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¿Qué puede hacerse para sanear la economía?

La crisis se profundizó debido a una política vacilante.
04.09.10 - Actualizado: 05.09.10 01:28am - Redacción: redaccion@elheraldo.hn

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Washington,

Estados Unidos

La economía estadounidense una vez más se está inclinando hacia el peligro. A pesar de un enérgico régimen de tratamientos, desde lo convencional hasta lo exótico -más de 800,000 millones de dólares en gasto federal y billones de dólares en créditos de la Reserva Federal-, siguen creciendo los miedos de una segunda recesión, así como la preocupación de que el país se enfrente a varios años más de vacas flacas.

Ben Bernanke, presidente de la Reserva, con el tono mesurado de un hombre cuya selección de palabras puede causar el movimiento de miles de millones de dólares, reconoció que la economía estaba más débil de lo esperado, al tiempo que prometió considerar nuevas políticas para revigorizarla en caso de que empeoraran las cosas.

Pero aunque los signos vitales se debiliten -hundimiento de la venta de casas, débil mercado de trabajo y, el viernes también, la confirmación de que la tasa de crecimiento trimestral se había frenado en 1.6%- se ha impuesto la sensación de que quienes toman las decisiones en el gobierno no pueden ofrecer una intervención significativa.

Esto es porque casi cualquier cura propuesta podría aumentar la deuda nacional, lo cual es un fracaso político. La situación ha dejado a las fortunas estadounidenses prendidas de un remedio incierto: esperar que de algún modo mejoren las cosas.

Cada vez más se tiene la impresión de que los políticos, que atienden a la economía estadounidense como si fueran médicos, rebuscan en sus estuches de medicinas y salen con las manos vacías, pues su arsenal de fármacos está agotado en gran medida y los pocos que quedan son demasiado experimentales o están cargados con peligrosos efectos secundarios.

El paciente -- que empezó en estado crítico -mostró signos de mejoría hace unos meses, cuando estaba en la sala de convalecencia, pero desde entonces su salud se ha deteriorado. Los médicos no se ponen de acuerdo en el diagnóstico, ya no digamos que puedan administrar un antídoto con confianza.

Ahí es donde la gran recesión ha puesto a la economía más grande del mundo en una gran ambigüedad respecto de lo que está por venir y de lo que puede hacerse ahora.

Los economistas debaten los beneficios de las recetas anteriores, pero en el medio político se ha formado un raro consenso: ahora el futuro está tan teñido de números rojos que incurrir en deudas parece políticamente arriesgado en las semanas anteriores a las elecciones legislativas, aun a nombre de la creación de empleos y de fomentar el crecimiento económico.

El resultado es que tanto demócratas como republicanos han renunciado formalmente a cualquier camino que implique gastar mucho dinero.

La impresión creciente de una economía debilitada, combinada con la escasez de opciones políticas, ha reforzado las preocupaciones de que Estados Unidos pueda hundirse en un estancamiento económico como el que atrapó a Japón durante el llamado decenio perdido de los años noventa.

Entonces como ahora, los problemas empezaron cuando concluyó una locura especulativa en bienes raíces, dejando a los bancos inundados de deudas que preferían no reconocer, con la esperanza de que los malos créditos se volvieran buenos (o al menos se olvidaran).

La crisis se profundizó debido a una política vacilante, cuando el partido gobernante infructuosamente exploró los caminos para rodear un cálculo doloroso: impulsar las exportaciones, ajustar las normas contables.

"Hay muchas formas en las que se nos puede ver casi con toda seguridad con un malestar al estilo japonés", declaró Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía, que ha acusado al gobierno del presidente Barack Obama de subestimar los peligros que pesan sobre la economía.

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Barack Obama y su equipo económico tienen pocas opciones de maniobra para reanimar la anémica economía estadounidense.
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