Miguel Ángel, el genio creador

Miguel Ángel Buonarroti, considerado junto con Leonardo Da Vinci, como las figuras más destacadas del Renacimiento
ElHeraldo.hn

Honduras

31.10.2009 - Nueva Acrópolis - infoSPAMFILTER@acropolishonduras.org

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Cómo vencer los efectos devastadores del tiempo, la amenaza latente del olvido? La respuesta reside en el afán del artista por ser inmortal. Así de simple. Y así de complejo. No importa el tiempo, ni la pertenencia a un género.

La obra artística no es efímera si sigue conmoviendo, si emociona. Miguel Ángel ejemplifica, total y cabalmente, ese deseo de inmortalidad. Sus obras son imperecederas por una razón esencial: porque son bellas. Y es que la belleza no entiende de modas, es permanente y, por eso, continúa siendo una fuente de inspiración.

Pocas personas en la historia de la humanidad han contribuido de la forma en que Miguel Ángel Buonarroti lo ha hecho, considerándose junto con Leonardo Da Vinci como las figuras más destacadas del Renacimiento. Nacido en el pequeño pueblo de Caprese a finales del invierno de 1475, Miguel Ángel se destacó por ser un artista excepcional cuya figura rebasa ampliamente los paradigmas ordinarios. En su faceta de arquitecto, escultor, pintor y poeta tuvo gran beligerancia, tanto con sus contemporáneos como en todo el arte occidental, posterior a su época.

PRIMEROS PASOS. En 1483, el padre de Miguel Ángel, Ludovico Buonarroti, oficial florentino al servicio de la familia Médicis, colocó a su hijo de 13 años de edad, en el taller del pintor Doménico Ghirlandaio, donde aprendió pintura y desarrolló sus primeros frescos.

Dos años después, el artista se sintió atraído por las esculturas del jardín de San Marcos, lugar al que acudía con frecuencia para estudiar las esculturas antiguas de la colección de Lorenzo de Médicis, jefe de la república florentina, que le abrió las puertas del palacio que le permitió desarrollar sus primeras obras en relieve, "Combate de los lapitas y los centauros" y la "Virgen de la escalera.

Tras la muerte de Lorenzo de Medicis en 1492, Carlos VIII aprovecha para desterrar al resto de la familia de Florencia lo cual influyó para que Miguel Ángel se mudara a Bolonia donde talló entre 1494 y 1495 tres estatuas para la iglesia de Santo Domingo. En 1495 regresó a Florencia y esculpió "El descendimiento" y la "Virgen de Manchester". Años más tarde, Miguel Ángel viajó a Roma para estudiar las estatuas del caído Imperio Romano que por entonces, se estaban descubriendo.

Poco después realizó su primera obra a gran escala, y uno de los pocos ejemplos de tema pagano, en vez de cristiano, realizados por Buonarroti. A los 25 años Miguel Ángel esculpió para el Vaticano una de sus más destacadas obras; "La Piedad", caracterizada por ser una exquisita obra tallada en mármol que se destaca por ser su gran belleza y de un acabado impecable que refleja la fineza de la técnica del Florentino.

Tras una estancia de cinco años en Roma, regresa a su amada Florencia, donde intensificó sus trabajos con el cincel y debido a la fama obtenida por los trabajos hechos en el Vaticano recibió diversos encargos, entre ellos el de la Academia de Florencia; "El David", obra que representa el punto culminante del estilo de juventud de Miguel.

Su estancia en Florencia es corta, ya que en 1505, cuando trabajaba en una obra para el Palazzo Vecchio, el papa Julio II lo llamó a Roma para que esculpiera su mausoleo en la basílica de San Pedro que en ese tiempo construía Donato Bramante.

GRANDES OBRAS. Concebida originalmente como la más magnífica y grandiosa obra de toda la cristiandad de la época, el desafío de la tumba de Julio II despertó gran entusiasmo en Miguel Ángel, que pasó varios meses en las canteras de Carrara para obtener el mármol necesario.

La escasez de dinero, sin embargo, llevó al Papa a ordenar a Miguel Ángel que abandonara el proyecto de mausoleo para emprender la decoración del techo de la Capilla Sixtina. Años más tarde, el artista retomó el trabajo de la tumba del Papa Julio II, sin embargo la rediseñó a una escala mucho menor pues el diseño original incluida la talla de cerca de 40 estatuas, de las cuales, Miguel Ángel destinó algunas de sus mejores esculturas entre ellas "El Moisés" figura central de la nueva tumba.

Inicialmente Miguel Ángel se resistió a aceptar la encomienda del Papa de pintar el techo de la Capilla Sixtina, pues que se consideraba primordialmente un escultor y dudaba de sus habilidades pictográficas, sin embargo accedió a realizar el trabajo que a la postre se convertiría en su creación más sublime.

En ella plasma la grandiosidad del relato bíblico por medio de un espacio arquitectónico fingido, dividiendo el espacio con lunetos y pechinas donde sitúa las escenas del libro del Génesis, junto con figuras de adivinos y profetas que significan la integración del mundo pagano y del cristiano, además de pasajes de los antepasados de Cristo. Técnicamente utiliza la pintura al fresco con un marcado dominio del dibujo y gama cromática uniforme, destacando el desnudo y el carácter volumétrico de las figuras.

A lo largo de su vida de casi 90 años talló infinidad de esculturas dejando inconclusas varias estatuas las cuales actualmente se consideran entre sus realizaciones más admiradas, pues permiten apreciar su técnica y confirmando lo que Miguel Ángel solía expresar para subrayar que la estatua ya existía dentro del mármol y bastaba únicamente liberarla: "Con el toque del cincel la piedra cruda y fría se convierte en un molde viviente. Cuanto más se gasta el mármol, más crece la estatua".

Entre 1538 y 1539 se le encomendó a Miguel Ángel las obras de remodelación de los edificios en torno a la Plaza del Capitolio ubicado en el corazón político y social de la ciudad de Roma. El florentino concibió el Capitolio como un espacio ovalado, y en su centro colocó la antigua estatua ecuestre en bronce del augusto emperador Marco Aurelio. En torno a ella dispuso el Palacio de los Conservadores y el Museo Capitolino, así como también el Palacio del Senado, dando al conjunto una nueva uniformidad constructiva acorde con la monumentalidad propia de la antigua Roma.

En 1513 regresa a Florencia, donde residirá ahora por largo tiempo para realizar obras de arquitectura y escultura: tumba y fachada de San Lorenzo, obra que le dio muchos dolores de cabeza y que, por último, no se realizó. Para la tumba de Giuliano de Médicis, Miguel Ángel esculpió las estatuas del Día y la Noche que simbolizan el curso del tiempo, la aurora y el crepúsculo, que indudablemente son una de sus mejores creaciones, seguramente el artista dedicó mayor empeño en agradecimiento a la familia que estimuló sus cualidades artísticas. Para estos sepulcros también realiza los retratos de Juliano de Médicis "il divino" y Lorenzo de Médicis "il pensieroso", duques respectivamente de Nemours y de Urbino situándolos por encima de las figuras alegóricas, como símbolo de triunfo sobre la muerte.

El artista proyectó para San Lorenzo dos obras magistrales: la Biblioteca Laurenciana y la capilla Medicea o Sacristía Nueva, donde hace una unión entre estructura y decoración, nueva y original, tratando todo el interior plásticamente a modo de escultura. Esta obra no se terminó hasta después de su muerte. En 1534 abandonó Florencia definitivamente y se instaló en Roma, donde es nombrado arquitecto, escultor y pintor de los Palacios Vaticanos por el Papa Paulo III.

Hasta el año de 1541 Miguel Ángel se dedicó a pintar en la pared del altar de la Capilla Sixtina el fresco de El Juicio Final. Adicionalmente el Papa le encarga que termine la Basílica de San Pedro iniciada por Bramante. Miguel Ángel introduce reformas en el diseño original superándolo por medio de cambios entre los cuales el más importante es incorporación de la cúpula la cual se convirtió no solo en símbolo del Vaticano y de Roma, sino de toda la cristiandad, empresa que dirigió hasta 1564 año de su deceso.

Hacia 1536 conoció a Vittoria Colonna, que sería su musa y su amor platónico, reflejado en los poemas escritos por el artista hasta la muerte de ella en 1557. Al mismo tiempo que realizaba sus labores arquitectónicas en la Sixtina, pinta los murales de la capilla Paulina de los palacios vaticanos, dedicados a la conversión de San Pablo y el martirio de San Pedro, ambas con riqueza de movimientos y gestos.

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“La Creación”, en la Capilla Sixtina.
“La Creación”, en la Capilla Sixtina.

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