Estados Unidos
Las fotografías de Ernest C. Withers -las de las batallas por la integración en Little Rock, del juicio por asesinato de Emmett Till, de las consecuencias del asesinato del reverendo Dr. Martin Luther King Jr.- son algunos de los registros más poderosos de la historia del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos.
Perduran en docenas de libros y colecciones de museos. Pero, "¿estas imágenes se percibirían de otro modo si el pie de foto señalara que Withers era conocido en ciertos círculos no por su nombre, sino por el orweliano código de ME 338-R, usado por la FBI para identificarlo en los informes que por muchos años presentó como informador a sueldo de esa agencia?
La revelación de que Withers espiaba a los mismos dirigentes que le dieron un acceso sin par al funcionamiento interno del movimiento, publicada este mes en The Commercial Appeal en Memphis después de una investigación de dos años, ha sacudido a amigos y admiradores de Withers.
Este murió en 2007, después de una prolongada y distinguida carrera en la que también captó importantes imágenes del béisbol de las ligas negras y de los pioneros del blues.
Pero, más allá de la traición personal, la noticia suscita cuestiones mucho más difíciles y fundamentales -temas centrales en la fotografía y el trabajo documental, pero también en la historia del arte y en la cultura popular- sobre la intención artística, sobre los supuestos y expectativas del público espectador y sobre la relación entre los artistas y su trabajo.
No han faltado recordatorios recientes sobre lo escabroso de este terreno. En julio se supo que el pintor Larry Rivers -de ningún modo parangón de virtud, sino más bien considerado un playboy genial de la escuela de Nueva York- había presionado a sus dos hijas adolescentes para que aparecieran en películas y videos desnudas o con los pechos al aire, entrevistadas por su propio padre sobre el desarrollo de sus pechos.
Esta noticia arrojó sombras sobre el concepto de su obra pero, ¿debería ser así? ¿La profunda misoginia de Picasso o el temperamento asesino de Caravaggio influyeron en sus respectivos trabajos? ¿El antisemitismo de T. S. Elliot o la probable conexión de Rimbaud con el tráfico de esclavos en África tuvo efectos en su poesía?
O, para poner un paralelismo más cercano a Withers, ¿debemos de considerar On the Waterfront una película inferior, o incluso verla bajo otra luz, porque fue dirigida y escrita por dos hombres, Elia Kazan y Budd Schulberg, que delataron gente ante el comité de actividades anti-estadounidenses de la cámara de representantes? En un nivel cómico, o quizá tragicómico, la cuestión del engaño y la recepción crítica fue planteada recientemente también en I’m Still Here, la película presentada por su director, Casey Afleck, como un documental sobre la desagradable desintegración de la celebridad del actor Joaquin Phoenix, a quien vemos inhalando drogas, maltratando a sus subordinados y haciendo otras cosas que la mayoría de la gente sospecha que hacen las celebridades.
Movidos en parte por su decepcionante estreno en taquilla, tanto Affleck como Phoenix confesaron la semana pasada que todo había sido un acto, un intento de explorar la celebridad y los medios y la relación mutuamente abusiva que siempre ha habido entre ellos, con el público como su hijo dependiente y adicto.
Como documental -un documental en el que la incertidumbre sobre su veracidad, o al menos la incomodidad ante su supuesta honestidad, estaban dirigidas a abastecer la energía aunque, de hecho, más bien parecía la idea central- la película recibió en general críticas terribles.
Pero ahora que ya se hizo la luz y que el derrumbe de Phoenix es visto como simple actuación, la película puede ser menos interesante, pues es menos real. O quizá, menos interesante porque los esfuerzos destructivos que hicieron los dos en favor de su crítica ahora han quedado expuestos.
Affleck, muy al caso, se apropió de las palabras de Picasso en su defensa: "El arte es la mentira que dice la verdad".
En un sentido, no cabe duda de que las fotografías de Withers están diciendo la verdad y de que la forma en que la dicen ayudó a impulsar el movimiento que él estaba documentando.
Como residente de toda la vida de Tennessee, cuyo tatarabuelo fue linchado y él mismo golpeado por la policía cuando se encontraba cubriendo el funeral de Medgar Evers, Withers experimentó la opresión del Sur tan plenamente como muchos de sus residentes negros. Y sus fotografías más conocidas -una de una multitud de huelguistas negros en 1968, llevando carteles que con gruesas letras proclamaban "Yo soy un hombre"- fueron condenas potentes contra esa opresión.