Estados Unidos
El gobierno del presidente Hamid Karzai puede estar inundado en corrupción, venalidad y sobornos, pero si recorremos los derruidos salones de los ministerios, es notablemente fácil encontrar a un hombre honesto.
Uno de ellos es Fazel Ahmad Faqiryar, quien el mes pasado corrió el riesgo político de tratar de enjuiciar a altos funcionarios del gobierno afgano. Hace dos semanas, Faqiryar fue desti curador general, al parecer por órdenes del mismo Karzai.
"En este país, las leyes son solamente para los pobres", declaró Faqiryar posteriormente. La destitución de Faqiryar no solo ilustra la ilegalidad que permea al gobierno de Karzai y al resto de las instituciones del estado afgano.
También plantea una pregunta fundamental para los políticos estadounidenses y europeos que han financiado al gobierno de Karzai desde que asumió el cargo de presidente de la administración de transición, en diciembre de 2001.
¿Qué sucedería si la corrupción fuera más peligrosa que los mismos talibanes?
Desde 2001, una de las premisas indisputadas de la política de Estados Unidos y de la Organización del Tratado del Atlántico del Norte ha sido que los afganos comunes no consideran a la corrupción pública del mismo modo que los estadounidenses y otros occidentales.
Diplomáticos, oficiales militares y altos funcionarios que llegan aquí de Washington a veces dicen en privado que, si bien los sobornos públicos son perniciosos, no tiene caso tratar de erradicarlos, pues tratar de hacerlo podría destruir al mismo gobierno que Occidente ha ayudado a crear.
Intolerancia
La Agencia Central de Inteligencia ha llevado ese argumento aún más lejos, poniendo en su nómina a algunos de los más discutibles miembros del gobierno de Karzai. La explicación que ofrecen los funcionarios de la agencia es que en Afganistán no se puede encontrar a ninguna Madre Teresa.
"Lo que es aceptable para los afganos es diferente de lo que es aceptable para usted, para mí o para nuestro pueblo", declaró recientemente un funcionario occidental, quien descartó los temores de fraude en las próximas elecciones parlamentarias.
Él habló, al igual que muchos funcionarios occidentales destacados, a condición de que se respetara su anonimato. "Los afganos tienen sus propias expectativas y estas son ligeramente diferentes de las que nosotros tratamos de imponerles".
Es probable. Pero la premisa del funcionario -que los afganos son más tolerantes con la corrupción que los pueblos de Occidente- es de las que se cumplen a sí mismas. Ahora, Afganistán está considerado ampliamente como uno de los principales estados gansteriles del mundo.
De 180 países, la organización Transparencia Internacional lo clasifica en el lugar número 179 en términos de corrupción, solo mejor que Somalia.
Los ejemplos son demasiado numerosos para enumerarlos. Hagamos un recorrido por las espléndidas avenidas de Palm Jumeira, en los Emiratos Árabes Unidos, donde muchos dirigentes afganos tienen a buen recaudo su dinero, y podremos detectar las villas con vista al mar en las que viven.
O bien, consideremos las dificultades del Banco de Kabul, cuyas pérdidas amenazan al sistema financiero afgano; los funcionarios dicen que los directivos del banco gastaron con opulencia en la campaña de reelección de Karzai y prestaron decenas de millones de dólares a los compinches del presidente.
Lo que es peor, la racionalización que hace ese funcionario occidental -que los afganos están felices de tolerar cierto grado de sobornos y robos- parece haber resultado terriblemente mal.
Ahora parece claro que los afganos comunes desprecian rotundamente la corrupción pública y que esta podría constituir el factor más importante que los empuja hacia los brazos de los talibanes.
No hay que buscar mucho para encontrar a un afgano, ya sea dentro o fuera del gobierno, que se sienta asqueado por las actividades ilegales de sus dirigentes.
Ahmed Shah Hakimi, que maneja una casa de cambio en Kabul, estaba explicando algunos de los tenebrosos acuerdos de la clase empresarial y política cuando se detuvo disgustado.
"Son cincuenta los corruptos", precisó Hakimi. "Todos los afganos sabemos quiénes son". ¿Por qué los estadounidenses los apoyan?", preguntó.
Hakimi es un empresario astuto pero parecía sinceramente perplejo.
"Lo que necesitan hacer los estadounidenses es tomar a esos afganos, subirlos a un avión y llevárselos a Estados Unidos... y después estrellar el avión en una montaña", recomendó Hakimi. "Matarlos a todos".
Eso se escucha mucho por aquí: que los cleptócratas son pocos en número; que la mayoría de los afganos saben quiénes son; y que el país estaría mucho mejor si esa codiciosa ralea tuviera un fin violento. ¿Porqué no deshacerse de ellos?
En ocasiones parece que los dirigentes estadounidenses y afganos muestran cierta ceguera voluntaria. En junio, Karzai vol a Kandahar para hablar ante una reunión de unos 400 dirigentes tribales sobre una operación militar inminente.