Rusia
Cuando el científico iraní Shahram Amiri tomó a sus manejadores de la CIA por sorpresa la semana pasada, para desertar nuevamente y regresar a Irán, estaba jugando con su vida.
Él podría terminar como Vitaly Yurchenko, ex funcionario del KGB soviético que desertó en Washington hace exactamente un cuarto de siglo. Después de revelar los secretos más profundos de un imperio que se estaba viniendo abajo, él logró zafarse de su manejadores de la CIA en un restaurante francés de Georgetown y terminó en Moscú.
Ese restaurante francés ya no existe desde hace mucho tiempo. Pero como una de esas extrañas causalidades en la historia de la guerra de espías, se encontraba situado a solo siete calles al sur de la oficina donde Amiri buscó refugio el lunes de la semana pasada, en la sección de intereses iraníes de la embajada paquistaní.
Lo más notable es que Yurchenko sigue vivo. Y el viernes pasado, cuando empezó a ser interrogado por los servicios secretos de Irán, Amiri solo podía esperar correr la misma suerte.
Pues hay otro final a este tipo de dramas, en el que Amiri sin duda no quiere ni pensar. Es el caso, por ejemplo, de Hussein Kamel, yerno de Saddam Hussein.
Kamel escapó de Irak a Jordania en 1995 y le dio a Occidente una imagen interna de los proyectos de investigación que entonces tenía activos Saddam Hussein sobre armamento químico, biológico y de otros tipos.
Algo parecido a la información sobre el programa nuclear de Irán en la actualidad, que los funcionarios estadounidenses dicen haber obtenido de Amiri. En fin, Kamel también regresó al redil, con la promesa de los asistentes de su suegro de que todo estaba perdonado. Fue fusilado pocos días después.
Vistas las cosas a la distancia, parece que los iraníes todavía no han decidido qué modelo aplicar en el extraño caso de Shahram Amiri.
Desde cierta perspectiva, la decisión de regresar que tomó Amiri es una enorme bendición propagandística para los iraníes.
Durante meses, ellos insistieron en que Amiri había sido secuestrado en Arabia Saudita, en junio de 2009, por la CIA y los servicios secretos sauditas.
Después, según esta versión, fue drogado y torturado para que inventara historias sobre el programa secreto nuclear de Irán. “Yo estuve bajo la más dura tortura mental y física”, declaró Amiri al aterrizar en Teherán. Los funcionarios estadounidenses, por su parte, aseguraron que sus palabras eran una “fantasía” tejida para salvar la vida.
Visto desde otro ángulo, el caso de Amiri debe ser profundamente perturbador para los iraníes. Si creemos tan sólo una parte de la versión que tiene Estados Unidos de los eventos -la parte que asegura que el especialista en seguridad de radiación, de 32 años de edad, proporcionó información durante algunos años a la CIA, que después desertó en forma voluntaria y dio aun más información-, entonces los dirigentes iraníes tendrán que preguntarse si su programa secreto ha sido penetrado y qué tan comprometido se encuentra.
Todo esto les ha de dificultar decidir cómo manejar el regreso de Amiri. “Primero tenemos que ver qué sucedió en estos dos años y después determinaremos si es un héroe o no”, declaró sin ambages el ministro iraní de relaciones exteriores, Manouchehr Mottaki, el jueves en Portugal.
Pero como señala Ray Takeyh, académico del Consejo de Relaciones Exteriores, en realidad Irán no tiene precedentes para manejar a los desertores de su programa nuclear que regresan. “Pienso que seguirán la estrategia soviética: van a querer darle un uso propagandístico”, indicó Takeyh. “Mi impresión es que Amiri seguirá por ahí un año más o menos.”
Pero advirtió que, después de ese tiempo, “no creo que las cosas le vayan a resultar bien. El régimen tiene que mostrarle a otros aspirantes a desertar que eso tendría un costo que ellos pagarían.”
Entre tanto, de este lado del Atlántico, uno de los misterios de este extraño caso es la causa de que, después de que Amiri rechazara las súplicas para que se quedara en Estados Unidos en calidad de protegido de la CIA con cinco millones de dólares, los funcionarios estadounidenses de pronto estuvieron tan dispuestos a hablar del papel que desempeñó Amiri.
Después de todo, durante un año, funcionarios tanto estadounidenses como europeos básicamente habían respondido de forma uniforme con una mirada en blanco a las preguntas sobre Amiri.