Estados Unidos
Cada domingo, Juan Enriquez, un exjornalero agrícola originario de México, presume su arte culinario, esculpiendo la carne dulce y blanca de los cocos tiernos con un cuchillo y rociándola vigorosamente con sal y limón.
“Es mejor que trabajar en los campos”, dijo Enríquez sobre su nuevo trabajo como vendedor en el mercado de pulgas de Madera. “Aquí, por lo menos hay sombra”.
En las comunidades latinas a lo largo de la carretera 99, la arteria agrícola del valle de San Joaquín, la gran tradición del mercado de pulgas los domingos -matamoscas, refacciones para coches, bolsas de plástico Betty Boop y todo- se ha transformado en un tianguis, el afamado bazar al aire libre que es parte integrante de la vida cotidiana en todo México.
Madera es una meca para los aproximadamente 120,000 jornaleros agrícolas indígenas de origen mexicano en California, muchos de los cuales son de Oaxaca y hablan el idioma prehispánico llamado mixteco.
El mercado de pulgas dominical se ha convertido en un colorido mundo dentro del mundo latino, una recreación de las reuniones dominicales en torno a cientos de plazas de pueblo.
Más de 6,000 personas bromean por los pepinos con picante pico de gallo, compran CD de bandas tradicionales mixtecas y buscan los mejores precios del pápalo, una hierba aromática que crece silvestre en los pueblos montañosos de México y llena el aire del verano.
Para una población lingüística y socialmente marginada que aprovecha el último escalón de la escalera laboral, “Es un lugar para recordarte quién eres”, comentó Gaspar Rivera Salgado, un director de proyectos del Centro para la Investigación Laboral y la Educación en la Universidad de California en Los ángeles.