Estados Unidos
En una mohosa cafeterÃa de los suburbios de Portland, Oregon, una docena de personas sentadas en zarrapastrosos sofás miran detenidamente la pantalla de su respectiva computadora portátil, que a su vez les arroja un tenue brillo azul sobre la pálida cara. Esa gente está revisando anuncios de empleo en lÃnea, aprovechando la conexión gratuita, mientras pasa otra briznosa tarde en esa oficina temporal de nuestros tiempos.
Por estos dÃas, esa escena la encontramos pueblo tras pueblo, desde tiendas de donas arrinconadas en la zonas comerciales de Charlotte hasta cafeterÃas naturistas de Austin.
Se ha vuelto un lugar común, tanto como las pertenencias apiladas en la acera, frente a casas hipotecadas. Existe una sombrÃa evidencia del hambre nacional por un sueldo, un signo reciente de la calamidad cotidiana que está coloreando buena parte de la experiencia del estadounidense común.
Sin embargo, esa misma escena ilustra la resistencia de la fuerza psÃquica que a los estadounidenses les gusta atribuirse, al menos en la versión mitologizada de su historia: los tiempos difÃciles producen una respuesta colectiva.
La peor recesión económica desde la gran depresión, cuya profundidad quedó al descubierto por las magras cifras de empleo publicadas recientemente, ha convertido a las cafeterÃas en agencias populares de desempleo.
La gente intercambia consejos sobre quién está contratando y en dónde publicar sus currÃculos. Observa las pertenencias de los demás. Comparte las limitadas tomas de corriente, racionando recursos en una manera mutuamente benéfica que por lo general los representantes populares en Washington no comprenden.
En los últimos tres años, conforme he explorado las consecuencias de la recesión en las zonas más afectadas del paÃs, desde el noroeste en el PacÃfico hasta el sur de Florida, me han impresionado una y otra vez las contradicciones en juego, las visiones rivales de división y solidaridad.
Identidad
Doscientos treinta y cuatro años después de haberse lanzado el experimento estadounidense a nombre del bien común, a veces me parecÃa, cuando estaba de viaje, que se estaba librando una batalla por la identidad del paÃs, un forcejeo por lo valores que regirán a lo que haya de venir después de la gran recesión.
Gran número de personas han perdido la fe en instituciones poderosas, desde el congreso hasta Goldman Sachs. Empero, detrás de la amargura que tiñe los asuntos nacionales -hasta el nivel de barrio, familia, cafeterÃa, taberna- subsiste una tenue creencia en el bien colectivo, lo que quizá modere la consternación nacional.
¿Quiénes somos? Esta pregunta adquiere resonancia ahora que los estadounidenses tratan de obtener respuestas satisfactorias para sà mismos, reclamando la identidad de la que los despojó la recesión.
La recesión convirtió a casatenientes dignos de crédito en acreedores morosos y a profesionistas en desempleados.
"Solo quiero que me devuelvan mi vida". A mi libreta han llegado diferentes versiones de esta frase: en Cleveland, donde una ex casateniente me dijo que estaba viviendo en su auto desde que ejecutaron la hipoteca de su casa; en Newton, Iowa, donde un hombre que antes devengaba un salario mediano convirtiendo acero en refrigeradores rompió en llanto al confesarme que no podÃa pagar la atención médica de su hijo por haber perdido su empleo; en Portland, donde una ejecutiva de mercadotecnia desempleada luchaba por ver cómo podrÃa pagarle la universidad a su hija adolescente.
Otra frase común en la libreta: "Nunca me consideré de las personas que recurrirÃan a la beneficiencia pública". Eso dijo una vendedora despedida en Tucson, que estaba pensando en solicitar la asistencia pública.