Iraq
Los oficiales militares iraquÃes suelen referirse a sus contrapartes estadounidenses como "los amigos", con un circunloquio lleno de la sutileza oriental que muchas veces se pierde para los amigos mismos. Si se le agregan comillas, se llega más cerca del sentido deseado: "los ‘amigos"’. No es un sentido sarcástico exactamente, sino que más bien está teñido de emociones ambiguas, como en la frase: "Los ‘amigos’ vinieron ayer y se quejaron por los faltantes en la nómina."
A los estadounidenses les cuesta trabajo entender que su empresa billonaria en Irak haya hecho que los iraquÃes, y particularmente las fuerzas armadas, no sólo sean profundamente dependientes de Estados Unidos, sino que, encima, estén resentidos por esa dependencia. Después de todo, los estadounidenses los salvaron de la derrota a manos de una despiadada insurgencia que, hace apenas algunos años, efectivamente los habrÃa destruido; perdieron 4,000 vidas en esa operación, mientras que probablemente 40,000 jóvenes estadounidenses han quedado baldados de por vida. ¿Y los iraquÃes no lo agradecen?
Pero en el fondo, los iraquÃes no lo ven asÃ. Sà están agradecidos, al menos muchos de ellos, pero la gratitud es una bebida que deja un regusto amargo. También están irritados por las mil y una humillaciones cotidianas que sufren a manos de las fuerzas armadas estadounidenses, quizá bien intencionadas pero que no tienen ni idea. Un polÃtico iraquà que pidió quedar en el anonimato ("Tengo que vérmelas con los amigos", explicó) habló de un viaje que hizo con el jefe de las fuerzas armadas iraquÃes, un general de uniforme, charreteras erizadas de águilas, estrellas y cimitarras. Estaban en el aeropuerto de Bagdad, a punto de abordar uno de los pocos aviones militares iraquÃes, cuando un sargento estadounidense lo detuvo y le impidió subir a la nave. A pesar de las protestas de rango y privilegio del general, el sargentito se las arregló para que el avión despegara sin él.
"Una vez tenÃa una reunión con el comandante de división encargado de Bagdad", continuó el polÃtico. "Una reunión privada. De repente, entra un coronel estadounidense con un traductor y se sienta, tomando nota de nuestra conversación. El se disculpó pero dijo que no podÃa hacer nada al respecto".
Esto explica mucho indirectamente sobre el actual estado de la cuestión, después del 30 de junio. Los iraquÃes han asumido con entusiasmo su recién recuperada soberanÃa militar pese a que, como ocurre en muchos casos, realmente no estén preparados para hacerlo. Pueden poner en el terreno tropas para combatir, pero no pueden arreglar sus vehÃculos Humvee. Pueden montar sus propias operaciones en contra de los insurgentes, pero tienen reticencias para lanzarlas sin cobertura por aire... cosa que solo los estadounidenses pueden aportar. Pueden reunir a un gran número de soldados -su ejército ahora es más numeroso que el que tiene Estados Unidos en Irak- pero dependen de los estadounidenses para que les manejen la logÃstica, ya que ellos están plagados por la corrupción y los malos manejos.
Conforme al reciente acuerdo de estatuto de fuerza entre los dos paÃses, las tropas estadounidenses no solo salieron de todos los centros de población después del 30 de junio, sino que además aceptaron no involucrarse, dentro o fuera de las ciudades, a menos que los iraquÃes los inviten a hacerlo. Y la inclinación iraquà ha sido no invitarlos, en parte por orgullo, en parte por la preocupación ante la reacción de su pueblo en caso de que pidieran ayuda.
Esto se puso de claro relieve en dos recientes atentados con bomba contra edificios ministeriales iraquÃes, el 19 de agosto, que pudieron llevarse a cabo ya que se habÃan retirado prematuramente las fortificaciones que habÃa enfrente de tales ministerios.