Estados Unidos
Cuando era chica en Indiana y estaba a punto de viajar a Francia para pasar ahí un mes con una familia -mi primer viaje al extranjero-, sucedió algo que casi impidió que realizara ese viaje.
El 25 de mayo de 1979, unas cuantas semanas antes de que saliera mi vuelo de Chicago a París, un DC-10 despegó del aeropuerto de O’Hare y después se estrelló y explotó, matando a las 271 personas que iban a bordo y a otras dos que estaban en tierra.
Yo no lo supe en ese tiempo, pero mi abuela estaba aterrada de que mis padres mantuvieran la idea de mi viaje después de ese accidente.
Ese verano en el extranjero fue la experiencia formativa más importante de mi juventud. No puedo contar el número de vuelos al extranjero y nacionales que he hecho en los años posteriores.
Uno de ellos, en 1995, fue un vuelo de KLM de África a América vía Ámsterdam, más o menos el mismo itinerario seguido por Abdulmutallab.
Desde el 11 de septiembre de 2001, o desde el 22 de diciembre de 2001 (cuando Richard Reid trató de hacer explotar un Boeing 767 entre París y Miami, haciendo detonar sus zapatos tenis), ¿cuántas abuelas, cuántos padres, cuánta gente de cualquier edad, sexo o parentesco han evitado viajes aéreos por miedo, o han advertido a sus amigos y parientes que no vuelen?
El riesgo en los viajes aéreos sigue siendo mínimo, aun en esta era de la guerra contra el terrorismo, mientras que las ventajas de explorar y conocer otros países siguen siendo preciosas e indiscutibles.