Haití
Como si no tuviera presupuesto desde el terremoto, el reverendo Enso Sylvert se sentaba una mañana reciente en la misma silla de metal, bajo la misma lona alquitranada (ahora destrozada), donde fue el centro de atención después del desastre.
A la sombra de su colapsada iglesia, en Avenue Poupelard, Sylvert seguía vistiendo una camisa naranja deslumbrante y una arrugada corbata amarilla, todavía predicando sobre el fin de los tiempos. Pero su promesa de reconstruir en 2010 había sido templada por la realidad.
El banco inició recientemente un juicio hipotecario sobre la propiedad luego que se retrasara en varios pagos porque los fieles de su parroquia no podían hacer donaciones. Cualquier día, afirmó, el banco se iba a quedar con lo que queda de la iglesia.
Aún así, insistió el pastor, de la misma forma en que su coro escapó por poco de la muerte cuando se cayó la iglesia, de la misma forma en que su hija se salvó al pararse para contestar una pregunta de la maestra mientras la niña que ocupó su lugar perdió la vida por el golpe de un bloque de concreto, así, también, “un milagro” mantendría viva la Iglesia de la Gracia Evangélica. “Estoy cierto –¡cierto!– que resurgiremos otra vez en Avenue Poupelard”, afirmó. “Los eventos del 12 de enero destruyeron cientos de edificios de iglesias. Pero ¿mataron nuestras iglesias? Ah, no. Au contraire. No necesitamos techos para orar. Dios nos cubre”, acotó.
Alain Villard
Pocos días después del terremoto, Alain Villard sacudía la cabeza después de inspeccionar la frondosa propiedad en Petionville donde su hotel boutique, Villa Therese, yacía en ruinas. Diez personas habían muerto, incluyendo cuatro niños haitianos y los extranjeros que los iban a adoptar. Varios cuerpos yacían envueltos con tela, en un enjambre de moscas.
En Carrefour, la extensa fábrica de ropa de Villard, Palm Apparel, estaba en el suelo, y las pérdidas humanas parecían ascender a cientos.
El putrefacto cuerpo de una de sus trabajadoras colgaba de una ventana desde donde había intentado saltar a la seguridad. En ese entonces, hablando a seis metros de los cuerpos envueltos, Villard, de 42 años, reflexionaba con añoranza sobre cómo la deprimida economía de Haití parecía balancearse hacia la revitalización.
Seguramente, dijo, debía haber una forma de recapturar esa inercia.
Con gran parte de Haití paralizada por el desastre, Villard se volcó en un solo propósito. En un mes había limpiado los escombros y restos humanos de su fábrica, que produce camisetas para una empresa de ropa canadiense, justo a tiempo para una misa conmemorativa.
Resultó ser que el número de trabajadores perdidos fue mucho menor que lo que se calculó originalmente.