Corea del Norte
Los equipos de fútbol femenil libraban una fiera batalla frente a un enorme gimnasio. Dos novias jóvenes, una con un resplandeciente vestido blanco y otra en tono rosa fuerte, se casaban en una plaza nevada. Padres de familia bajaban a sus hijos de trineos de plástico. Los pedestres hacÃan una fila frente a una tienda para comprar batatas horneadas y panqueques.
Una visita de seis dÃas a Pyongyang, la capital de Corea del Norte, que terminó recientemente ofreció vistazos cuidadosamente monitoreados de una tierra donde la realidad y la fantasÃa se combinan rutinariamente. Aunque no habÃa señales obvias de colapso inminente ni de intrigas polÃticas agitándose por el destino del enfermizo lÃder del paÃs, la visita sugirió por qué el Norte podrÃa estar particularmente dispuesto a reanudar ahora la ayuda y comercio internacional.
Durante casi cuatro años, un implacable alud de propaganda gubernamental ha prometido que Corea del Norte será fuerte y próspera en 2012, año en que se conmemora el centenario del nacimiento de Kim Il Sung, fundador de la nación y padre del actual lÃder, Kim Jong Il.
Estamos a 18 meses de esa fecha. Y prosperidad es la última palabra que se utilizarÃa para describir las cerradas fábricas, escasas cosechas y niños mal desarrollados de Corea del Norte.
Talvez con esa fecha lÃmite en mente, los lÃderes de Corea del Norte recientemente tomaron una medida que podrÃa considerarse como invitación a reducir el aislamiento. Ofrecieron concesiones que podrÃan ayudar a abrir y limitar el programa nuclear cada vez más sofisticado del paÃs.
Y luego de prometer que contraatacarÃan militarmente si Corea del Sur renovaba sus ejercicios de artillerÃa cerca de las aguas disputadas, solo han reaccionado con retórica –hasta el momento. Pero Corea del Norte ha hecho gestos conciliatorios con anterioridad, para obtener ayuda en tiempos de necesidad económica o transición polÃtica, solo para después volverse hostil otra vez.
La vida en Pyongyang
De los 24 millones de habitantes de la nación, los 3 millones que viven en Pyongyang son los más privilegiados. Los norcoreanos necesitan permiso especial para vivir o mudarse aquÃ. No obstante, las señales de privación son evidentes: trabajadores atestados en decrépitos autobuses eléctricos, tan apretujados como cajas de palillos; pedestres caminando encorvados bajo enormes fardos amarrados a la espalda, aparentemente llenos de productos para venta en los mercados privados que han eclipsado las mal aprovisionadas tiendas estatales. La mayorÃa eran mujeres; una se desplomó en la acera bajo el peso de su carga.
Los economistas dicen que la producción de carbón ha caÃdo casi la mitad desde hace dos décadas, en el mejor de los casos, y en Pyongyang regularmente hay cortes de electricidad. En la Escuela Revolución de Lenguas Extranjeras, un sitio de élite, los estudiantes se calentaban en los salones de clase con estufas de carbón o madera. En la mayorÃa de la ciudad, los residentes informan que solo tienen electricidad algunas horas del dÃa.
Nuevos edificios departamentales –aparentemente para las autoridades– agracian el centro de la ciudad. Pero el hotel Ryugyong, de 105 pisos y forma de pirámide, sigue siendo un esqueleto casi 25 años después del inicio de la construcción. Aunque recientemente lo cubrieron con vidrio, otros proyectos de construcción abandonados laceran los caminos fuera de la ciudad.
En otras partes, especialmente en las provincias del norte, los residentes informan que los niños pordioseros acechan los mercados callejeros, las familias barren las colinas en busca de brotes y hongos comestibles y los trabajadores de empresas estatales reciben salarios nominales, en el mejor de los casos. Se dice que los trabajadores de Pyongyang reciben más compensaciones.