Estados Unidos
Los amigos y los enemigos del presidente Barack Obama por lo menos pueden estar de acuerdo en una cosa: él evita las etiquetas sencillas.
Sí, él es liberal, excepto cuando no lo es. El está en contra de las guerras, excepto de la guerra que está reforzando.
Está en favor del rescate bancario pero quiere meter a los bancos en cintura. Está concentrando mucho poder en el Ala Oeste, excepto cuando es abiertamente respetuoso con el congreso.
Es calmado, excepto cuando se calienta para combatir.
En un mundo que presenta tantos problemas intratables y en rápido movimiento, los matices, la flexibilidad y el pragmatismo -incluso la gama completa de las emociones humanas- sin duda son cosas buenas.
Pero cuando Obama concluyó su discurso sobre el estado de la Unión ante el congreso, con un llamado a trascender los juegos partidistas, estaba probando lastimeramente una propuesta más amplia: ¿es posible adoptar la complejidad en una cultura política y mediática que exige temas sencillos y promueve el conflicto?
El presidente, cuyo sello distintivo ha sido el eclecticismo ideológico, evidentemente quisiera pensar que la respuesta es sí.
Pero tras un año pasado en la presidencia, Obama ha perdido el control de su narrativa, su capacidad de definir la historia de su presidencia en sus propios términos. Y la razón principal es que ya no es tan fácil o sencillo narrar su historia.
Esto no es poca cosa. Desde George Washington, los presidentes han cultivado definiciones temáticas de sí mismos, para moldear la forma en que se perciben sus decisiones.
Una narrativa fuerte y clara le ayuda al presidente relacionarse con los ciudadanos y explicarles la jornada que está encabezando. La falta de narrativa invita a sus oponentes a crear un retrato menos halagüeño.
Aprender lecciones
Ahora que Obama está tratando de absorber las lecciones de sus primeros doce meses en el cargo y de impulsar su agenda en un año electoral que presenta grandes peligros para su partido, se enfrenta a un vacío de narrativa.
Ya se desgastó el factor de novedad, junto con el poder de su posición como no Bush. Ahora se enfrenta a una oposición que, pese al tono civilizado que ambos lados mantuvieron en la sesión pública de preguntas y respuestas con los representantes republicanos, ha estado notablemente unido en su empeño de bloquearle todo movimiento.
En substancia, hasta ahora Obama no ha logrado hacer aprobar la iniciativa que lo identifica, el proyecto de ley de reforma del seguro médico.
Si bien el reporte presentado de que la economía tuvo un ágil crecimiento anual de 5.7% en el cuarto trimestre fue un indicativo de lo mucho que ha mejorado la situación en un año, a los votantes se les podría perdonar que no estén muy impresionados por su mayor logro legislativo, la aprobación del paquete de estímulo económico, a un costo de 787,000 millones de dólares, dado que la tasa de desempleo se ha conservado en los dos dígitos.
Por lo pronto, él corre el riesgo de que su narrativa predeterminada se limite al hecho de haber salvado a los bancos.
“Hay que tener una historia clara y fácil de entender”, recomienda Mark McKinnon, asesor de imagen en las dos campañas presidenciales de George W. Bush, pero declarado admirador de Obama. “La historia de Obama se está volviendo muy complicada y confusa para los votantes. Obama está tratando de hacerlo todo y de quedar bien con todos los sectores. A los votantes les gusta y piensan que es inteligente. Pero no está muy claro del lado de quién está luchando”.
Obama llegó al cargo en una de las narrativas más elegantes en la historia reciente de las campañas: que él era la encarnación de la esperanzas y del cambio.
Captó el ánimo de la nación, aunque se ha mantenido tan vago que básicamente da a entender cualquier cosa que cada ciudadano quiere que sea.
Pero siempre ha habido una cualidad dialéctica en la combinación de esperanza (más que seguir polarizados, podríamos ir en busca de lo que es correcto como estadounidenses) y el cambio (prácticamente debíamos dar marcha atrás en todo lo que hizo Bush).
Esta tensión hizo que fuera difícil que se sostuviera la narrativa una vez que Obama pasara de la campaña al gobierno.
El desafío se volvió más complicado cuando quedó claro, a fines de 2008, que la agenda inicial de Obama no sería la de su preferencia.
Con un sistema financiero que se venía abajo, Obama apoyó activamente las medidas de crisis tomadas por el gobierno de Bush -incluso el rescate bancario, del que todos sabían que algún día sería un estallido político- y las llevó adelante.