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Sopesemos el choque en el gran casino de EE UU

La época de esperar tiempos mejores cedió el lugar a la ansiedad económica.
26.09.09 - Actualizado: 26.09.09 06:57pm - The New York Times: redaccion@elheraldo.hn

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Washington. ,

Estados Unidos

A lo largo de la historia comercial de Estados Unidos ha habido un rasgo cultural que tiende a dominarla: los estadounidenses son optimistas, un pueblo inclinado a ver el vaso no sólo medio lleno, sino además en rápida expansión y con un líquido que bien podría convertirse en oro.

Este exuberante optimismo ha resultado benéfico y ha animado a los estadounidenses a correr riesgos con los que han logrado innovaciones y riquezas. Ha alentado a los empresarios a invertir dinero prestado en ideas nuevas que, en ocasiones, desembocan en grandes avances. Ha animado a gente común a aceptar deudas a nombre de una ganancia acelerada: casas más cómodas, mejor educación, autos último modelo. Empero, en los últimos tiempos, esa ansiedad por mejorar el presente pidiéndole prestado a un futuro al parecer más lucrativo ha llegado a niveles peligrosos.

El optimismo excesivo y su pariente cercano -el desdén imprudente por el riesgo- son culpados por haber llevado a Estados Unidos al peor pánico financiero desde la gran depresión. Millones de personas compraron casas que no podían pagar, convencidas de que algo bueno les ocurriría antes de que les llegara la factura. Las instituciones financieras apostaron billones de dólares con fondos prestados, dejando muy poco en reserva, tranquilizadas por la suposición colectiva de que no podrían caer los precios de los bienes raíces.

Conducta irresponsable

La semana pasada, cuando el presidente Barack Obama estaba cerca de la bolsa de valores de Nueva York para abanderar regulaciones más estrictas para el sistema financiero, amonestando a los banqueros para que no "regresaran a los tiempos de conducta irresponsable", él efectivamente puso en tela de juicio una noción muy asentada de la identidad estadounidense: que los estadounidenses son tan resistentes que pueden funcionar libres de intromisiones burócraticas y molestas reglas, muy a diferencia de los europeos, con su supuesto "estado nodriza".

"Este viene desde George Washington", explica Robert Shiller, economista de Yale que advirtió de las burbujas de Internet y de los bienes raíces y cuyo libro "La exuberancia irracional" es un texto seminal sobre la tendencia que tiene el estadounidense a creer en los buenos tiempos. "Washington decía que la regulación debía aplicarse con mano ligera. Todavía no se inventaba el término ‘capitalismo’, pero sí el de ‘libertad’. Washington decía que los negocios debían de ser libres. Hay un odio contra los reyes que de plano llevamos en la sangre".

En un país inclinado a festejar sus raíces de pionero y su curtido individualismo, ¿cuántos choques se necesitan para que el pueblo decida aumentarle las facultades al alguacil? El miedo tiene sus formas de inducir cambios. Hace ocho años, cuando los terroristas estrellaron aviones en las Torres Gemelas, el trauma fue tan potente que pareció alterar las normas culturales. Sin el espectáculo de la gente común que encontró la muerte en ese derrumbe, sería difícil imaginar que Estados Unidos estaría grabando las conversaciones de sus ciudadanos sin orden judicial y torturando gente a nombre de la seguridad nacional.

En los primeros meses del desastre financiero contemporáneo -cuando los miedos descendieron a los mercados financieros y los economistas empezaron a preocuparse de que se repitiera la gran depresión-, algunos supusieron que Estados Unidos estaba sufriendo el equivalente financiero de los ataques terroristas. Los ahorros de toda la vida se redujeron a la mitad, millones de trabajadores perdieron su empleo y los dueños de casas se enfrentaron a la ejecución de la hipoteca.

La época de esperar tiempos mejores cedió el lugar a la ansiedad económica.

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