La explotación sexual comercial de menores es uno de los crímenes más asquerosos y repudiables que padece una sociedad; la publicación de EL HERALDO de esta semana desnuda una actividad inhumana tan perversa como difícil de erradicar, en la que al menos cincuenta mil inocentes en Centroamérica viven esclavizados por las mafias que ejercen casi impunemente este comercio maldito. Ver especial de explotación sexual.
Se dice que en Honduras entre diez y quince mil menores sirven al comercio sexual, sobre todo de turistas pervertidos y convictos, mientras un alto número de hondureños pagan grandes cantidades de dinero por satisfacer sus bestiales instintos con menores que van desde los seis hasta los diecisiete años.
Entre estos criminales se "cuentan hombres y mujeres de todas las esferas de la actividad pública" que se amparan en la pobreza de sus víctimas, en su dinero, muchas veces mal habido, y en el poder que les otorgan ciertos cargos relevantes, y lo peor es que este comercio inhumano no se detiene.
Se dice que genera quince mil millones de dólares anualmente en el mundo y que en Honduras se puede conseguir una niña virgen de doce años por tres mil dólares, un varón de esa misma edad por dos mil, y que el precio aumenta si la edad de las víctimas baja hasta llegar a los cinco o seis años.
Y la demanda va en aumento. Como dice Óscar Álvarez, "es hora de erradicar de una buena vez este crimen maldito de nuestra sociedad, y hay que poner a estos delincuentes inhumanos y bestiales en la cárcel, y hay que actuar ya. Y para los enfermos que pagan a los delincuentes, hay que endurecer las leyes y acabar de una vez con la impunidad. Eso también es parte de nuestro trabajo". Y como dice un lector de Carmilla Wyler "por eso es tan importante EL HERALDO".
Asdrúbal
Mario Asdrúbal Quiñones desapareció en La Ceiba en 1998, cuando el huracán Mitch trajo a Honduras el luto, el desastre y la desolación. Tres años antes documentó uno de los últimos casos criminales en que participó como investigador criminal, a pesar de la oposición de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC).
El caso, que tuvo poca publicidad, quedó en el archivo de Quiñones como una muestra más de que la perversidad humana es tan terrible y destructiva como un huracán, y que la posición social no es un muro contra las pasiones más bajas del ser humano.
Caso
Eran casi las nueve de la mañana cuando el General hizo la llamada al coronel Mendoza. Uno de sus mejores amigos acababa de contarle una historia terrible y quería que se tratara con la mayor discreción. Era un crimen de sangre imposible de describir y el amigo "no quería a los novatos de la DIC metiendo las narices en las cosas de su familia".
El General necesitaba que un hombre de confianza se encargara del caso, y el coronel Mendoza le propuso a Asdrúbal Quiñones.
Cuando Asdrúbal llegó a la casa quedó impresionado. Era lo más cercano a un palacio, el lujo era hasta ofensivo para un país lleno de pobres y el estilo de vida de sus dueños debía ser el típico de los ricos y famosos.
Los criados, de uniforme, estaban agrupados debajo de un kiosco, en el jardín, varios guardias privados parecían estatuas en sus puestos y al menos diez soldados, armados hasta los dientes, cuidaban la entrada.
El General en persona recibió al Capitán y le dio algunas instrucciones. A su lado estaba un hombre maduro, lleno de canas y arrugas, de ojos azules brillantes y ademanes nerviosos y hablar pausado.
Lo saludó con su mano arrugada y fría y algo parecido a una sonrisa se dibujó en sus labios descoloridos. Después supo que era tío de la víctima y que se trataba de uno de los hombres más ricos de Honduras.
Ella
Estaba tendida boca arriba, en su propia cama y debajo de un enorme charco de sangre que se iba secando poco a poco; su cuerpo largo y delgado formaba un arco que se mantenía en equilibrio por la espalda y la exagerada separación de las piernas; estaba desnuda y su piel blanca estaba casi transparente, tenía las manos amarradas a la espalda, las piernas separadas y las rodillas dobladas hacia atrás; el cordón dorado de las cortinas de su propio cuarto la habían inmovilizado y sus tobillos se tocaban con las manos, atadas con tantas vueltas y nudos que fue preciso cortar las amarras con un cuchillo.
Era una mujer madura, de unos cincuenta años, elegante, cuyos ojos claros veían al techo con la fijeza de la muerte, aterrorizados. La mordaza que le sellaba la boca era una funda blanca de su propia almohada y, a juzgar por la cantidad de sangre que había en la cama y sobre la alfombra, su muerte debió ser lenta y dolorosa.
La sangre que tenía entre las piernas era abundante y Asdrúbal sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho cuando vio lo que tenía enterrado en la vagina: Una varilla de hierro bañada en sangre. Sacó el pañuelo de una bolsa de atrás de su pantalón y la agarró con los dedos, luego empezó a sacarla, despacio. Tardó varios segundos. La varilla medía casi un metro de largo. Cuando salió por completo, un coágulo de sangre saltó de la vagina y un penetrante olor a heces le golpeó la nariz.
En su larga vida de policía había visto de todo pero aquello superaba al crimen más horroroso que podía recordar. Debió ser una muerte lenta y dolorosa e imaginaba que el asesino disfrutó cada segundo de sufrimiento y agonía. ¿Los motivos? El odio, el deseo de venganza. ¿Quién podría ser el criminal? Alguien cercano a ella, seguramente.
Teoría
El General había sido claro. Si podía averiguar algo en la escena del crimen debía decirlo en ese momento y bajo ese mismo techo. Nadie debía saber lo que había pasado en aquella casa. La mujer había muerto de causas naturales y debía guardar silencio absoluto sobre sus descubrimientos. Era una orden, y Asdrúbal fue entrenado para cumplir órdenes.
Sabía que el asesino era alguien cercano a la mujer, lo demostraba el hecho de que la puerta del dormitorio no tenía señales de violencia; además, estaba con llave cuando una de las criadas fue a llamar a la señora al ver que se tardaba demasiado en salir. La puerta de la sala estaba cerrada como siempre, el portón tampoco tenía señales de daños y el guardia que cuidaba el frente de la casa no notó nada anormal en toda la noche. Lo único que le extrañó es que la luz del cuarto de la señora estuvo encendida todo el tiempo pero creyó que tal vez ella no podía dormir y veía televisión. Tampoco vio a alguien extraño en la casa. La noche fue tan normal como todas. Esto bastó para que Asdrúbal Quiñones dedujera que el asesino era alguien conocido, que pudo entrar a la casa sin ser notado y que conocía muy bien el dormitorio principal. ¿Quién podría ser?
¿Un amante? Aunque era posible, nadie se atrevería a decir que la señora tuviera uno; además, si hubiera entrado a la casa el guardia lo hubiera visto, y por la parte de atrás, dos guardias más vigilaban con dos perros doberman y por allí hubiera sido imposible entrar. ¿Un ladrón? Imposible también. En la casa no faltaba nada, en el dormitorio todo estaba en orden, con excepción de las sábanas de la cama que estaban en desorden y llenas de sangre. ¿Un asesino a sueldo? Hubiera sido descubierto fácilmente y no había motivos para que alguien quisiera mandar a matar a la señora. ¿Entonces?
Sospechas
Asdrúbal tenía los posibles motivos: odio y venganza. La forma de muerte era única. La varilla de hierro le perforó la vagina y le destruyó varios órganos, provocándole una hemorragia mortal. El asesino sabía lo que hacía. Soltó los cordeles de las cortinas, atacó a su víctima tal vez mientras dormía, la amarró de las manos, la amordazó para que no gritara y luego le dobló las rodillas hacia atrás, amarrándole las manos a los tobillos; entonces la desnudó (el camisón de dormir estaba desgarrado a un lado de la cama) y entonces habló con ella. El gesto de terror en la cara de la mujer decía dos cosas: una, el miedo a una muerte terrible; dos, la impresión de conocer a su asesino.
¿Quién?
No se trataba de un amante, el esposo estaba de viaje, como casi siempre, los criados no tenían mucho qué decir, el odio movió al criminal y la mató por venganza, nadie entró a la fuerza a la casa, quien fuera, conocía bien cada rincón del lugar, ¿entonces?
Era hora de preguntarse qué pudo hacer en el pasado aquella mujer para merecer tanto odio y morir así. ¿A quién preguntarle? ¿A su tío? Este era más mudo que una piedra, además, tenía órdenes del General de averiguar lo que pudiera y dejar el secreto en la casa; solo le tocaba deducir algunas cosas, y tratar de hablar con el tío, a pesar de todo.
Salió al patio y habló con el guardia. Tal vez en la impresión del momento había olvidado algún detalle. Cuando regresó a la sala, le brillaban los ojos. Se acercó al General y le dijo: "Permiso para hablarle, mi General". El hombre le hizo un gesto con una mano y se retiró con él a un rincón.
"Mi General –le dijo–, creo que tengo una hipótesis. Dice el guardia que la hija de la señora, la única hija, una muchacha de unos veintinueve años, salió de la casa poco después de las diez de la noche. Las criadas dicen que las dos mujeres, madre e hija, cenaron juntas, a eso de las ocho, y se quedaron solas. La muchacha vive en Estados Unidos desde muy joven. Viajaba a Miami esta mañana temprano. El guardia la vio salir, en su propio vehículo. Dicen que cuando venía a Honduras casi nunca se hospedaba en esta casa. No saben donde se quedaba. Creo que la muchacha es la asesina".
En sus notas, Asdrúbal Quiñones dice que el General abrió los ojos más de lo normal, quiso decir algo pero se mordió la lengua, miró al tío de la muerta y bajó la cabeza. En ese momento le dio una orden: "Es suficiente –le dijo–; la investigación termina aquí. Gracias". Asdrúbal se cuadró, saludó con una mano en la frente, hizo chocar los tacones y dio media vuelta. No volvió a saber nada del caso, hasta dos años después, cuando el General estaba en retiro y él lo llamó para contarle una historia.
La historia
Hace muchos años, cuando la hija de la señora tenía quince años, se enamoró del cobrador de un bus urbano de la ruta Loarque-Lomas; cómo la conoció es algo que no supe nunca.
La muchacha quedó embarazada y la mamá la llevó a Estados Unidos para hacerle un aborto. Algo salió mal y la muchacha jamás pudo tener hijos. Se fue a vivir allá cuando cumplió diecisiete años.
Creo que se hizo ingeniera o algo así. No se casó nunca. Venía a Honduras una vez al año. Tal vez odió a su madre por eso. Tal vez tu teoría no estaba tan lejos de la verdad.
¿Has visto cómo se hace un aborto? Meten una varilla hueca por la vagina, creo que le dicen fístula, y con eso matan al feto y lo succionan hasta que sale deshecho, en pedazos.
Dicen que el feto abre la boca como si quisiera gritar pidiendo ayuda, pero es inútil. Cuando me dijiste que creías que la hija la había matado, supe por donde ibas y creí que ibas a llegar más lejos, y mi amigo sabía bien la historia.
En el aborto la muchacha perdió algo más que a su hijo, perdió la posibilidad de parir y de ser una mujer normal; usó drogas, estuvo en líos judiciales y creo que planificó su venganza de la misma forma en que a ella le quitaron dos vidas: la de su hijo y la suya. No andabas tan perdido cuando dijiste que ella era la asesina. Es muy posible que tengás razón.
