Estados Unidos
Cientos de hondureños residentes en Washington dieron un rotundo respaldo a la democracia al acudir multitudinariamente a los centros de votación en medio del otoño de la capital de Estados Unidos.
Los catrachos de las zonas aledañas de Virginia y Maryland se dirigieron a la calle 16 en el noroeste de la ciudad para ejercer el sufragio.
Desde tempranas horas del día, muchos portando el estandarte nacional en mano y vestidos de azul y blanco, llegaban a las instalaciones a cumplir con su deber. Salían contentos por haber tenido el privilegio de participar de la fiesta electoral, y alzando su mano con el meñique pintado en alto.
“Hoy me siento hondureño cien por ciento”, dijo José Carlos Cruz, quien después de vivir en el extranjero por 18 años, hoy votó por primera vez. A su alrededor unos 80 compatriotas, congregados en las afueras del edificio, cantaban vivas a Honduras y enseguida proclamaban al unísono: “Tu bandera, tu bandera es un lampo de cielo”.
Esto en respuesta a un grupo de alrededor de 30 personas que protestaban en contra de las elecciones con pancartas y cinta adhesiva sobre sus bocas.
Poco después del medio día, una de la tarde hora de Washington, llegó un hombre vestido de fatigas con un fusil de cartón en mano, acompañado por tres personas con camisetas pintadas en rojo que se tiraron sobre la acera, para expresar más gráficamente su oposición.
“Alli va un Chávez catracho”, gritó al verlo José Carlos. Pero se trataba en realidad de Hendrik Von Basten, ciudadano alemán.
Los cabellos rubios y ojos claros de muchos en este grupo, motivó a un caballero a preguntarles cuántos de ellos eran compatriotas realmente, a un tiempo que él y muchos otros sacaban sus tarjetas de identidad de billeteras y carteras, en un reto a los opositores —solo cuatro de los cuales resultaron ser hondureños.
Adentro, seguían formándose hombres y mujeres, con evidente entusiasmo, para recoger su papeleta y depositarla en una de siete urnas dispuestas para los aproximadamente 1,800 personas que se documentaron en el área para votar en esta ciudad.
Todo procedió con facilidad y en órden. El único problema fue que muchas personas que llegaron a votar no pudieron hacerlo porque desconocían que tenían que haber declarado su cambio domiciliario.
“De cada 10 personas que vienen, tenemos que regresar a tres o a cuatro”, especificó María del Cármen Pleytez, representante de uno de los partidos en el centro de votación.
Pero una vez afuera, se unían a los demás para juntos gozar del momento en el que, como dijo la señora Gladys Guerra, originalmente de Tegucigalpa, muchos tienen los ojos en el país, “pequeño en tamaño, pero grande en democracia”. Y porque para todos, a pesar de vivir afuera, el país se lleva siempre adentro de uno.