Estados Unidos
Hará unos diez años, cuando estaba trabajando en Fránkfurt, la capital de la banca en Alemania, fui invitado al piso superior de un reluciente rascacielos, donde estaban alojadas las oficinas centrales de uno de los más venerables bancos del país. Ahí fui agasajado con algo que, como me quedó bien claro, pocos ojos tenían el privilegio de ver: un recorrido por su colección privada de arte, un impresionante florilegio de obras maestras antiguas y modernas, de Europa y de Estados Unidos.
La idea era que esas pinturas reflejaban la riqueza del banco. Y que los tesoros secretos se conservaban para siempre bajo puertas cerradas, para goce y disfrute de unos cuantos privilegiados que así demostraban su poder.
Si eso parece corresponder a otra época, así es. En todo el mundo, los bancos se están tambaleando, como sabemos; las pérdidas de los bancos europeos son de lo más ruinosas. Y la semana pasada, su prestigio y supuesto secreto recibieron un fuerte golpe, cuando el gobierno de Suiza aceptó revelar a Estados Unidos el nombre de los 4,450 ciudadanos estadounidenses sospechosos de evasión fiscal mediante cuentas secretas en USB, el banco más grande de ese país.
La victoria de Estados Unidos fue posible gracias a la evidencia aportada por un informante de origen estadounidense -cuyo nombre en clave es Tarántula-: un ex empleado de UBS disgustado, originario de la región de Boston y que trabajaba en Suiza. Hasta su salida del banco, él fue parte del equipo de UBS que hacía frecuentes viajes al otro lado del Atlántico para vender activamente estrategias de inversión a estadounidenses ricos que así deseaban evadir el escrutinio de las autoridades hacendarias de su país.
Pero sería un error ver en este acuerdo un golpe solitario asestado sólo a un banco por un único gobierno. En verdad se trata del resultado de un movimiento político más amplio, surgido a raíz de la crisis financiera global, en la que el desencanto con la globalización financiera está haciendo que los gobiernos repatrien la riqueza de vuelta a su territorio nacional, especialmente ahora que los países necesitan desesperadamente cuadrar sus cuentas.
Secreto bancario
Apenas hace unos años, en los tiempos anteriores a la crisis, por lo general se pasaban por alto las obscuras maquinaciones de las transacciones bancarias transfronterizas y todo aquello que pudiera estar sucediendo ahí.
Y, si bien algunos de los presuntos evasores fiscales bien pueden ser los criminales de guerra, traficantes de armas o déspotas que suelen asociarse con las cuentas secretas en el extranjero, el objetivo de esta reciente campaña más bien son los empresarios ricos y los individuos con una gran fortuna.
"Hay un movimiento político debido a la debacle financiera", afirmó un veterano banquero europeo que insistió en hablar en forma anónima ya que está retirado. "Se están dirigiendo a los llamados ricos y los quieren perjudicar".
Claro, en Estados Unidos las cosas se ven un poco diferentes. Los fiscales sostienen que, tan sólo en el caso del UBS, los estadounidenses acaudalados escondieron ahí miles de millones de dólares, con lo que la evasión de impuestos se eleva a cientos de millones de dólares al año.
Si bien podría decirse que Suiza es el centro offshore más grande, no es el único.
Quienes defienden su código de secreto bancario señalan que dicho código es parte de la pretensión de neutralidad del país y del hecho de estar por encima de las refriegas políticas globales.
Pero el secreto ha resultado ser inmensamente lucrativo. De acuerdo con ciertos cálculos, en Suiza reside la cuarta parte de los fondos offshore de todo el mundo.