Para cualquier occidental, abrir un grifo significa disponer de agua corriente. En la región de Mahwit, así como en el resto de Yemen, un gesto tan anodino como ese es un signo de opulencia imposible.
Los 100 kilómetros que unen la capital del país árabe, Saná, y esta villa montañosa están dominados por imágenes que aluden a la carestía del líquido elemento. Es un trayecto donde se suceden los camiones que transportan agua, las precarias tuberías que intentan arrebatar las últimas existencias de los pozos o las decenas de niños y mujeres que caminan entre riscos para abastecerse.
Pequeños como Nuridin Ahmed Al-Maani, de 7 años de edad, que cada día camina dos kilómetros desde la aldea de Al-Kurun hasta uno de los escasos manantiales de la región para rellenar los dos bidones de cinco litros que porta. Apenas incapaz de levantarlos, el chiquillo los arrastra por la carretera, tirando de ellos con una cuerda. "Tengo que hacerlo cinco veces al día", explica.
CHARCAS CON BASURA "No es un caso inusual. En Mahwit tenemos cerca de 40,000 personas que están obligadas a escalar montañas para conseguir agua. Cada vez llueve menos y los manantiales se están secando", explica Mohamed Al-Nuzaili, responsable de la Autoridad Rural del Agua, organismo gubernamental que intenta lidiar con esta crisis.El de Mahwit es un escenario recurrente en el país. Yemen se enfrenta a lo que el propio ministro de Agua, Abdul Rahman al-Iryani, define como "un inminente colapso medioambiental" ante la carencia del vital fluido. "No es una visión pesimista. En los 60 y 70 encontrábamos agua en Saná a 50 metros. Hoy tenemos que excavar hasta 1,000. Los acuíferos disminuyen a un ritmo de 10 a 20 metros cada año. La estimación es que Yemen se quedará sin agua en menos de 50 años", asegura.Qué mejor metáfora para ilustrar el tono sombrío de Iryani que su propio caso. El ministro del ramo no dispone de agua corriente en su domicilio. Tiene que adquirirla y unos camiones le sirven.Con solo 100 metros cúbicos por persona al año, el estado árabe se encuentra muy por debajo del límite que establece Naciones Unidas para definir a una nación "pobre en agua", que se fija en 1,000 metros cúbicos. El mismo Banco Mundial reconoce que su situación es "extrema".Eclipsada por la guerra en el norte contra los Huzis y la creciente actividad de Al Qaida, la falta de agua es sin embargo el desafío más ciclópeo que enfrenta el país. "Es una amenaza vital para nuestra existencia. Todo lo demás, la guerra, Al Qaida... son síntomas de la enfermedad", advierte Iryani.Resulta paradigmático que Yemen afronte esta situación. En el pasado fue un referente mundial por su capacidad para aprovechar la lluvia con un sofisticado sistema de canalizaciones subterráneas, "terrazas" excavadas en las montañas y presas. Era la época en la que griegos y romanos se referían a esta región como "Arabia Felix". La "Arabia Feliz" del incienso y la mirra. De la mítica reina de Saba del Antiguo Testamento. Un era que dejó obras emblemáticas de ingeniería hidráulica como el pantano de Marib, capaz de irrigar 10,000 campos de fútbol.El declive comenzó hace treinta años, cuando se abandonó esta técnica tradicional de cultivo en favor de los pozos y la agricultura de irrigación. El crecimiento desbocado de la población -eran solo 7 millones en 1975 y hoy rondan los 24- y el cambio climático han agudizado aun más si cabe el ingente desequilibrio.No lejos de allí, más de media docena de féminas se arremolinan junto al cauce casi seco del arroyo Lahama. Colman los envases en charcas rodeadas de basura y roña. Después los trasladan en burros que trepan entre los peñascos hasta la cercana aldea, encaramada en un cerro aislado. CHARCAS CON BASURA
No lejos de allí, más de media docena de féminas se arremolinan junto al cauce casi seco del arroyo Lahama. Colman los envases en charcas rodeadas de basura y roña. Después los trasladan en burros que trepan entre los peñascos hasta la cercana aldea, encaramada en un cerro aislado.
"No es un caso inusual. En Mahwit tenemos cerca de 40,000 personas que están obligadas a escalar montañas para conseguir agua. Cada vez llueve menos y los manantiales se están secando", explica Mohamed Al-Nuzaili, responsable de la Autoridad Rural del Agua, organismo gubernamental que intenta lidiar con esta crisis.
El de Mahwit es un escenario recurrente en el país. Yemen se enfrenta a lo que el propio ministro de Agua, Abdul Rahman al-Iryani, define como "un inminente colapso medioambiental" ante la carencia del vital fluido. "No es una visión pesimista. En los 60 y 70 encontrábamos agua en Saná a 50 metros. Hoy tenemos que excavar hasta 1,000. Los acuíferos disminuyen a un ritmo de 10 a 20 metros cada año. La estimación es que Yemen se quedará sin agua en menos de 50 años", asegura.
Qué mejor metáfora para ilustrar el tono sombrío de Iryani que su propio caso. El ministro del ramo no dispone de agua corriente en su domicilio. Tiene que adquirirla y unos camiones le sirven.
Con solo 100 metros cúbicos por persona al año, el estado árabe se encuentra muy por debajo del límite que establece Naciones Unidas para definir a una nación "pobre en agua", que se fija en 1,000 metros cúbicos. El mismo Banco Mundial reconoce que su situación es "extrema".
Eclipsada por la guerra en el norte contra los Huzis y la creciente actividad de Al Qaida, la falta de agua es sin embargo el desafío más ciclópeo que enfrenta el país. "Es una amenaza vital para nuestra existencia. Todo lo demás, la guerra, Al Qaida... son síntomas de la enfermedad", advierte Iryani.
Resulta paradigmático que Yemen afronte esta situación. En el pasado fue un referente mundial por su capacidad para aprovechar la lluvia con un sofisticado sistema de canalizaciones subterráneas, "terrazas" excavadas en las montañas y presas. Era la época en la que griegos y romanos se referían a esta región como "Arabia Felix". La "Arabia Feliz" del incienso y la mirra. De la mítica reina de Saba del Antiguo Testamento. Un era que dejó obras emblemáticas de ingeniería hidráulica como el pantano de Marib, capaz de irrigar 10,000 campos de fútbol.
El declive comenzó hace treinta años, cuando se abandonó esta técnica tradicional de cultivo en favor de los pozos y la agricultura de irrigación. El crecimiento desbocado de la población -eran solo 7 millones en 1975 y hoy rondan los 24- y el cambio climático han agudizado aun más si cabe el ingente desequilibrio.
