Estados Unidos
Mientras más, mejor. Esta es la receta de moda para cultivar ideas nuevas estos tiempos.
Hace énfasis en una especie de igualitarismo en la era de Internet, que honra la “sabiduría de las masas” y la “innovación abierta”.
Los libros y las investigaciones académicas nos dicen que juntemos todas las aportaciones en el buzón digital de sugerencias y el resultado será la inteligencia colectiva.
Sin embargo, Apple, la fábrica de creatividad construida meticulosamente por Steve Jobs desde que regresó a esa compañía en 1997, propone otra fórmula para las innovaciones: una más elitista e individualista.
Este principio se refleja en el dispositivo más reciente de la compañía, la tableta iPad, que podría cambiar las reglas del juego y que fue presentada hace dos semanas.
Puede ser un éxito o un rotundo fracaso, pero es evidente que lleva el gusto y la perspectiva de Jobs y parece llevar también el sello del primer lema de mercadotecnia de la compañía: Piensa diferente.
Apple representa el “modelo de innovación de autor”, observa John Kao, asesor de innovación para empresas y gobierno.
En el modelo de autor, explicó, hay una conexión estrecha entre la personalidad del líder del proyecto y la obra que se crea.
Ejemplos claros de esto son las películas realizadas por directores potentes, desde “Vértigo” de Alfred Hitchcock hasta “Avatar” de James Cameron.
En el caso de Apple, hay una relación equivalente entre el líder del equipo de diseño, Jobs, y los productos.
Desde computadoras hasta teléfonos inteligentes, los productos Apple son conocidos por ser elegantes, poderosos y placenteros de usar.
Son productos muy revisados que reducen la complejidad, dejando fuera características con toda deliberación; esto es, no se trata de atiborrarlos con todas las características que se les ocurren a los ingenieros, padecimiento llamado “caracterisitis” y que lastra muchos productos técnicos.
Moderación
“Una cualidad que ha definido a Apple es la moderación en el diseño”, señala por su parte Paul Saffo, asesor en el Valle del Silicio y observador de las tendencias tecnológicas.
Esa moderación es evidente en los gustos personales de Jobs. Su cuello de tortuga negro, sus vaqueros azules sin cinturón y sus zapatos deportivos son su aspecto característico.
Hace años, en su casa de Palo Alto, él declaró que le gustaban los interiores despejados y amplios, para después explicar la elegante artesanía de las sencillas sillas de madera de su sala, fabricadas por George Nakashima, diseñador de muebles del siglo XX y padre del movimiento artesanal estadounidense.
Los grandes productos, de acuerdo con Jobs, son triunfos del “gusto”. Y el gusto, explicó, es un producto derivado del estudio, de la observación, de estar empapado en la cultura del pasado y del presente, de tratar de “exponernos a las mejores cosas que haya hecho el hombre y después traer esas cosas a lo que uno esté haciendo”.
La suya no es una filosofía del diseño industrial controlada por comités ni determinada por investigaciones de mercado.
La fórmula de Jobs, dicen sus colegas, se basa en gran medida en la tenacidad, la paciencia, las creencias y el instinto.
El se implica profundamente en las decisiones de diseño de hardware y de software, las cuales esperan su asentimiento o veto personales.
Claro, Jobs es parte de un equipo en Apple, aunque él sea el jefe.
En efecto, muchas veces ha dicho que su papel es de líder de equipo. Al escoger a los miembros clave de su equipo, él busca el factor multiplicador de la excelencia.
Los diseñadores, los ingenieros y los gerentes realmente sobresalientes, dice, no son solo 10%, 20% ó 30% mejores que los simplemente muy buenos, sino diez veces mejores.
Sus aportaciones, agrega, son la materia prima de los productos líderes, que hacen que los usuarios revisen sus conceptos de, por ejemplo, un reproductor de música o un teléfono celular.