Estados Unidos
Hace algunos meses hubo un intercambio sobre la noción del tiempo que reveló un poco acerca de Irán, algo acerca de Irak pero quizá mucho más sobre Estados Unidos.
Al margen de una reunión en Naciones Unidas, Hoshyar Zebari, ministro iraquí del exterior, platicó con el presidente iraní, Mahmoud Ahmadineyad.
Las fuerzas armadas estadounidenses habían salido ya de algunas ciudades iraquíes, con el agradecimiento de muchos de los habitantes. Pero el 31 de agosto se suponía que el número de sus tropas se reduciría a 50,000.
Las fechas tenían menos que ver con las proezas de la policía iraquí en Sadr City que con las prioridades de otras partes: dirigir más recursos a Afganistán, desgaste ante una costosa guerra que nunca nadie acabó de entender en casa, y la imprevisibilidad de las elecciones intermedias en, digamos el suroeste de Pennsylvania.
Los estadounidenses plantaron un árbol en Irak, recuerda Zebari que le dijo Ahmadineyad con la afectada simpatía del sarcasmo. Regaron ese árbol, lo podaron y lo cuidaron. "Pregúntele a sus amigos estadounidenses", le dijo sacudiendo la cabeza, "por qué se van a ir ahora, antes de que dé frutos."
La historia en Irak está inconclusa, digan lo que digan el gobierno del presidente Barack Obama y los generales y diplomáticos que tuvieron intereses ahí.
El país no está ocupado pero no es independiente; más bien está en un limbo cuya descripción es tan flexible como los pretextos de la invasión con que Estados Unidos inició su implicación de siete años en Irak.
A lo largo de esos años, la experiencia ha estado coloreada de promesas, muchas de las cuales a los iraquíes les sonaban a propaganda: democracia, buen gobierno y una mejor vida. Pero su única constante quizá haya sido el tiempo.
Hoy en día, Irak está repleto de plazos, calendarios y varas de medir ordenados por los estadounidenses, con los que estos trataron de crear realidades donde nunca han existido.
Ahora, el gobierno se está retirando conforme a sus propias condiciones. Quedarse quizá empeoraría a un Irak de por sí traumatizado. Buena parte de sus disfunciones datan de los primeros días de la ocupación estadounidense.
Pero la naturaleza misma de la retirada estadounidense -sin dejar atrás un gobierno formado sino unas fuerzas armadas nacionales imprevisibles y un profundo desencanto popular ante una desafortunada élite política - subraya uno de los rasgos más perdurables de la estrategia de Estados Unidos en el Medio Oriente.
Poderoso pero inconstante, Estados Unidos parece no haber entendido el tiempo, al menos no del mismo modo en que es percibido por los activistas islamistas, dispuestos a cumplir varios años de condena en la cárcel, por los presidentes sirios que han asegurado que con el tiempo cambiarán las políticas estadounidenses y por los vecinos de Irak, que esperan su turno para llenar el vacío que dejará la retirada estadounidense.
Las políticas de Estados Unidos -apoyo a Israel y a gobiernos árabes autoritarios, la invasión de Irak y la guerra en Afganistán- moldean los sentimientos en la región, pero el tiempo -la forma estadounidense de medirlo- suele moldear los actos.
"Ciertamente es parte de la política estadounidense y de su cultura la sensación de que somos un pueblo impaciente", explica Ryan C. Crocker, ex embajador en Irak y diplomático veterano en el mundo árabe. "Decimos: ‘Mañana, o pasado mañana a más tardar, y si no va a ocurrir, vamos a seguir avanzando".
El Medio Oriente ha sufrido desde hace mucho de una noción peculiarmente estadounidense, de que si la mayor potencia del mundo quiere algo, esto se va a dar de alguna manera, dentro de su propio horario.