y las clases bajas piadosas.
Pero la verdad no es tan simple, aunque no hay duda de por quién votaron todas esas mujeres teheranitas, vestidas a la moda con pantalones vaqueros y velo suelto.
Una enerma manifestación de la oposición, el lunes pasado -en la que se cree que participaron más de un millón de personas- estuvo llena de personas con aspecto de simpatizantes de Ahmadinejad: mujeres con la túnica musulmana tradicional y hombres de clase obrera.
En esencia, el núcleo de la lucha es entre dos conceptos rivales sobre lo que trata de alcanzar la revolución islámica de este país.
“Un lado quiere una evolución gradual de las instituciones democráticas y una interpretación más democrática de las instituciones islámicas”, explica Kavous Seyed-Emami, profesor de ciencias políticas en la universidad Imam Sadeq de Teherán. “El otro lado está en favor de una interpretación del islam más populista y más o menos autoritaria.”
Durante la semana pasada, esas diferencias se han reducido a lemas.
“Muerte al dictador”, coreaban los seguidores de Mir Hossein Moussavi, el principal candidato de la oposición. “Muerte a quienes se oponen al dominio de los clérigos” era el estribillo del lado contrario.
Y más de una semana después de las elecciones, nadie puede decir con certeza si el conteo oficial de 62% pára Ahmadinejad representa la forma en que realmente votaron los iraníes.
Muchos simpatizantes de Moussavi están convencidos de que él fue quien ganó con ese aplastante porcentaje.
“Observe quiénes apoyan a Ahmadinejad; son solo grupos sectarios, una minoría”, afirma Parisa, una mujer de 26 años que la semana pasada estaba en un mitin en favor de Moussavi. Al día siguiente, en una manifestación en favor de Ahmadinejad, Muhammad Alí, de 49 años y profesor de inglés, dijo con la misma sinceridad: “Ahmadinejad pertenece a todo el pueblo, no sólo a un grupo. Pero Moussavi y los demás son sólo de un sector estrecho.”
Los conceptos están profundamente enfrentados aun en materia económica, el tema más importante para la mayoría de los electores. Un estribillo de los opositores era controlar el desempleo y la inflación, de elevado índice en Irán.
Los dos bandos se creen mayoría
Empero, los simpatizantes de Ahmadinejad respaldan las declaraciones de éste y dicen que los precios están a la baja, que se han creado empleos y que la vida se va haciendo más fácil.
La división gira en parte en torno a conceptos opuestos de la evolución política de Irán desde 1979. Para la oposición, en 1997 se produjo un momento decisivo cuando el clérigo reformista Mohammad Khatami ganó la presidencia en forma arrolladora.
Para parte de la oposición, eso fue la evolución natural del radicalismo incendiario en que su fundó la república islámica, hacia un estilo de gobierno más maduro y democrático.
El amplio margen de victoria de Khatami -que se repitió en 2001- sigue alimentando la sensación de ser la verdadera mayoría del país.
Por otro lado, hay quienes ven en esos años la deriva gradual del celo de los primeros años de la república.
Incluso quienes admiran a Khatami no dejan de quejarse por la corrupción entre sus principales funcionarios, especialmente la del ex presidente Akbar Hashemi Rafsanjani.
Para ellos, Ahmadinejad fue el primer presidente que realmente escuchó y entendió a las clases pobres y trabajadoras de Irán y que fue capaz de cumplir las promesas de la revolución, de justicia económica y social.
También responden a su agresiva retórica nacionalista, arraigada en el inveterado temor de que Irán ha sido intimidado, política y culturalemente, por Occidente.
En cambio, muchos iraníes jóvenes y cosmpolitas quisieran tener lazos más firmes con el mundo externo.