Era muy temprano en la mañana; a pesar de las tres tazas de café amargo que se había tomado, una tras otra, el H-3 se sentía amodorrado, le pesaban los ojos y su aliento seguía teniendo aquel penetrante olor a licor y tabaco que muy poco mitigaban los chicles y los confites de menta y cardamomo. La noche anterior fue una noche alegre y el detective era un hombre feliz; lo malo eran las mañanas pesadas y largas que casi exigían un traguito más. Pero la oficina era sagrada y el trabajo era primero, y la goma tenía que esperar.
Acababa de encerrarse en su oficina, cuando su jefe lo llamó para ponerlo al frente de un equipo que iba al levantamiento de un cadáver en una zona de clase media de la capital. Aunque nunca desobedecía una orden, se levantó lentamente de la silla y arrugó la cara, le dio la última chupada al cigarro que estaba fumando y lo apagó en el cenicero lleno de colillas; era el sexto del día.
EL CADÁVER. La mujer estaba muerta sobre su propia cama, una cama enorme, llena de almohadas y cojines blancos; estaba cubierta hasta el cuello con un edredón amarillo y sus manos, blancas y largas estaban aferradas a la tela sosteniéndolo con fuerza exagerada a la altura del pecho. Era un detalle extraño, y eso llamó la atención del detective. Era como si estuviera desesperada y tratara de protegerse de algo con la cobija. Pero más extraña era la actitud de su rostro. Estaba completamente deformado por un gesto de terror indescriptible, tenía los ojos casi desorbitados y la boca abierta como si un grito, mejor dicho, un alarido, siguiera saliendo de ella. Varias almohadas estaban en el suelo, las sábanas estaban desordenadas, como si alguien se hubiera revolcado sobre ellas, y el colchón tenía una esquina fuera de la base. Alguien se había agitado mucho sobre él. El H-3 escribió aquellos datos en su libreta de notas y esperó la opinión del forense.
Éste dijo que estaba casi seguro de que la mujer había muerto de un paro cardíaco producido por una impresión terrible, causada, posiblemente, por algo que le produjo un miedo incontrolable y una angustia desesperante. ¿Qué podría ser? No podía decirlo. Tal vez la mujer era depresiva, quizá estaba atravesando por alguna situación emocional difícil y esa noche vio, sintió o se enfrentó a algo grave que le provocó pánico y seguidamente la muerte. Estaba casi seguro que se trataba de un paro cardíaco. ¿Qué lo había provocado? No lo sabía y no podría adivinarlo. Era una mujer joven; seguramente no pasaba los treinta y seis años. Sí, era joven, pero la juventud jamás ha sido garantía contra las afecciones cardíacas. La mujer estaba muerta y estaba seguro, había muerto poco después de la medianoche. En la autopsia solo confirmaría su impresión inicial.
EL VIUDO. Era un hombre de cincuenta años, no muy alto, gordo, con más grasa que carne, mal encarado y de pocas palabras. Dijo a la Policía que él llegó a su casa a eso de las siete de la mañana, que la noche anterior discutió con su esposa por “cuestiones de mujeres”, que él prefirió irse a dormir a otro lado y que no supo nada de ella hasta que regresó a cambiarse de ropa. ¿Dónde se quedó a dormir? Eso era algo muy privado. ¿Sabía él si su esposa padecía del corazón? No, nunca lo supo; solo sabía que era alérgica, que no podía comer camarones porque sentía que se ahogaba y le salían unas ronchas como las del sarampión, que no podía automedicarse porque le producía pequeñas llagas en los genitales y lo único que sabía de ella era que lo celaba demasiado y que, últimamente, se había vuelto agresiva y malcriada. ¿Conocía alguna manía de su mujer, algo que la obsesionara mucho o demasiado? Sí; estaba obsesionada con la limpieza de la casa. No soportaba un pequeño sucio, un insecto o una mancha en el piso o en las paredes, por muy insignificante que fuera. Esto siempre fue causa de discusiones entre ellos en los dieciocho años que vivieron juntos. ¿Cuántos hijos tenían? Ninguno. Según los médicos, ella era estéril, la matriz jamás se le desarrolló y nunca menstruaba. Pero él así la quería. El problema era que ella tenía un carácter muy pesado. ¿Está seguro de que nunca padeció del corazón? Seguro. Aparte de lo de la matriz, era una mujer sana.
EL H-3. El detective miró al forense. Este se encogió de hombros y arrancó con dificultad el edredón de las manos de la muerta. Estaba vestida con un camisón amarillo, largo y transparente; el médico lo levantó y no encontró huellas de golpes en el pecho, sin embargo, algo le llamó la atención: el bikini que la mujer vestía estaba enrollado un poco abajo del pubis y a media cadera, y le cubría parcialmente las nalgas. El H-3 le hizo una pregunta y el forense contestó que, a simple vista, no parecía que existiera abuso sexual, la vagina estaba seca y no había señales de violencia en el área genital ni en ninguna otra parte. Era hora de buscar evidencias, aunque todo estaba muy limpio en la habitación, exageradamente limpio, y el detective recordó la obsesión de la mujer con la limpieza, según palabras de su marido. Pero él debía hacer su trabajo.
Fue en ese momento cuando sintió el olor a insecticida; era un olor suave, almendrado, mezclado con algo que olía a rosas o a flores. Estaba por todas partes pero era más intenso en las sábanas, aunque podía confundirse con el suavizante que la mujer usaba para lavar la ropa. Entonces el H-3 recordó que también la mujer detestaba los insectos. El forense ordenó que retiraran el cuerpo y él se quedó solo en el cuarto, aunque no sabía por qué; estaba claro que la muerte de la mujer era natural, el gesto de terror en su rostro tal vez era la reacción natural al temor a la muerte, muerte que quizás sintió venir segundos antes de que su corazón se detuviera para siempre.
Según los médicos, en muchos casos y unos segundos antes del paro cardíaco se siente un dolor agudo en el centro del pecho, duele mucho el brazo izquierdo y la persona siente que se asfixia, luego viene la muerte. Tal vez por eso la mujer tenía aquel gesto en el rostro y por eso tenía las manos crispadas en la cobija. Sin embargo, el bikini no pudo bajarse solo, y eso era intrigante. Iba de un lado a otro de la habitación, con la cabeza agachada, los ojos fijos en el suelo y pensando en esas cosas. De pronto, en una esquina, cerca de la cómoda, encontró algo, y puso una rodilla en el suelo, pidió una pinza y levantó algo pequeño, de color café oscuro: era una ala de cucaracha, se la acercó a la nariz y comprobó que estaba impregnada de insecticida.
Cuando movió la cómoda, una cucaracha estaba muerta en el piso, con las patas hacia arriba y un poco más allá, estaba un huevo alargado color negro, recién puesto, al menos eso creyó el detective. Con cuidado lo guardó todo en tres bolsitas y se retiró. Iba con las manos vacías.
RUTINA. La funeraria estaba llena. En una esquina dormitaba el viudo como si estuviera demasiado cansado; en una butaca cercana al ataúd lloraba la madre de la muerta, vestida de negro y con un rosario de plástico entre las manos. El detective se le acercó. Aunque era un mal momento, le dijo que le intrigaba mucho que su hija hubiera muerto de forma tan inesperada. La mujer lo interrumpió, levantó una mano temblorosa y vio al detective con ojos vidriosos. “Mi hija no padecía del corazón, señor -le dijo-; mi hija no murió de eso. A mi hija la mataron”. El H-3 paró las orejas.
“La autopsia dice que murió del corazón, señora; seguramente algo la asustó mucho y le dio el ataque. ¿Por qué dice que a su hija la mataron?” La mujer bajó la cabeza. “Ella era muy sana -respondió-, aunque no podía tener hijos. Eso le destrozó la vida. Por eso él la maltrataba. Se estaban divorciando y él se quería quedar con todo…” ¿Quién es él?” “Carlos, mi yerno”. El H-3 se quedó un rato pensativo. “Y, ¿cómo supone usted que pudieron matarla? -le preguntó después-. La anciana levantó los hombros y no habló más. El detective insistió.
“¿A qué era alérgica su hija, señora?” La mujer se limpió las lágrimas. “A muchas comidas, señor, como los mariscos”. El detective recordó que el forense no encontró nada de eso en el estómago de la muerta. “¿A qué más?” “A los insectos, señor; por eso mantenía limpia la casa y eso le molestaba a su marido?” “¿Era alérgica a las cucarachas, señora?” “Sí, sobre todo a las cucarachas. Desde que estaba pequeña gritaba cuando veía una y se escapaba de ahogar”. El H-3 sintió que se le calentaba la cabeza. “¿La vio algún médico por esas alergias, señora?” “Si, pero la mandaron para donde un psiquiatra; él le dijo un montón de cosas y ella se cuidaba mucho”. “¿Me puede dar el nombre del psiquiatra?”.
EL PSIQUIATRA. El H-3 terminó de leer el expediente, levantó la cabeza y preguntó: “¿Cree usted que es posible que alguien muera si se expone demasiado a lo que le produce las fobias?” “Es posible -dijo el médico-, en ciertas personas las alergias son indicativo de sus fobias. Ella tenía fobia a los insectos, a las cucarachas en especial. Para que haya muerto del corazón debió estar expuesta a una o muchas cucarachas, esto le produjo una crisis de ansiedad terrible. La crisis de ansiedad se caracteriza por la aparición repentina de síntomas de aprensión, el miedo pavoroso o terror, acompañadas habitualmente de sensación de muerte inminente.
La causa, por supuesto, es la cercanía del objeto de la fobia. Durante estas crisis también aparecen síntomas como falta de aliento, palpitaciones, opresión o malestar torácico sensación de atragantamiento o asfixia y miedo a “volverse loco” o perder el control. A veces provoca la muerte”. “¿Cree usted que eso pudo haber sucedido en este caso?” “No lo sé. Ella siempre mantenía muy limpia su casa”. “Perdone, doctor -dijo el H-3-, pero debo decirle que en el dormitorio de la víctima encontré una ala de cucaracha, una cucaracha muerta y un huevo de cucaracha, aparentemente recién puesto”. El médico se quedó pensativo. “Pero una sola cucaracha no le hubiera provocado una crisis de ansiedad mortal, no en mi opinión”. “Pero muchas cucarachas si, ¿verdad doctor?” “No le entiendo, pero muchas cucarachas si, la hubieran paralizado y, es muy posible que le hayan provocado la muerte. ¿Qué quiere decir con eso?” El H-3 sonrió, se levantó de la silla y se despidió.
LA SOSPECHA. El doble cabina se detuvo frente a la oficina casi en ruinas y el H-3 bajó seguido de varios de sus compañeros. Un hombre panzón y mal encarado le salió al paso. “¿Qué busca aquí?” -le preguntó, cerrándole el paso-. “Cucarachas” -le dijo el detective-, muchas cucarachas; como las que llevó antenoche a su casa para asesinar a su esposa”. El hombre se estremeció como si le acabaran de estrellar un bate de hierro en la base de la nariz, se puso blanco como el papel y abrió la boca para respirar, como si el aire faltara a su alrededor. Un segundo vehículo se estacionó cerca de él y se dejó caer en una silla de tres patas.
Eran los técnicos de Inspecciones Oculares. El H-3 se enfrentó al hombre. “Usted sabía que su esposa era alérgica a las cucarachas, entre otras cosas -le dijo-; también sabía que si se exponía mucho a las cucarachas, por ejemplo, podría morir. Se estaban divorciando, ella nunca le dio hijos, ya no era muy importante para usted y usted no quería dividir lo que hicieron en todos estos años de matrimonio, entonces decidió matarla, pero de una forma en que nadie sospechara de usted. Debo confesarle que me engañó a mí también, pero cuando su esposa murió, usted no limpió bien el cuarto.
Roció insecticida para matar a las cucarachas que recogió de este basurero, que es su negocio, cuando estuvieron muertas las recogió de nuevo y se las llevó, pero dejó una ala de cucaracha y una cucaracha muerta debajo de la cómoda, además, encontré un huevo recién puesto cerca del saca polvo de la pared, y todos sabemos que en su casa no había ni una tan sola cucaracha porque su esposa mantenía la casa demasiado limpia por su alergia a estos animales. Ahora, dígame, ¿por qué la mató?” El hombre temblaba, miró al detective con ojos extraviados y un hilo de baba le saltó por una comisura de los labios. Cuando el H-3 le puso las esposas, él murmuró algo entre dientes: “Ella ya no me quería, ya no me quería; yo no quería matarla pero ella iba a dejarme”.
Cuando lo subieron a la paila de la patrulla, el hombre miró con tristeza el montón de chatarra, plástico y papel que tenía apilado para vender aquel fin de semana. Allí habían tantas cucarachas como en el crematorio municipal. Carlos agoniza en la Penitenciaría Nacional, más viejo, delgado y solitario.
