Estados Unidos
Frank Brassell, el propietario de Nelda’s Diner en este pueblo ubicado entre la ladera sur de la Sierra Nevada, sabe cuál sería su destino en caso de que la presa Lago Isabella, más o menos a un kilómetro de distancia, se rompiera repentinamente cuando esté lleno el embalse.
“Trabajo aquí”, dijo Brassell, mirando por toda la bien iluminada cafetería. “Y vivo justo allá”, agregó, señalando al otro lado de la calle principal.
“El agua bajaría hasta aquí y trataría de girar a la derecha para seguir bajo la vía rápida, y no se iría toda”, explicó. “Así que estoy muerto”.
La presa Lago Isabella es sólo un ejemplo preciso de un problema generalizado: de las 85,000 presas del país, más de 4,400 se consideran susceptibles de romperse, según la Asociación de Funcionarios de la Seguridad de las Presas Estatales.
Sin embargo, repararlas todas costaría miles de millones de dólares, y está lejos de estar claro quién proporcionaría todo el dinero en una época de recesión.
Lo que está en juego es particularmente alto, no solo para Brassell y los otros cuatro mil habitantes de Lake Isabella, sino para las 340,000 personas que viven en Bakersfield, a 64 kilómetros por el cañón del río Kern, en los límites del vasto territorio agrícola del centro de California.
El Cuerpo de Ingenieros del Ejército, que construyó la presa hace 57 años y la opera, supo hace varios años que tenía tres problemas graves: había el peligro de que se erosionara por dentro; el agua podría desbordarse en una temporada de lluvias muy extremas, y, después de todo, una falla bajo ella sigue activa y podría producir un sismo fuerte.
En el peor de los casos, una ruptura catastrófica podría provocar que unos 681 miles de millones de litros de agua agitada -junto con lodo, rocas, árboles y escombros, incluidos, presumiblemente, los de Nelda’s Diner- descendieran por el cañón hasta Bakersfield.
La inundación convertiría al centro de la ciudad y a sus barrios residenciales en un lago de hasta nueve metros de profundidad y cubriría también las zonas industriales y agropecuarias.
El potencial es de una versión del siglo XXI de la inundación de Johnstown, el desastroso rompimiento de una presa que mató a 2,200 personas en el oeste de Pensilvania en 1889.
Sin embargo, funcionarios del Cuerpo y el gobierno local dicen que las posibilidades de un desastre así son extremadamente reducidas, y que han tomado medidas provisionales para reducir el riesgo, como diseñar planes de evacuación y limitar la cantidad de agua que se puede almacenar en la presa a menos de dos tercios de su capacidad máxima.
No obstante, reconocen que el impacto de una ruptura de la presa sería enorme.
“No es solo la pérdida de vidas, potencialmente”, señaló David C. Serafini, principal experto técnico del Cuerpo en el proyecto. “Son los daños económicos y también el daño ambiental”.
Ingenieros del Cuerpo se preparan para proponer arreglos a finales de año. Sin embargo, el Congreso tendría que aprobar las reparaciones, en el mejor de los casos.
Los costos potenciales de reparación en el ámbito nacional son sorprendentes. Un informe de 2009 del grupo de funcionarios para la seguridad de las presas estatales estableció el costo de arreglar las más críticas -donde una ruptura podría costar la pérdida de vidas- en 16,000 millones de dólares en 12 años, y el costo total de rehabilitarlas todas, en 51,000 millones de dólares.
Sin embargo, esas cantidades no incluyen a la Lago Isabella ni otras entre las aproximadamente tres mil propiedad del gobierno federal. Por ejemplo, el Cuerpo dice que más de 300 de las aproximadamente 700 presas que son su responsabilidad necesitan reparaciones relacionadas con la seguridad, y estima la cuenta total por arreglarlas en 20,000 millones de dólares.
El Cuerpo ya gastó cerca de 24 millones de dólares solo en determinar la magnitud de los problemas en la Lago Isabella, y, con el recuerdo persistente de la ruptura de los diques en Nueva Orleans durante el huracán Katrina, el Congreso también asignó dinero para otros proyectos de reparación de presas federales.
Sin embargo, cerca de dos tercios de todas las presas son privadas, y gobiernos estatales y locales con problemas financieros son dueños de las restantes. Es difícil pronosticar cómo se financiarán las reparaciones necesarias de estas presas; ha languidecido en el Congreso la legislación para proporcionar dinero federal para ayudar.
Lo que es más, sigue aumentando la cantidad de presas de alto riesgo conforme envejecen las estructuras, aumenta la urbanización río abajo, y se obtiene información más precisa sobre las líneas divisorias de las aguas y los peligros de terremotos.
Entre las presas del Cuerpo, la Lago Isabella es una de 12 clasificadas en la más alta categoría, como presas con problemas graves y consecuencias graves en caso de ruptura, dada la enorme población río abajo.
Más de 300 presas tienen problemas
Lago isabella. “La clasificación es que es una presa poco segura”, comentó Eric C. Halpin, el asistente especial del Cuerpo para la Seguridad de Presas y Diques.
Sin embargo, Halpin notó que se considera a 319 de las presas del Cuerpo como “materia de acción desde el punto de vista de la seguridad”.
Hay filtración de agua en la presa Lago Isabella, como sucede en la mayoría de los embalses de tierra, que representan a la gran mayoría de las presas estadounidenses.
Sin embargo, la filtración en el lago Isabella fue especialmente grave y fue lo que provocó que el Cuerpo realizara un estudio completo de la presa.
El agua que se filtra de una presa puede erosionarla de adentro hacia afuera, al grado en el que se puede romper. Los ingenieros han aprendido a construir estructuras dentro las presas, como desagües y filtros, para detener la erosión y permitir que el agua que se infiltra se desagüe con seguridad. Sin embargo, la presa Lago Isabella se construyó antes de que fueran comunes dichas estructuras.
“Se construyó con el mejor conocimiento y la mejor tecnología disponibles en la época”, señaló Verónica V. Petrovsky, quien administra el proyecto del Cuerpo.
El conocimiento, o la falta de él, se extendía a la comprensión de la línea divisoria de aguas, grande y compleja, que incluye las laderas del monte Whitney, el pico más alto de la zona continental de Estados Unidos. Para determinar el tamaño del aliviadero, es muy importante saber cuánta agua podría contener el embalse cada año.
Con los datos de filtración y capacidad máxima habría bastante advertencia para saber que la presa está en peligro, lo que permitiría la evacuación de los habitantes de Lake Isabella y Bakersfield. Un sismo sería un desastre más inmediato, aunque Bakersfield aún tendría cerca de siete horas antes de que una muralla de agua se abriera paso por el cañón, según el Cuerpo.
La presa auxiliar se construyó, a sabiendas, sobre la falla del cañón Kern, una de muchas en la región. En ese entonces, el Cuerpo trajo sismólogos y geólogos que concluyeron que no estaba activa la falla.
Solo hasta hace poco los científicos pudieron detectar y medir con precisión terremotos antiguos, un campo conocido como paleosismología. Serafini y otros determinaron que ha habido tres terremotos significativos en la falla en los últimos 10,000 años.
“Tenemos una falla bastante activa en nuestras manos”, dijo Serafini. El sismo más reciente ocurrió hace unos 3,400 años, agregó.
Es posible construir una presa segura de tierra sobre una falla sísmica activa usando los materiales apropiados para minimizar el asentamiento y el desplome al sacudirse, así como incluir desagües y filtros para ayudar a detener la extensión de las inevitables cuarteaduras a causa de la erosión.
La presa Lago Isabella no solo carece de esas características, sino que la auxiliar se construyó sobre sedimentos que podrían convertirse en un líquido virtual durante un sismo, lo que provocaría un mayor daño.