Estados Unidos
Si bien el escándalo provocado por los imprudentes comentarios del general Stanley A. McChrystal a la revista Rolling Stone se ha centrado en los imponentes personajes implicados, hay un subtexto importante: ¿Qué nos dice todo este drama acerca de la manera en que el Pentágono y el departamento de Estado están compartiendo la responsabilidad por la guerra en Afganistán?
Quizá haya habido una pista al respecto en una llamada por conferencia de video entre Washington y Kabul.
El reemplazo de McChrystal, el general David H. Petraeus, llamó a los dos funcionarios civiles de mayor rango en esta guerra: Richard C. Holbrooke, el enviado especial, y Karl W. Eikenberry, embajador de Estados Unidos en Afganistán.
El general planteó un tema espinoso: comprar o no generadores para suministrar electricidad en la provincia de Kandahar. Desde hace meses, el embajador y muchos expertos civiles en desarrollo se han opuesto a hacerlo, pues no entra en los planes nacionales de largo plazo para la generación de energÃa. Pero Kandahar es el bastión de los talibanes y es el próximo blanco de las fuerzas armadas estadounidenses.
Y Petraeus, de acuerdo con un funcionario familiarizado con esa llamada, dijo que los servicios se necesitan tanto en ese lugar que estaba justificado seguir adelante.
El funcionario aseguró que el embajador se alineó. En el perenne forcejeo entre las aspiraciones civiles y los imperativos militares, el Pentágono se anotó un tanto.
Esa, por lo menos, es una forma de interpretar la conversación, especialmente a la luz de los duros comentarios que McChrystal permitió que hicieran los miembros de su personal acerca de los funcionarios civiles ante un reportero. Otra forma es que el episodio de McChrystal -y los rumores de que podrÃan reemplazar a Eikenberry- ha escarmentado a oficiales y funcionarios por igual y que ahora todos quieren evitar un juego de suma cero entre el departamento de Estado y el de defensa en Afganistán. AhÃ, aun más que en Irak, la parte civil y la militar se necesitan una a la otra.
El departamento de Estado se acostumbró a una amarga separación en los primeros años de la guerra en Irak. En ese entonces, la colaboración civil-militar significaba marginar a los diplomáticos, dejar morir de hambre financiera al departamento de Estado y hacer a un lado al secretario de estado, Colin Powell, en los debates de la Casa Blanca.
Experiencias
Pero para 2007, cuando estaba en su apogeo el aumento de tropas estadounidenses, el departamento de Estado -entonces bajo Condoleezza Rice- habÃa logrado alcanzar un respetable papel de apoyo en el terreno, desplegando unos 700 civiles en equipos de reconstrucción provincial que ayudaban a arreglar las redes de drenaje y a capacitar jueces iraquÃes.
Nadie tuvo más responsabilidad que Petraeus en ese cambio. Como supervisor del equipo que redactó el manual de campo del ejército sobre estrategia contrainsurgente, él subrayó la necesidad de la participación civil. Y como comandante en Irak, hizo del embajador Ryan C. Crocker su Sancho Panza, llevándolo consigo en sus recorridos por Irak y a sus audiencias en el Capitolio. Con el cambio de gobierno en 2009, el papel del departamento de Estado parecÃa destinado a ampliarse aún más. El presidente Barack Obama eligió como secretaria de estado a una estrella polÃtica, Hillary Rodham Clinton. El secretario de la defensa, Robert M. Gates, por su parte, exhortó al congreso a incrementar el financiamiento del departamento, para que pudiera hacer más para ayudar al Pentágono. Durante el debate sobre la polÃtica en Afganistán en la Casa Blanca, Hillary Clinton estuvo codo con codo con el departamento de Defensa, produciendo mapas a colores que mostraban cómo se desplegarÃa por todo el Afganistán el aumento de civiles.
Holbrooke construyó una sección de gran poder dentro del departamento de Estado, atrayendo a expertos de otras nueve dependencias, desde el departamento de Agricultura hasta la Agencia Central de Inteligencia. Siendo un diplomático joven, Holbrooke vio de primera mano en Vietnam una estrategia fallida dominada por los militares.
Empero, la naturaleza entretejida de objetivos militares y civiles en Afganistán estaba clara. A Eikenberry se le dio la supervisión de más de mil civiles en el terreno, tres veces el número que habÃa en enero de 2009.
El llegó al puesto como teniente general retirado, que también habÃa sido comandante en Afganistán.
Empero, persistÃan problemas de nota: los oficiales militares expresaban su frustración por el tiempo que tardaban los civiles en llevar la ayuda al campo de operaciones y algunos crÃticos culparon a los funcionarios civiles por manejar mal las elecciones afganas del año pasado, de las que muchos piensan que fueron manipuladas por el presidente Hamid Karzai.