Estados Unidos
Desde hace años, a través de convulsiones polÃticas, guerras y brotes desbocados de déficit o inflación, la deuda de Estados Unidos siempre ha estado calificada como AAA, la norma dorada de solvencia, con la cual se comparan todos los demás paÃses.
Eso fue cierto hasta que el presidente Barack Obama publicó su presupuesto, con proyecciones de un enorme déficit para el próximo decenio y más allá. Pero por asombroso que sea, siguió siendo cierto aun después de publicados esos cálculos.
Claro, de haber sido cualquier empresa la que proyectara números rojos hasta donde alcanza la vista, nadie le hubiera prestado un solo centavo.
Lo más cerca que estuvo Washington de una regañiza fue una advertencia de Moody’s, un servicio de inversiones que califica la deuda soberana de los estados: si no se toman medidas para reducir el déficit o lograr una recuperación más pronto de lo esperado, las proyecciones para el decenio "en algún momento ejercerán presión sobre la calificación AAA de los bonos del gobierno".
Sin embargo, nadie parpadeó: ni el congreso, ni la Casa Blanca, ni los inversionistas de todo el mundo que siguen comprando bonos de la tesorerÃa para financiar el déficit de este año, a una altura de 1.6 billones de dólares, a tasas bajas de interés.
¿Qué explica esta anomalÃa? ¿Por qué el mundo le apuesta a que Estados Unidos superará su atorón polÃtico y solucionará sus problemas, quizá creyendo junto con Winston Churchill que Estados Unidos siempre hace lo correcto, después de agotar todas las demás alternativas? ¿Y cuánto tiempo puede durar esta aura de invencibilidad?
Impresión
Quizá mucho, pero mucho tiempo. Una de las cosas que hace diferente a Estados Unidos es que es el que imprime la moneda más importante del mundo y siempre puede imprimir más.
Esta es una razón por la que quienes invierten en deuda del gobierno están confiados en que se les va a pagar, aunque sea en dólares devaluados por la inflación o por las variaciones en el tipo de cambio.
También hay valor en el hecho de ser el paÃs del que depende la seguridad del mundo.
Eso ayuda a explicar porqué los inversionistas extranjeros, por ejemplo China, puede criticar a los polÃticos estadounidenses, a los banqueros de Wall Street y a los organismos reguladores por haber causado el actual desorden y, pese a ello, comprar bonos en la siguiente subasta de la tesorerÃa.
Esta paradoja de la excepción financiera estadounidense quedó expuesta con insólita claridad la semana pasada. Cuando el mercado accionario se estremeció, a causa de la preocupación por la falta de pago, no fue la inmensa deuda de Washington lo que traqueteó a todo mundo.
Fue el calvario de un puñado de paÃses derrochadores de Europa -en especial Grecia, España y Portugal- cuya deuda, que no le llega ni a los talones a la estadounidense, de pronto los volvió riesgos crediticios.
Cada uno de esos paÃses conoce el significado de "imperio que se extiende demasiado". Pero ya han pasado varios siglos desde que Madrid y Lisboa fueron las metrópolis de grandes imperios, y mucho más tiempo desde los griegos.
Lo que los puso de rodillas esta vez no fue la ambición global, sino los bloqueos locales, en los que los polÃticos no pudieron, o no quisieron, reducir los gastos en tiempos de gran desempleo y de numerosas necesidades sociales.
Para empeorar las cosas, ahora esos paÃses están con el euro, lo que entre otras cosas significa que tampoco pueden salir de apuros imprimiendo billetes. Y no se sabe si sus socios de la zona euro pueden darse el lujo de rescatarlos o de permitir que declaren la suspensión de pagos.
"No hay ninguna opción sencilla", analiza Simon Johnson, de la Escuela Sloan de Administración del MIT.