Enrique Ávila hundió una vez más las manos en la tierra húmeda y retuvo la respiración para no llenarse los pulmones con el olor apestoso que salía de la tumba. Aunque sentía que aquel insoportable olor a carne podrida se le metía en el cuerpo hasta por los poros, buscaba a su alrededor un poco de aire fresco para evitar el mareo y el intermitente deseo de vomitar. El pañuelo que le cubría la nariz no le servía de nada y más bien retenía el hedor como una esponja retiene el agua. Hacía una hora habían localizado la tumba que les señaló el informante y, aunque dudaba de aquel hombrecillo de diecinueve años, drogadicto y traidor, se aferraba a cualquier pista para resolver un caso, y el de la prestamista desaparecida tenía ya una semana de estar en sus manos y no sabía ni por dónde empezar. Corría el mes de julio, la mañana era húmeda, hacía calor pero una brisa fresca caía de un cielo gris que se despajaba poco a poco sobre los pinos olorosos de La Montañita. La tumba era una fosa escarbada apresuradamente entre varios robles viejos y estaba cubierta con hojas secas y agujas de pino amarillentas. A Enrique no le fue difícil localizarla y tampoco tuvo dificultad en descubrir el cuerpo. El informante no le había mentido y los doscientos lempiras que le dio parecían bien invertidos. Cuando los gusanos blancos y gordos, un poco más grandes que un grano de arroz, empezaron a subir por sus brazos contorsionándose lentamente decidió tomar un descanso, el estómago le daba vueltas y el hedor lo envolvía como una nube repugnante. El cadáver estaba allí y no se iría a ninguna parte. Lo peor de todo era que la ropa que vestía era el regalo que le dio su esposa por su cumpleaños, y la andaba estrenando; ahora tenía que deshacerse de ella porque aquel olor solo se arrancaba de la tela quemándola. Estaba seguro de que su esposa estaría con la cara parada por lo menos una semana.
EL CASO. Enrique era policía desde hacía muchos años y, en todo ese tiempo, había visto de todo pero, por desgracia para él, aún no se había insensibilizado y los crímenes de sangre seguían afectándolo profundamente. Este caso le quitó el sueño por más de un mes.
Cuando terminó de quitar la tierra, sus manos llenas de gusanos se encontraron con la piel helada y gelatinosa que empezó a deshacerse al contacto de sus dedos. El cadáver era el de una mujer, aunque no estaba seguro si era la que buscaba y estaba enterrado poco más de medio metro en la tierra húmeda y arenosa. Llevaba muerta más de cinco días y, a pesar de los gusanos, la humedad y el frío de la zona retrasaban el proceso de descomposición. Tenía los brazos a los lados y las piernas muy juntas, lo que llamó la atención del detective; estaba desnuda y parecía que la habían acomodado de espaldas y con mucho cuidado en el lecho de la fosa -un detalle más que Enrique tomó en cuenta-, sin embargo, el detalle más intrigante era que la tumba parecía extrañamente pequeña en relación con el cuerpo y había sido excavada a la medida. Cuando uno de sus compañeros soltó un grito se dio cuenta que le faltaba la cabeza, quitó los restos de tierra que estaban sobre el pecho y se encontró con lo que quedaba del cuello: una masa engusanada de piel, carne, huesos y sangre podrida. La impresión lo paralizó por unos segundos, luego vio que los senos habían sido mutilados, les faltaban los pezones y tenía inflamadas las aureolas. Un estremecimiento repentino le sacudió el cuerpo y pensó que ya había visto suficiente. En ese momento decidió llamar a Medicina Forense.
LA VÍCTIMA. Seis días antes, un hombre nervioso y desesperado acompañado por dos niños, pálidos y demacrados, y por una mujer joven que se comía las uñas compulsivamente mientras se secaba algunas lágrimas, llegó a la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) a denunciar la desaparición de su esposa. Dijo que la mujer salió la mañana anterior desde temprano y que no habían vuelto a saber nada de ella después de que llamara a la casa para saber si los niños habían desayunado. Era una mujer joven que no pasaba los treinta y dos años, no muy alta, de cuerpo regular, pelo negro y largo, cara bonita y ojos color miel; era perito mercantil pero se dedicaba a prestar dinero en pequeñas cantidades a una cartera de clientes con la que trabajaba desde hacía varios años. Esa mañana de sábado salió a trabajar y, como siempre, no decía a dónde iba. El hombre agregó que no sabía si tenía problemas con algún cliente, que ella era muy reservada en sus cosas y que tampoco recordaba si la había visto preocupada los últimos días. Era su esposa, se querían mucho pero ella era muy independiente. Tampoco sospechaba que ella tuviera un amante con el que se hubiera escapado. Era una mujer buena, trabajadora y decidida. Estaba seguro de que cuando ella ya no lo quisiera se lo diría francamente.
LA MORGUE. El cuerpo estaba sobre la mesa de trabajo del forense, lo habían lavado y limpiado para hacerle la autopsia y lo habían clasificado como desconocido. No pudieron identificarla a través de las huellas digitales porque tenía las yemas de los dedos deshechas, se las habían quemado, después de muerta, con una llama muy poderosa, probablemente acetileno, y los gusanos terminaron de destruirlas. Cuando el hombre entró a la morgue, temblaba y parecía a punto de desmayarse. Ver el cuerpo sin cabeza lo dejó mudo por unos instantes y se le nubló la vista. Dudó por unos segundos y luego movió la cabeza hacia adelante, se acercó al detective y le dijo algo al oído, el detective habló con el médico y ambos se acercaron al cuerpo. Con una maquinita de afeitar cortaron el vello púbico y, poco a poco, aparecieron unas líneas delgadas sobre el pubis, un poco descoloridas: Enrique leyó con cierta dificultad unas letras y el hombre dijo, tartamudeando: "Solo para mi amor". Hubo un momento de silencio, el hombre lloraba. Luego agregó: "Así dice; es un tatuaje que se hizo dos meses después de que nos casamos. Solo para mi amor. Yo quería que se lo hiciera". Las últimas palabras salieron de su garganta en un grito doloroso: "¡Ese es el cadáver de mi esposa!".LA DNIC. Las fotografías del cadáver estaban clavadas en una pizarra en la oficina de Enrique en la DNIC. El detective pensaba en voz alta y sus dos compañeros seguían sus razonamientos en silencio, moviendo de vez en cuando la cabeza hacia adelante, confirmando de esa forma sus deducciones.
"Creo que la mujer quedó de verse con alguien esa mañana -decía Enrique- seguramente un cliente que tal vez prometió pagarle dinero. En el reporte de llamadas desde y hacia su celular, vemos que la última vez que llamó a su casa fue a las ocho y doce minutos y lo hizo desde la zona del mercado El Mayoreo; la antena de la colonia Torocagua registró la llamada. Sabemos que ella prestaba dinero a mucha gente de los mercados y que cobraba intereses cada semana. En el registro de llamadas de la última semana vemos que hay once llamadas a un mismo número de celular y nueve a un número fijo de la colonia La Haya. Casi todas las llamadas a estos dos números duran más de cinco minutos. Creo que se trata de un cliente moroso con el que negociaba por teléfono. Vamos a empezar la investigación por aquí. Las otras llamadas son cortas, seguramente también a clientes o amistades.
"Ahora analicemos la forma en que encontramos el cuerpo. Sabemos que desapareció hace siete días, tal vez en la mañana y después de llamar a su casa porque en el registro, esa llamada es la última que ella hizo. Pocos minutos después de llamar se encontró con la persona con quien estaba citada, tal vez la subió a su carro y, bajo amenazas, la llevó hasta el lugar donde la asesinó. Esto es solo una hipótesis ya que la mujer no volvió a usar su teléfono, aunque están registradas más de ochenta llamadas perdidas, pero es una hipótesis muy lógica.
"Por la posición que encontramos el cuerpo, podemos deducir que alguien la acomodó con cierto cuidado en la tumba, y este alguien seguramente es el asesino. Según el forense, el cuerpo no tiene golpes, no hay señales en las muñecas ni en los tobillos de que fuera maniatada y la mutilación de los pezones y de las yemas de los dedos se las hicieron después de muerta. Esto nos confirma que la tenían amenazada con un arma, que ella conocía a la persona que la amenazaba y que esta persona no deseaba hacerle daño físico, aunque estaba decidido a matarla; de lo contrario no la hubiera secuestrado. Debe ser alguien a quien ella conocía desde hacía mucho tiempo y creo que hay de por medio una deuda muy grande que se había convertido en impagable. Esto lo vamos a confirmar en unos momentos.
"Si la víctima tuvo buena relación en otro tiempo con su asesino, este llegó a estimarla y esta estimación se demuestra en la forma en cómo colocó el cuerpo en la fosa, con mucho cuidado, con los brazos extendidos y las piernas muy juntas. Creo que es una persona mayor, quizás de unos cincuenta años o más, que tal vez fue policía o militar y que perteneció a los cuerpos de seguridad del Estado en los ochentas. ¿Por qué? Porque parece que conoce bien la zona de la Montañita. Recordemos que secuestró a la mujer en la zona de la colonia Torocagua, la llevó a algún lugar cercano porque esa es una zona muy transitada, con muchos policías de Tránsito, que en un descuido ella pudo pedir ayuda o saltar del vehículo y no se arriesgaría a ser capturado en un trayecto largo, ella iba manejando y tal vez intentaba conciliar con él, apelando a la relación de tanto tiempo, a los favores que ella le había hecho y a la amistad que tal vez tenían. Es posible. Pero el asesino estaba desesperado porque, a pesar de las razones de la mujer, de sus lágrimas y sus súplicas, él siguió con su plan y la mató. De la zona de El Mayoreo a La Montañita hay una distancia muy larga. Creo que la mató cerca de donde la capturó, y creo también que el asesino vive cerca de allí. Escoger La Montañita para deshacerse de un cadáver y enterrarlo con mucho cuidado, en una época en que los asesinos tiran a sus víctimas en cualquier parte, demuestra que el criminal tiene conocimientos policiales y que sabe que cualquier detalle que olvide puede llevar a la policía hasta él.
OTROS DETALLES. "Además -agregó Enrique-, creo que la mujer fue drogada una vez estuvo adentro de la casa donde fue asesinada. Aunque el forense no encontró rastros de drogas en la sangre, creo que el asesino usó éter para dormirla, después la desnudó y la decapitó. Recuerden que no hay señales de que la hubiera amarrado, ni de que la hubieran golpeado. Si ven bien las fotos del cuello, hay varias heridas y la piel fue cortada despacio, con movimientos hacia adelante y hacia atrás, probablemente con un machete viejo, con poco filo y corto. Según el forense, los huesos fueron cortados con el mismo instrumento, pero lo golpearon con algo pesado varias veces. Fíjense bien en los cortes de la piel, son muy irregulares, lo que indica que el asesino tiene poca experiencia, estaba muy nervioso o está muy viejo. ¿Por qué no la mató con arma de fuego? Creo que trataba de inculpar a alguien al decapitarla, tal vez a un grupo de mareros; sabemos que ellos suelen desmembrar a sus víctimas. Creo que él intentaba desmembrar el cuerpo, pero cometió algunos errores, como decapitarla viva; la mujer empezó a desangrarse y tal vez esto le pareció grotesco, algún sentimiento tenía por ella y prefirió deshacerse del cuerpo en un lugar donde, según él, no la encontrarían. Para asegurarse de esto, le borró las huellas digitales, quemándole las yemas tal vez con acetileno. ¿Quién es el asesino? Creo que uno de sus clientes.
EL REGISTRO. El celular al que la víctima llamó con insistencia la última semana estaba registrado bajo un nombre falso. El chip fue comprado en el Metromall hacía tres meses y ninguno de los datos del cliente pudo ser comprobado. Pero quedaba el teléfono fijo. Estaba a nombre de una mujer que dijo conocer bien a la víctima. Era cierto que su esposo le debía dinero pero siempre le pagaba, aunque con ciertos atrasos. "¿Dónde está su esposo?" -le preguntó el detective-. "En la bodega del Mayoreo". "Llévenos, por favor; necesitamos hablar con él".
Era un hombre mayor, de unos cincuenta y cinco años, de baja estatura, gordo, pelo y bigote canosos y brazos cortos y fuertes; sus manos cuadradas y pequeñas estaban llenas de cayos y la artritis las había deformado horriblemente. Ese detalle decepcionó al detective. Esas manos servían para muy poco, incluso contaban el dinero con dificultad y tal vez no pudieran manipular un arma con seguridad. Pero para Enrique, aquel hombre era el principal sospechoso.
Lo que sabía de él confirmaba algunos aspectos de su teoría. Era un sargento retirado del ejército, sirvió como detective en el Departamento de Investigación Nacional (DIN) y en algunos documentos de organismos de Derechos Humanos se le mencionaba como integrante del Batallón 3-16, implicado en desapariciones de opositores políticos en los años ochenta. Debía mucho dinero a la víctima, a la que conocía desde hacía tres años; se había retrasado en los pagos los últimos seis meses y se veía claramente que el negocio no iba bien. Dijo que hablaba con la mujer a diario y que ella llegaba siempre a cobrarle, pero que no podía pagarle y estaba a punto de decidirse a vender la bodega para cancelar el préstamo porque los intereses iban ya por las nubes y, a ese paso, se iba a quedar en la calle; esa bodega era todo lo que tenían. "¿Cuándo fue la última vez que la vio?"- preguntó el detective- "El lunes anterior; le pedí diez días para entregarle algo de dinero y ella accedió", -dijo el hombre-. "Dónde estuvo usted el sábado que ella desapareció?" "Aquí, en la bodega, hasta las tres de la tarde. Eso puedo demostrarlo?" "¿Conoce este número de teléfono?" "No; no sé de quien es".
Enrique estaba descorazonado. Su teoría se derrumbaba y, lo peor de todo, es que el hombre parecía inocente; además, con aquellas manos era casi imposible que pudiera comer, mucho menos cometer un asesinato. El hombre estaba acabado y parecía más viejo de lo que en realidad era. Enrique concluyó que él no era el asesino. Cuando regresó a la oficina encontró un reporte sobre su escritorio. La policía de Ocotepeque tenía un vehículo que aparentemente estaba abandonado en el parqueo de un hotel de la ciudad. Enrique dio un salto. Era el carro de la prestamista. Pero, ¿qué hacía en Ocotepeque? ¿Quién pudo llevarlo hasta allá? Dio instrucciones para que lo trajeran a Tegucigalpa, sin tocar nada, y siguió entrevistando sospechosos. Tres personas más demostraron su inocencia y Enrique empezó a arrancarse los pelos de la cabeza de la desesperación.
EL CARRO. A primera hora de la mañana siguiente, una volqueta de Soptravi bajó el vehículo de la víctima en el parqueo de la DNIC. Un cerrajero lo abrió y Enrique, desvelado y de mal humor, empezó a presionar a los técnicos de Inspecciones Oculares. Cuando los muchachos tuvieron las primeras huellas, él mismo fue a Dactiloscopia. Antes del almuerzo tenía un nombre. Eugenio Corrales, el mismo nombre del sospechoso del Mayoreo. Enrique habló con el fiscal. Sin embargo, algo lo intrigaba. Las huellas se veían casi perfectas y los dedos del sospechoso estaban deformes y llenos de cayos. El fiscal notó un detalle que se había pasado por alto al detective: el Eugenio al que pertenecían las huellas tenía veintiséis años.
EL ASESINO. Enrique se frotaba las manos, sonreía y su voz chillona llenaba el ambiente. El anciano temblaba frente a él. Dijo que su hijo llevaba su mismo nombre, que tenía veintiséis años y que, desesperado porque estaban a punto de perder su único patrimonio, se había ido mojado a los Estados Unidos. "¿Cuándo?" -le preguntó Enrique, reprimiendo difícilmente su ansiedad-. "Hace cinco días -dijo el anciano-; el miércoles pasado". Enrique gritó de alegría. Estaba claro. El hijo era el asesino. Su padre debía cien mil lempiras, casi la mitad eran intereses, vendería el negocio y se quedaría en la calle. Si la prestamista desaparecía, la deuda se saldaba o al menos se atrasaría más el pago. Él pensaba trabajar en Estados Unidos para ayudar a su familia. Mataría a la mujer, ganaría tiempo, se iría del país, perdería la cabeza, le borraría las huellas digitales y, enterrando el cadáver, su crimen no sería descubierto. Sus padres no quedarían en la calle. Todo estaba planificado; llamó a la mujer, le dijo que él se hacía cargo de la deuda, que el sábado le entregaría una cantidad de dinero, ella fue a la cita, la secuestró y la mató. Guardo el vehículo, viajó en él hasta Ocotepeque, lo abandonó en el hotel y cruzó la frontera. Esa misma mañana, la policía de Ocotepeque le informó al detective que en el hotel estaba registrado un Eugenio Corrales Gómez, de veintiséis años, originario de Tegucigalpa. Enrique dio parte a INTERPOL. Veinte días después, Eugenio fue detenido por la policía de fronteras, a treinta kilómetros de Ciudad Juárez. Cinco días más tarde estaba en la parte de atrás de un doble cabina de la DNIC, en la frontera de Honduras con Guatemala, con las manos esposadas hacia atrás, encadenado de los pies y con la mirada perdida, flaco y demacrado. Actualmente está en la cárcel de varones de Támara, Francisco Morazán. Nunca dijo qué hizo con la cabeza de su víctima ni explicó por qué la enterró en la Montañita. Tal vez porque escuchó en alguna ocasión alguna historia de los ochentas. Solo él lo sabe. Es un reo modelo. Por la solución de este caso y el del "Asesinato en la habitación 14", a Enrique Ávila se le considera uno de los mejores detectives de Homicidios de Centroamérica, junto al H-3, Óscar Lobo y Walter Doblado, logros de la Escuela de Gonzalo Sánchez.