Egipto
En uno de los distritos más poblados de El Cairo, donde las calles están tan llenas de basura que se recoge con buldóceres, la Hermandad Musulmana abrió no una, sino dos oficinas. Su contraparte más conservadora la imitó de inmediato. Un hacedor de obras buenas con ramas que se extienden hasta el Nilo ha prometido ganar un escaño en el Parlamento.
Es posible que las elecciones parlamentarias se realicen en casi dos meses en Egipto, pero la contienda ya empezó en el barrio de Imbaba, donde se exhibe el arco de la revolución egipcia. La claridad de la revuelta ha dado paso a la ambigüedad en el periodo subsiguiente, y los activistas en esta ciudad que no guiaron al levantamiento popular -algunos, de hecho, se opusieron a él- se movilizan para reclamar el manto en medio del barullo de las protestas, la confusión y, la semana pasada, la violencia.
Imbaba puede no ser El Cairo -parece más una versión destilada de la ciudad-, pero dice mucho sobre hacia donde podría dirigirse un país ansioso a medida que se acerca a unas elecciones que ayudarán a decidir el futuro carácter de una revolución sin concluir.
Del caldero de frustración que representó la revuelta, los activistas islámicos en esta ciudad han construido con sus beneficencias en todo un panorama en el que las fuerzas liberales y laicas casi no han dejado huella. Los habitantes discuten programas, pero a menudo solo tienen agendas de partidos religiosos para continuar. Hasta las voces más seglares -las pocas que hay- se preguntan si no es momento de darles una oportunidad a los islamistas.
"Son los únicos organizados, y son los únicos que atienden a las personas en necesidad", dijo con cierto pesar Amal Salih, una residente de Imbaba, de 24 años.
En Imbaba, como en otras partes de El Cairo, los recuerdos de la plaza Tahrir representan un ideal que parece volverse más prístino entre más se retrasa el consejo militar gobernante en la transición a un gobierno civil elegido. Durante la revolución en Imbaba, los jóvenes dejaron claro que la religión impulsaba sus demandas en raras ocasiones, incluso en una localidad piadosa como esta. A medida que se vino abajo la seguridad, los barrios se unieron, casi espontáneamente, para encarar cualquier provocación, imaginaria o no.
Los habitantes dijeron que un empresario rico que opera barcos en el Nilo ayudó a organizar comités de defensa popular. En un barrio nombrado por los herreros, los mayores de las familias se abstuvieron de sus usuales noches de café en los cafés y establecieron retenes. Un vendedor de especias llamado Sheik Salama y carniceros de la familia Qut ayudaron a organizar guardias para un tramo de una calle donde se localiza el Banco Misr y la comisaría de policía de Munira.
"Fue espontáneo", dijo Magdy Obeid, un joven académico en Imbaba. "Participamos como egipcios. No sabíamos si alguien era puritano, de la Hermandad Musulmana o lo que fuera. Solo éramos egipcios, y no había ninguna distinción entre nosotros".
En febrero, algunos de los islamistas más puritanos en el barrio distribuyeron volantes en los que exhortaban a la gente a apoyar al presidente Hosni Mubarak; con su caída, buscan reemplazarlo con uno de los suyos. Carteles en las mezquitas delinean un programa no distinto a cualquier plataforma liberal, salvo por el punto número uno: "la ley islámica" y un número hasta abajo reservado para que llamen las mujeres.
"La gente aquí es pobre, y no tiene ni idea de la democracia o la política", comentó Ayman Abdel Wahab, un militante de la Hermandad, sentado en la oficina de la organización, la cual se estableció en el barrio en julio. "Tomará partido por quien quiera que le ofrezca ayuda".
En las paredes de mezquitas como Furqan y Tawba, carteles llaman a los habitantes a acercarse y llegar a conocer a la Hermandad, aún la corriente islamista más poderosa de Egipto. Abdel Wahab dijo que la organización trató de fungir como intermediaria entre los habitantes y abrumados funcionarios locales, y que distribuye regularmente azúcar, aceite y arroz a cientos de las personas más necesitadas.
Una manta cuelga en una de las principales vías públicas de Imbaba, en la cual se pregona una celebración de la Hermandad para los mejores estudiantes del barrio (cada uno recibió un reloj y un diploma). Ofrece a los jóvenes viajes de verano a playas.