Estados Unidos
Cuando el grito de guerra en las calles de Irán pasó de "¡Muerte a Estados Unidos!" a "¡Muerte al dictador!" se sintió la fuerte tentación de pensar que estaban contados los dÃas de los mullahs.
Quizá lo estén, pero quizá no. Como dijera el presidente Barack Obama el martes pasado, "todavÃa no sabemos cómo saldrá esto". Pero dentro del Consejo de Seguridad Nacional de Obama, asà como por todo el mundo, se está planteando esa pregunta en diferentes versiones: ¿Funcionará el recurso de la represión? ¿O ésta será contraproducente, ampliando la enorme brecha polÃtica que dejó al desnudo la reciente elección?
Es larga la historia de la represión para salvar regÃmenes, o al menos a sus lÃderes. Y cada caso es diferente. Algunos regÃmenes son quebradizos ante la presión popular, mientras que otros son flexibles y se adaptan a ella. Algunos tienen al nacionalismo como carta de triunfo mientras que para otros es su talón de Aquiles. Y si algunos regÃmenes son tiranÃas simples, la estructura del sistema polÃtico de Irán es compleja y opaca.
Con todo, hay un elemento común que está claro: el destino del régimen depende a final de cuentas de los servicios de seguridad. Si éstos deciden que sus intereses están del lado del poder al que han protegido, y que los ha protegido a ellos, entonces resistirán. Si, por el contrario, deciden que es más probable que prosperen con una nueva dirección, el poder puede venirse abajo a la velocidad de un juicio amañado.
Pero en esa escala hay muchas graduaciones.
Hace veinte años, muchos observadores, dentro y fuera de China, al presenciar los eventos de la plaza Tiananmen predijeron con confianza el principio del fin del Partido Comunista de China. Se equivocaron. Dos decenios después, el partido ha cambiado tan radicalmente -haciendo a un lado su ideologÃa revolucionaria y reemplazándola por un contrato social basado en un estupendo crecimiento económico- que sigue firme, controlando el poder tan sólidamete como siempre. ¿Cómo hizo eso? En el transcurso de los últimos veinte años, el Partido Comunista ha permitido algunas elecciones locales, ha tolerado ciertas protestas contra la contaminación y la corrupción (en tanto éstas no calen muy hondo en los poderes de la directiva nacional) y ha otorgado mayor libertad para viajar al extranjero y consultar Internet (con ciertos lÃmites estrictos, es verdad). Las clases sociales con estudios y en ascenso han aceptado estas reglas tácitas: pueden disfrutar de sus expectativas pero no desafiar la autoridad del partido. Entre tanto, las fuerzas armadas se ha quedado con el botÃn; no sólo se han modernizado sino que ahora sus empresas financieras son una buena parte de la economÃa en auge de China.
Históricos
Pero si nos vamos un poco más atrás en la historia, a los levantamientos de Solidaridad en Polonia a principios de los años ochenta, la lección es diferente. Las fuerzas de seguridad, parte del Pacto de Varsovia, fueron llamadas para hacer cumplir la ley marcial y permanecieron leales a un gobierno situado firmemente en la órbita de la Unión Soviética. Pero en el curso de un decenio se fue erosionando el control del régimen sobre el poder -y la lealtad de los soldados- conforme obreros sindicalizados, intelectuales, el Papa y con el tiempo, incluso, las mismas fuerzas de seguridad, iban perdiendo la confianza en un régimen que consideraban ilegÃtimo.
Una de las razones de que el régimen resultara vulnerable fue que los mismos polacos lo veÃan como un injerto del extranjero. Asà que cuando empezó a desmoronarse la Unión Soviética, las fuerzas de seguridad reconocieron que sus propios jefes estaban condenados. Asà que tomaron la decisión estratégica de apoyar a cualquier gobierno que eligiera el pueblo. Ese fue el principio de un rápido fin. Pero ese modelo en realidad no se aplica a Irán.
Los ejemplos no paran ahÃ. La brutal junta militar de Birmania, que recompensa a las fuerzas armadas leales, si bien corruptas, mientras la economÃa en general se viene abajo, ha resistido las protestas de los movimientos por la democracia desde hace treinta años. Por otra parte, en Indonesia y en Nicaragua, las primeras grietas de la dictadura rápidamente hicieron añicos el mito de un poder inexpugnable. El caso de Nicaragua, a fines de los años setenta, fue una lección sobre el precio de perder a los apoyos básicos. La dinastÃa Somoza ya antes habÃa capoteado rebeliones, pero cometió un error fatal al dilapidar los fondos extranjeros que se enviaron para ayudar a su quebrada economÃa después del terremoto de 1972. Eso, aunado a su brutalidad, irritó a importantes dirigentes de la clase media, que hicieron causa común con los sandinistas mientras Estados Unidos recortaba la ayuda militar. Para 1979, los rebeldes izquierdistas habÃan derrotado al ejército.