Estados Unidos
Hoy en día, el término guerras culturales es omnivalente y se aplica a asuntos controvertidos de religión y conciencia, de estilo de vida y normas sociales. Los temas clave son el aborto, el matrimonio homosexual y las investigaciones con células madre. Los conservadores como Palin son en muchos casos populistas evangélicos enfrentados con las élites, ya sea en establecimientos universitarios o en los medios. Pero Bennett y Cheney eran intelectuales comprometidos en una guerra cultural diferente, centrada en universidades y colegios.
Una nueva generación de académicos y profesores, moldeada en los tumultuosos años sesenta, estaba desafiando las interpretaciones establecidas de la historia, la identidad y los valores del país. Al mismo tiempo, los planteles adquirían mayor diversidad étnica y los estudiantes pertenecientes a las minorías exigían planes de estudio que les hablaran más directamente de sus propias experiencias.
En reacción, los conservadores culturales trataban de revivir una vieja tradición que, pensaban, estaba siendo difamada. “La occidental es la cultura en la que vivimos”, declaró Bennett, en refutación a los administradores de la Universidad de Stanford, que habían revisado el plan de estudios del primer año para que pusiera más “atención a las cuestiones de raza, sexo y clase”.
Estas preocupaciones no estaban limitadas a la derecha. Las objeciones de Cheney a las normas nacionales de historia fueron secundadas por Arthur Schlesinger Jr., historiador liberal y crítico de lo que él denominó el “culto a la etnicidad” y el “virus del tribalismo”.
Señaló que el énfasis puesto por el borrador en las culturas africanas y nativas americanas distorsionaba las influencias europeas que constituyen la base de “las ideas políticas formadoras de Estados Unidos: democracia, gobierno representativo, libertad de expresión y de prensa, proceso legal justo” y otras más.