El caso de los diamantes robados

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres
ElHeraldo.hn

Honduras

07.03.2009 - CarmilLa Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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La instituci贸n donde se form贸 Asdr煤bal Qui帽贸nez es esa vieja escuela donde la disciplina era la base fundamental del 茅xito de los aspirantes, una disciplina que exig铆a pasi贸n por la carrera policial y que impon铆a responsabilidad para con la sociedad y dignidad y 茅tica en el ejercicio, respetando el uniforme como un manto sagrado y a la ley como la esencia misma de un Estado de Derecho.

El poder que daba el uniforme deb铆a ser para servir y proteger, por supuesto, no en la forma obsesiva-compulsiva del inspector Javert de V铆ctor Hugo, en Los Miserables, sino como depositario de un poder que deb铆a beneficiar a la poblaci贸n a costa de cualquier sacrificio o ambici贸n personal. De esa escuela quedan pocos hombres, como Ren茅 Maradiaga Pancham茅, por ejemplo, que fue compa帽ero de Asdr煤bal y que, a煤n hoy, lamenta la muerte tr谩gica de un hombre que no solo fue un buen polic铆a, sino tambi茅n un buen amigo, con sus defectos naturales, como todo el mundo. Tal vez este caso sea un homenaje a su trabajo como detective de investigaci贸n criminal, su mayor pasi贸n y parte importante de su vocaci贸n. 脡l mismo lo titul贸: 鈥淓l caso de los diamantes robados鈥.

MAR脥A. Era una muchacha sencilla, m谩s p谩lida que blanca, ojos claros, alta, delgada y muy atractiva; lloraba y las l谩grimas le ba帽aban el rostro y el pecho desnudo, mientras se estrujaba las manos en el colmo de la desesperaci贸n. Ten铆a fr铆o y miedo y de vez en cuando parec铆a que le faltaba la respiraci贸n. El teniente Qui帽贸nez la miraba en silencio, como si esperara a que siguiera hablando, sin que una muestra de compasi贸n asomara a su rostro.

Por desgracia para ella, los t茅cnicos de dactiloscopia del Departamento de Investigaci贸n Nacional, (DIN), encontraron varias huellas digitales suyas en el joyero de su patrona y esta estaba segura de que su collar de diamantes y esmeraldas, una joya antigua valorada, seg煤n ella, en cien mil d贸lares, hab铆a sido robado de su propio cuarto y de su propio tocador.

驴Qui茅n pudo haberlo hecho? La polic铆a encontr贸 huellas digitales de Mar铆a en el joyero, una cajita de marfil y terciopelo con varios espacios donde la se帽ora guardaba sus tesoros, y no era dif铆cil suponer qui茅n era la ladrona. Y ahora, la sospechosa lloraba declarando su inocencia, temblando de fr铆o y sin saber qu茅 decir a las preguntas de los detectives. El cuarto, mejor dicho, la pieza donde estaba, era casi una celda, oscura y apestosa, sin ventanas y con una sola puerta, con una mesa sucia en el centro, una silla de madera donde la hab铆an sentado de un empuj贸n y un bombillo muy d茅bil que colgaba de su propio alambre del techo alto y h煤medo. Era la celda de interrogatorios especiales.

LA SE脩ORA. Do帽a Sagrario Luc铆a Sierra de Villars, de cincuenta y tantos a帽os, elegante y atractiva a pesar de las arrugas y las enormes bolsas oscuras debajo de sus ojos, blanca como la leche y flaca como una pajilla, esperaba los resultados del interrogatorio sentada aristocr谩ticamente en la oficina del comandante de la polic铆a, un privilegio que se merec铆a como nieta de uno de los m谩s poderosos generales de antes, olorosa a Rosa Negra y d谩ndose aire con la copia del certificado que la Anvers y G眉belin, empresa especialista en diamantes, de Lucerna, Suiza, le extendieran hac铆a unos a帽os confirmando la pureza de sus diecis茅is joyas y el enorme valor de su collar.

Lo vio por 煤ltima vez en su joyero dos d铆as antes, la noche del viernes, cuando fue con su esposo a una reuni贸n del Country Club. Ella misma lo puso en su sitio cuando regresaron, a media noche, y la ma帽ana del lunes ya no estaba, el joyero estaba sin llave y, aunque no faltaba nada m谩s, su collar era su alhaja m谩s valiosa, un regalo de su madre que la hered贸 de su abuela paterna.

Seg煤n ella, quien lo rob贸 sab铆a lo que se llevaba. 驴Qu茅 de quien sospechaba? No sabr铆a decirlo pero si la polic铆a encontr贸 huellas de la sirvienta en el joyero, ella era la ladrona. Su esposo, nueve a帽os menor que ella, era un hombre bueno, amoroso, trabajador y especial que ser铆a incapaz de robarse siquiera un centavo. Viv铆a con 茅l desde hac铆a diez a帽os y todo era felicidad en la casa. Sus hijos, sus propios hijos, viv铆an en M茅xico y Estados Unidos y, aunque no aprobaron su segundo matrimonio, no se met铆an con ella.

Su esposo, en cambio, ten铆a un hijo de su primer matrimonio, un muchacho de veinte a帽os que los visitaba de vez en cuando y que no daba problemas jam谩s.

Entonces, 驴de qui茅n sospechar? De la sirvienta, por supuesto, no solo por las huellas digitales, sino tambi茅n porque ella ten铆a acceso a todos los rincones de la casa, la enorme y antigua casa que le heredaron sus padres en una zona boscosa de El Hatillo.

EL TENIENTE. La mujer estaba desnuda, la hab铆an ba帽ado por quinta vez con agua helada y ya ten铆a la piel amoratada, le temblaban los labios y ya no lloraba; parec铆a a punto de desmayarse. Aunque Asdr煤bal Qui帽贸nez no aprobaba ciertas t茅cnicas de interrogatorio, dejaba trabajar a sus ayudantes para ablandar a los sospechosos, lo que casi siempre daba resultado, esto, si no se mor铆an antes.

Cuando sus ojos inexpresivos se toparon una vez m谩s con la mirada vidriosa de la sirvienta, levant贸 una mano y detuvo la preguntadera, las amenazas y los gritos, orden贸 que la secaran y que dejaran que se vistiera, luego le dio a beber caf茅 caliente e hizo salir a sus asistentes. 鈥溌緼 qui茅n est谩s protegiendo?鈥 鈥搇e pregunt贸. 鈥淎 nadie, se帽or 鈥搑espondi贸 ella, temblando de miedo鈥; yo no s茅 nada del collar de la se帽ora鈥 Yo no me lo rob茅, cr茅ame, por amor de Dios鈥︹ 鈥淵o te creo 鈥揳greg贸 el teniente鈥, pero tambi茅n creo que sab茅s quien lo tiene鈥 Fue tu patr贸n, 驴verdad?鈥 La mujer abri贸 los ojos, quiso decir algo y baj贸 la cabeza. 鈥淪upe que hab铆a algo especial entre el patr贸n y la sirvienta 鈥揺scribi贸 despu茅s el teniente Qui帽贸nez鈥, como sab铆a tambi茅n que ella era inocente; por desgracia, me convenc铆 de que tampoco sab铆a nada del collar o de qui茅n lo hab铆a robado, aunque mi coronel quer铆a que encontrara un culpable, solo para quitarse de encima a la due帽a, una mujer bien emparentada que ya lo hab铆a sacado de quicio鈥.

"Ser polic铆a no es un trabajo f谩cil 鈥搒igue escribiendo el teniente鈥, y lo peor de este oficio es que uno se deshumaniza, desconf铆a de todo el mundo y termina qued谩ndose sin amigos, y todo por cumplir un deber que alguien tiene que cumplir. La muchacha era inocente y dej茅 que se tranquilizara. Cuando le pregunt茅 que si ella estaba enamorada del patr贸n, casi se desmaya, entonces comprend铆 que iba por buen camino y me puse a pensar que si ella no se hab铆a robado el collar, 驴por qu茅 estaban sus huellas en el joyero, huellas recientes, seg煤n los t茅cnicos de dactiloscopia? Al principio no me pude responder y la dej茅 en libertad, aunque despu茅s me arrepent铆, no solo porque tuve que darles un mill贸n de explicaciones a la se帽ora y a mi coronel, sino por lo que pas贸 despu茅s鈥.

LA MUERTE. Do帽a Sagrario era una mujer buena, a pesar de todo, y acept贸 a Mar铆a en su casa, convencida, como iba, de que la muchacha era inocente. Incluso, le dedic贸 unas l谩grimas cuando su esposo la encontr贸 en el garaje, antes de las siete de la ma帽ana, colgando de una viga y con una pesa de manos amarrada a los pies. Era tanta la pena y la verg眉enza de Mar铆a, que prefiri贸 la muerte a la deshonra. Ahora nada se pod铆a hacer y el collar segu铆a desaparecido. Lo peor era que ya hab铆a costado una vida.

Cuando el teniente Qui帽贸nez lleg贸 a la escena sinti贸 un nudo en la garganta y con dificultad reprimi贸 las l谩grimas. Hizo que se retirara todo el mundo y se qued贸 solo con el cad谩ver. La mujer ten铆a al menos diez horas de muerta, seg煤n el forense, ten铆a la lengua sobre el pecho, los ojos desorbitados y las piernas y los pies llenos de orina y heces fecales; alrededor del cuello ten铆a un alambre grueso que estaba amarrado a una viga de pino, un metro sobre su cabeza, y los brazos colgaban libremente a los lados.

A un lado, cerca de los pies, que estaban separados del suelo unas diez pulgadas, estaba un taburete volcado, con huellas de polvo y tierra en el sentadero. El teniente lo observ贸 con detenimiento y supo que eran huellas de zapatos y que en uno de los lados hab铆a algo que parec铆a la huella de una mano. Mir贸 los pies de la muerta y vio que estaba descalza, revis贸 de nuevo el cuello y no encontr贸 nada que le indicara que trat贸 de quitarse el alambre cuando se estaba ahorcando.

Adem谩s, el alambre se hund铆a demasiado en la piel, lo que le parec铆a raro, y la pesa estaba amarrada a los pies con fuerza. Cuando bajaron el cad谩ver, el forense detect贸 una peque帽a mancha de sangre en la parte de atr谩s de la cabeza, separ贸 el pelo, y encontr贸 un chichote del tama帽o de un huevo, con una herida de casi un cent铆metro de larga que hab铆a sangrado poco. 鈥淧ara m铆 fue suficiente 鈥揺scribi贸 el teniente鈥; la muchacha no se suicid贸, la hab铆an matado. Ella sab铆a m谩s de lo que deb铆a saber. La golpearon fuerte en la cabeza y, desmayada, la colgaron en el garaje; all铆 muri贸 ahorcada. No me equivoqu茅 al sospechar que ella sab铆a, o al menos sospechaba, quien se hab铆a robado el collar, pero lo estaba protegiendo por amor, y eso le cost贸 la vida鈥.

EN EL DIN. El hombre solt贸 otro grito que rebot贸 en las paredes sucias y malolientes; m谩s que un grito, era un alarido de dolor y se desmay贸 una vez m谩s. Dos segundos despu茅s, el agua helada, llena de pedazos de hielo, lo despert贸 con un quejido prolongado. Estaba desnudo, tendido boca arriba en el suelo, con las manos y los pies amarrados con c谩帽amo y con un hilo de nylon amarrado a los test铆culos. Cada vez que el interrogador giraba el pedal de bicicleta, el hilo se enrollaba al rin, provocando en el sospechoso un dolor insoportable. Hac铆a dos horas que trabajaban con 茅l y a煤n no confesaba nada.

El teniente le hablaba lento y pausado. 鈥淵a sabemos que vos y la sirvienta se entend铆an 鈥搇e dijo鈥, que eran amantes. El domingo pasado, cuando tu esposa fue a misa en la catedral, ustedes se quedaron solos, como hac铆an siempre, y eran felices en la propia cama de do帽a Sagrario. A la muchacha le gustaban las joyas y hasta deseaba verse como la se帽ora, entonces, para complacerla, vos le permit铆as que tomara las alhajas de tu mujer del joyero y se las pusiera mientras ten铆an relaciones. Por eso encontramos huellas de la muchacha en la cajita, pero ella jam谩s se hubiera robado algo鈥 Creo que, si no sos vos el ladr贸n, vos sab茅s qui茅n es, y me lo vas a decir鈥.

El hilo de nylon se extendi贸 casi dos metros, dos hombres sentaron al sospechoso en la silla de madera y le soltaron las manos. Respiraba con dificultad y temblaba. 鈥淵o no me rob茅 el collar 鈥揹ijo鈥. El teniente sigui贸 en silencio. Un hombre se acerc贸 con un alicate en una mano y lo abri贸 sobre su 铆ndice derecho. El teniente levant贸 una mano y el asistente se detuvo. 鈥淧ues, fij谩te que te creo 鈥揺xclam贸鈥. Vos no te lo robaste, pero s铆 sab茅s qui茅n se lo rob贸鈥. El hombre guard贸 silencio.

El alicate se cerr贸 alrededor de la u帽a y un quejido sali贸 del pecho del hombre. 鈥淓n ese momento resolv铆 el caso 鈥揹ice el teniente鈥, hice una se帽al a mis hombres y abrieron la puerta. Medio minuto despu茅s entraron con un muchacho que temblaba como la gelatina. Vi que el hombre trat贸 de levantarse de la silla y que sus ojos se abrieron azorados鈥.

FIN. Cuando la puerta se cerr贸 detr谩s de 茅l, el muchacho casi se desmaya. Vio a su padre en semejantes condiciones y empez贸 a temblar, mientras las l谩grimas corr铆an por sus mejillas. 鈥淰as a decirme d贸nde ten茅s el collar de tu madrastra 鈥搇e dijo el teniente, tom谩ndolo del cuello鈥, y me vas a decir tambi茅n por qu茅 mataron a la sirvienta, si sab铆an que era inocente del robo鈥.

El muchacho grit贸 con fuerza cuando un tolete se estrell贸 con fuerza en sus ri帽ones. Su padre grit贸 tambi茅n y empez贸 a hablar: 鈥淒茅jenlo ir 鈥揹ijo鈥, 茅l no sabe nada鈥. 鈥淎hora vas a mentirnos 鈥搇e dijo el teniente鈥. Mir谩, te voy a decir qu茅 es lo que hicieron: la muchacha sab铆a que tu hijo se llev贸 el collar, ella te quer铆a y tal vez te pidi贸 que le dijeras al muchacho que lo devolviera; vos cre铆ste que estar铆an m谩s seguros mat谩ndola, haci茅ndonos creer que se suicidaba por verg眉enza. Ustedes la ahorcaron; en el asiento del taburete hab铆a polvo y tierra y la hab铆an limpiado con la mano, una mano delgada y larga, como la de tu hijo. Uno de ustedes se subi贸 al taburete, amarr贸 el alambre a la viga, lo pusieron en el cuello de la muchacha y alguien se par贸 en el taburete para levantarla hasta la altura que les pareci贸 l贸gica para que el asesinato pareciera un suicidio, creo que fuiste vos, que sos m谩s fuerte.

Le amarraron la pesa y la soltaron, pero no se fijaron que la muchacha estaba descalza cuando la llevaron hasta all铆, desmayada despu茅s de golpearla en la cabeza. Vos no te robaste el collar porque ten茅s nueve a帽os de vivir con tu mujer y en todo ese tiempo no se le perdi贸 ni una sola alhaja, pero s铆 se lo rob贸 tu hijo, que no vive con ustedes pero que conoce bien la casa, que no vive tan bien como vos y que tiene las ambiciones t铆picas de un vago sin oficio y bueno para nada. Vos quer茅s protegerlo pero ya no pod茅s enga帽arnos. Adem谩s, si cre茅s que me equivoco, ya vas a ver c贸mo mis ayudantes hacen cantar al muchacho. 驴Qu茅 dec铆s? 驴Me equivoco, si o no?鈥 El hombre baj贸 la cabeza y puso la barbilla en el pecho, luego la movi贸 hacia los lados, lentamente, y murmur贸 un 鈥渘o鈥 que, no obstante, rebot贸 en las paredes.

Esa tarde, en una joyer铆a cercana al mercado El Mayoreo, el DIN recobr贸 el collar. Lo hab铆an pedaceado y estaban a punto de vender los diamantes por separado. Do帽a Sagrario perdi贸 m谩s al recuperarlo: perdi贸 su hogar.

Quince a帽os despu茅s sigue siendo atractiva pero parece que no volvi贸 a sonre铆r. Su marido, m谩s viejo que ella, est谩 por salir de la c谩rcel. Ninguno de los dos quiso hablar con nosotros.

Su hijastro muri贸 en una revuelta en la prisi贸n, hace algunos a帽os. Este caso bien pudo llamarse 鈥淓l caso del collar maldito鈥, pero Asdr煤bal Qui帽贸nez lo titul贸 con su pu帽o y letra y respetamos la voluntad de quien nos da acceso a sus archivos.

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El collar de diamantes y esmeraldas, una joya antigua estaba valorada, seg煤n ella, en cien mil d贸lares.
El collar de diamantes y esmeraldas, una joya antigua estaba valorada, seg煤n ella, en cien mil d贸lares.

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