¿Y ahora qué, Dilma?

Rousseff recibió a Brasil en un momento sin precedentes en términos de crecimiento y estabilidad económica. Pero no podrá aplicar las recetas de Lula pasivamente
ElHeraldo.hn

Brasil

01.01.2011 - Revista AméricaEconomía - siempreSPAMFILTER@elheraldo.hn

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currió en cosa de minutos. El llanto de la presidenta electa de Brasil mientras se dirigía al Directorio Nacional del Partido de los Trabajadores (PT), una semana después de los comicios, se transformó en imagen recurrente de los noticiarios nacionales.

¿De dónde sacó lágrimas esta mujer, reconocida como dura por sus cercanos y poco carismática por las masas, para transmitir la emoción de suceder al presidente más popular de la historia brasileña reciente?

"Estoy llorona", reconoció, sacando una nueva sorpresa: un sentido del humor todavía desconocido para referirse a sus tres principales colaboradores de campaña: Antonio Palocci, diputado y ex ministro de Hacienda de Lula; José Eduardo Dutra, presidente del PT, y el diputado José Eduardo Cardozo. "Los tres cerditos", los llamó Dilma, arrancando sonoras carcajadas.

Las repercusiones de estas salidas de libreto reflejan la curiosidad de la mayoría de la población, incluyendo a su propio electorado, por la primera mujer que gobernará el país. Durante la campaña su figura despertó no pocas dudas, que iban desde sus preferencias gastronómicas hasta las chapas que utilizó durante la dictadura militar. Nacida en Minas Gerais, hija de padre búlgaro y madre carioca, Dilma adhirió a la lucha armada y se transformó en Luiza, Wanda, Estela, Marina, María y Lucía. Desde esta época clandestina arrastra el infaltable "compañeros y compañeras" para iniciar cualquier discurso público.

En 1970 fue detenida y torturada; siete años después se graduó en Economía en Río Grande do Sul, estado donde comenzó su carrera política y donde se destacó como secretaria del tesoro y secretaria de minas, energía y comunicaciones. De allí saltó para hacerse cargo de la misma cartera, pero a nivel federal, y luego asumir la secretaría general de la presidencia. Lula la mantuvo en el cargo durante su segundo gobierno y terminó eligiéndola como sucesora, a pesar de su impopularidad y del anuncio, en abril de 2009, de que padecía un cáncer del sistema linfático.

"Es difícil saber cómo será cuando asuma el puesto de Lula", dice un funcionario del palacio presidencial del Planalto, que solicitó reserva para su nombre. "Se sabe que si uno quiere hablar con ella, es bueno ser objetivo, hablar rápido y saber de antemano lo que se quiere decir", afirma, recalcando la rigurosa preparación técnica de la futura mandataria y su falta de paciencia con las conversaciones sin sustancia.

El hecho es que Dilma realmente quiere saber el terreno que pisa. Después de su primer viaje al extranjero como presidenta electa (para asistir a la reunión del G-20 en Corea del Sur), inmediatamente se estableció en Brasilia con su equipo de transición en una ronda frenética de reuniones, dejando el mercado en ascuas respecto de los nombres de su futuro gabinete. Es la primera señal del sello que desea darle a su gestión. Su reto más inmediato es demostrar capacidad política y administrativa para heredar las bendiciones del gobierno de Lula sin esconderse bajo su sombra.

La nueva clase media.

No se puede negar que el legado que le deja Lula vale oro: prudencia macroeconómica con control de la inflación y una clase media de 94 millones de personas, consolidada gracias a una política de fuerte gasto fiscal, que duplicó el salario mínimo en 10 años e impulsó uno de los programas de transferencia de renta más celebrados en los últimos años: la bolsa Familia.

Según datos del Centro de Políticas Sociales de la Fundación Getúlio Vargas (FGV), 20 millones de personas dejaron la pobreza durante los dos gobiernos de Lula, mientras que 29 millones se sumaron a la clase media y 6.5 millones, a los estratos alto y medio-alto.

Y este flamante mercado interno mantuvo a las empresas trabajando en medio de la crisis financiera global. De hecho, entre enero y octubre de 2010 se crearon 2.4 millones de empleos formales. "Esa clase C corresponde al 50% de la población, que puede decidir por sí misma cualquier pleito electoral, y concentra el 46.2% del poder adquisitivo de los brasileños", dice el economista Marcelo Neri, de la FGV, en el estudio "La nueva clase media: el lado brillante de los pobres".

Y mientras Dilma calienta motores para la toma de mando, los brasileños seguirán programando aún más el mercado, gracias a la inyección de $ 61 mil millones por el décimo tercer sueldo (aguinaldo) que dispondrán los empleados para Navidad.

Eso sin contar con el sector informal. "Es una expectativa de crecimiento sin precedentes en la historia del país, pues logró impulsar el mercado sin aumentar la desigualdad", dice Marcel Solimeo, director de comercio de la Asociación de Comercio de São Paulo.

Sin embargo, hay voces en el mercado que advierten sobre los riesgos de mantener este modelo, personificado en la figura de Lula y basado en un alto nivel de asistencialismo. Lula escogió a Dilma como su brazo derecho en un momento que el periodista Merval Pereira, del diario O Globo, define como el más populista y con más inclinaciones autoritarias del presidente.

¿Qué rol le cabrá a Lula durante el gobierno de su heredera política? En el lanzamiento de su libro "El lulismo en el poder", en septiembre, Merval declaró que el grado de protagonismo del presidente durante el mandato de Dilma dependería de la solidaridad que ésta le demuestre.

Si Dilma quiere continuar el sello lulista, tendrá que mantener una fórmula basada en un elevado gasto social, mayores impuestos y bajo nivel de ahorro doméstico, aspectos preocupantes para un país cuya industria tiene que demostrar su competitividad interna y externa, en un contexto de fortalecimiento de la moneda. ¿Cómo se financiarán las inversiones para corregir el déficit en infraestructura y poner a Brasil a la altura de sus pretensiones?

Crece el fisco, se achica la industria. "La primera señal que dio Dilma fue que mantendrá el modelo", dice el economista jefe de un banco brasileño, que no quiso identificarse, refiriéndose a la confirmación de Guido Mantega como ministro de Economía, tal como quería el mandatario. ¿Lo esperaba el mercado? Para Jankiel Santos, economista jefe de Banco Espírito Santo Investimento, el escenario post Lula no implicará modificaciones importantes del rumbo. "Hay poco espacio en el plan macro para grandes cambios. Los partidos políticos se han dado cuenta de que controlar la inflación es la base de apoyo del gobierno", dice. "Lo que puede haber son matices de postura, más o menos agresiva, en relación al control del gasto público", añade.

Sin embargo, a pesar de que las proyecciones para 2011 son favorables, la receta comienza a mostrar sus contraindicaciones: la apreciación de la moneda y el cambio de signo en la balanza comercial brasileña significó que incluso el Ministerio de Fomento encendiese la alarma sobre el riesgo de una desindustrialización del país, algo que golpea duro en el nacionalismo económico brasileño. Si en un primer momento el aumento de las importaciones de bienes durables ayudó a atender la demanda de los consumidores y contener las presiones inflacionarias, en estos momentos ya hay preocupación.

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