Un motivo demasiado estúpido

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres
ElHeraldo.hn

Honduras

02.05.2009 - CarmiLLa Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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En la Penitenciaría Nacional de Varones envejece un hombre que, a pesar de que aún no cumple los cincuenta años, las canas y las arrugas prematuras le han envejecido el alma a fuerza del sufrimiento, las penas y los remordimientos. Es un hombre solitario, vive en la cárcel desde hace diez años y lo rodea un silencio que magnífica la tristeza permanente que se nota en su rostro marchito y descolorido. Y aún le faltan dieciséis años más para pagar su pena.

Aunque su vida es un infierno personal en el que él es el único condenado, ha aceptado su tragedia como producto de la peor y más estúpida de sus decisiones y, aunque el arrepentimiento sirve solo para reconocer que lo que tenemos es producto de nuestros actos, le ha servido también para darse cuenta que las pasiones desenfrenadas, el machismo vulgar y la impulsividad son ingredientes de una receta que acabó destruyendo su propia vida y la de los seres que más amaba. Pero ya es tarde y sabe que no podrá empezar de nuevo jamás. Su tiempo se acabó y la cárcel será su tumba.

UN CADÁVER. César Ruiz es un hombre común, aunque difícilmente pasa desapercibido. Es delgado en extremo, peina muchas canas a pesar de sus treinta y seis años y es hiperactivo, siempre tratando de hacerlo todo, aunque no siempre todo le salga bien; sus cuatro hijas le quitan el sueño, convencido como está que criar niñas es como cuidar plantas en huerto ajeno, y su trabajo en la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC), es una responsabilidad que casi lo ha convertido en sonámbulo. Su cargo de detective es su segunda pasión, después de Elvia, y en los archivos de la DNIC se guardan algunos de los casos que lo convirtieron en uno de los mejores investigadores de Homicidios de la vieja escuela. Este es uno de ellos y sucedió hace diez años, en uno de esos barrios olvidados de Juticalpa, Olancho, una fría y pesada mañana de abril.

El cadáver de un hombre estaba tendido de espaldas en una esquina del campo de fútbol; tenía las manos amarradas hacia atrás con cuerdas de nylon y los tobillos con alambre de amarre, la camisa estaba desgarrada, no tenía zapatos y el pantalón estaba desabrochado, con el zíper abajo y la faja asegurada en uno de los primeros agujeros; tenía la boca extremadamente abierta, una mordaza de tela roja le cubría los labios y mostraba las puntas afiladas de una piedra que le habían metido a la fuerza casi hasta la garganta. Lo habían golpeado mucho antes de matarlo, el rostro estaba irreconocible y las heridas en el abdomen y en el pecho eran casi incontables. Aunque había sangrado mucho, estaba claro que la herida que lo había matado era la que tenía justo encima de la tetilla izquierda. Era una herida grotesca, deforme, como si hubieran hundido allí el cuchillo varias veces, casi hasta deshacer el corazón. Los golpes en el rostro eran horribles. A primera vista se veían las marcas de unos puños, sin embargo, eran más las heridas producidas con piedras, casi hasta deformarlo por completo. Tenía los ojos abiertos en una ranura delgada por la que miraban al cielo gris ya sin vida.

EL DETECTIVE. Cuando César llegó a la escena del crimen, las hormigas y las moscas hacían fiesta sobre el cadáver; según el forense, tenía más de seis horas de muerto y, según sus cálculos, había sido asesinado alrededor de la medianoche. A pesar de lo destrozado que tenía el rostro, algunos curiosos se atrevieron a ponerle un nombre. La policía llevó a una mujer a la escena del crimen y ésta no tardó en reconocer a su esposo. Se llamaba José, tenía cuarenta y siete años, era vendedor de gas y no le conocía ningún enemigo. César ordenó que aislaran la escena y empezó su trabajo.

Casos como aquel eran poco comunes en una ciudad relativamente tranquila y lo grotesco del crimen era ya un indicio que había que seguir para encontrar los motivos. César empezó analizando los golpes. Eran demasiados y dados con tanta fuerza que era lógico suponer que el asesino odiaba a su víctima. Solo el odio justificaba tanta violencia; la tortura había sido un castigo preliminar a la muerte y el asesino disfrutó dañando a su enemigo.

Era la primera pista. ¿Quién podía odiar tanto a José como para hacerle tanto daño antes de darle muerte?

Su esposa no pudo decir nada. José era su hombre desde hacía veinte años, tenían cuatro hijos, era trabajador y, a pesar de los problemas comunes en un hogar, fue siempre un buen marido. Lo vio por última vez la mañana del día anterior, cuando salió en su pick up a vender gas kerosene de barrio en barrio y de aldea en aldea, como hacía todos los días. No le extrañó que no regresara a su casa esa noche porque a veces viajaba a pueblos retirados de Juticalpa y casi siempre le iba bien. Para ella era inexplicable que alguien le hubiera quitado la vida y por qué, si no se metía con nadie.

Aunque César no logró mucho con ella, empezó a crear una hipótesis que le sirviera de base para resolver el caso.

Cuando dos de sus compañeros le dijeron que habían encontrado el pick up de José en una calle solitaria, cercana a la salida a Catacamas, supo que el móvil del crimen no había sido el robo. El dinero de la venta estaba en una mariconera de cuero en la guantera del carro, el reloj de puño estaba en uno de los asientos y su billetera estaba en el piso del lado del pasajero. José había sido asesinado por venganza.

EL ANÁLISIS. El vehículo estaba casi a tres kilómetros de la escena del crimen, no tenía huellas digitales y lo habían estacionado perfectamente cerca de una cuneta de tierra. El asesino solo quería a José. Era posible que lo hubiera abordado en algún lugar de Juticalpa, tal vez cuando José venía de alguna aldea cercana, en algún momento lo amenazó con un arma, lo secuestró y lo retuvo hasta que se hizo de noche, luego lo torturó y terminó asesinándolo; pero la pregunta que había que contestar para seguir adelante con la investigación era ¿por qué? ¿Qué pudo hacer José en su pasado que fuera tan grave como para ganarse un enemigo tan cruel? Nadie recordaba a José como un hombre problemático o pendenciero, jamás tuvo problemas con la Policía y nadie le conoció un enemigo jamás.

Para César, su muerte fue producto de una venganza, el odio era terrible y el asesino era extremadamente cruel. ¿Qué daño pudo hacerle José para merecer todo aquello? ¿Le robó algo a alguien? ¿Pertenecía a alguna banda criminal que terminó ajustándole las cuentas? ¿Tenía José algunos secretos que terminaron llevándolo a la tumba antes de tiempo?

Ninguna de estas preguntas parecía tener respuestas en la escena del crimen, aunque el detalle de la violencia extrema, del odio manifiesto en cada herida y en cada golpe y el hecho de que no tuviera enemigos conocidos apuntaban en una sola dirección: se trataba de un crimen pasional. Pero José era un hombre fiel, su mujer podría jurarlo; jamás tuvo quejas de él, aunque se dijeron algunas cosas en su juventud, sin embargo, no era nada importante y ella jamás desconfió de él. Su marido no podía tener una amante. Su tiempo libre siempre era para su familia.

El detective no estaba conforme. Tenía una teoría y empezó a confirmarla cuando el forense le dijo que José tenía golpes en los genitales. Entonces César recordó el pantalón desabrochado, con el zíper abajo y la faja asegurada en el primer agujero. El forense le dijo que el calzoncillo de la víctima estaba bajado hasta media pierna y que los golpes en los genitales, aunque no eran muchos, podían confirmar su teoría de crimen pasional. César sonrió. El asesino era un esposo engañado, ahora estaba seguro, a pesar de que la viuda dijera que José jamás le hubiera sido infiel.

EVIDENCIAS. La escena del crimen estaba al final del campo de fútbol, sobre hierba y tierra seca, bajo las ramas frondosas de varias acacias; era un lugar solitario al final de una calle polvorienta y poco transitada. Estaba claro que el asesino sabía lo que hacía desde el momento en que secuestró a José. Había planificado su muerte desde hacía algún tiempo, tenía elegido el lugar donde lo mataría y, llegado el día, actuó siguiendo su plan a cada paso.

La sonrisa de César era todo dientes, esos dientes blancos y enormes que muestran mucho del entusiasmo y la sinceridad del detective. Era también una muestra de que aquel detalle era el segundo error del asesino. El primero era la violencia y la crueldad con que cometió su crimen. Era fácil deducir que el criminal conocía el lugar muy bien, tal vez jugaba fútbol en aquel campo y, quizás, vivía muy cerca. Aunque no eligió aquel lugar por comodidad, el detective estaba seguro de que lo eligió para darle una lección a alguien, y ese alguien no podía ser nadie más que la mujer que, posiblemente, lo estuviera engañando. Localizarlo no sería difícil.

César pidió ayuda a la Policía, consiguió un mapa de la ciudad y encerró en un círculo los barrios más cercanos a la escena del crimen. Aunque tenía la esperanza de que el criminal estuviera cerca, quería abarcar un área geográfica más amplia.

El investigador dijo que debían buscar a un hombre alto, que calzara zapatos burros, vistiera ropa deportiva, fuera delgado, posiblemente blanco, aunque curtido por el sol, y que se notara ansioso, irritable o pensativo. Ese era el asesino. ¿Que por qué daba aquellas descripciones? Porque el cadáver estaba sin zapatos y cerca de él había varias huellas anchas y largas, parecidas a las plantillas de ese tipo de zapatos de trabajo; además, eran grandes, tal vez del número cuarenta y dos, y ese tamaño de zapato lo usa solamente un hombre de elevada estatura; como no se había hundido mucho en la tierra, a pesar de que la humedecía la sangre, debía ser un hombre delgado, no muy pesado, aunque sí era fuerte.

¿Por qué suponía que era de piel blanca? Primero, porque los hombres con aquellas características son raros entre gente de piel trigueña, y menos en esa zona, y los hombres de raza negra son muy escasos allí, además, los asesinos de esta raza dejan algunas señas muy especiales cuando cometen un crimen, lo que los diferencia de los demás. Debía buscar a un hombre blanco. Era lógico que estuviera inestable emocionalmente y a los detectives no les sería difícil reconocerlo. ¿Y si hubiera huido? César volvió a sonreír. Dijo que hasta esa hora, diez de la mañana, no tenían ningún reporte de otro asesinato. El criminal estaba despechado pero, por alguna razón, no había asesinado a su mujer también, lo que lo hacía suponer que el hombre estaba en su casa, era domingo, no habría actividad esa mañana en el campo y, si él jugaba fútbol allí, como estaba seguro el detective, él sabría bien que después del crimen, el mejor lugar para estar era su casa. Aunque aquello sonaba muy novelesco, los detectives invadieron las calles cercanas al campo.

EUREKA. Antes de las doce de la mañana, uno de los compañeros de César lo llamó por el radiocomunicador. Le dijo que estaba en una casa, a tres cuadras del campo, que un hombre con las características que buscaban se había encerrado en el cuarto después de recibirlos agresivamente, que una mujer blanca, gorda y nerviosa había cerrado la puerta a una orden de él y que se habían escuchado algunos gritos en el interior. Por precaución ordenó que rodearan la casa, mientras él llegaba.

El hombre volvió a abrir la puerta, esta vez con el ceño fruncido y furioso. César le enseñó la placa y él pareció calmarse cuando vio que los policías lo tenían rodeado. Una mirada le bastó a César para saber que los burros del hombre acababan de ser lavados con agua y jabón, le pidió que le mostrara las manos, y él lo hizo a regañadientes. Tenía heridas pequeñas en los nudillos de la mano derecha, y parecían recientes, la uña del dedo índice estaba quebrada y la ansiedad lo traicionaba. César retrocedió dos pasos, sacó su pistola de la cintura y la tomó con las dos manos. "Dése vuelta, señor -le dijo, apuntando el arma hacia el suelo-. Lo detengo por sospechas de asesinato. Tiene que acompañarnos". La mujer dio un grito, se acercó a su marido y lo abrazó, llorando. El bajó la cabeza, puso las manos en la espalda y sintió con pesar el frío del acero cuando las esposas se cerraron en sus muñecas. Había envejecido de pronto, tenía los ojos vidriosos y no dijo ni una palabra.

EL MOTIVO. Una semana después, el fiscal del Ministerio Público tenía en sus manos un informe del Laboratorio de Marcas y Patrones de la DNIC. Las huellas encontradas en la escena del crimen pertenecían a los zapatos del detenido. Además, encontraron restos de sangre en la plantilla y coincidió con la sangre de la víctima. El fiscal esperó la confesión.

Yo quiero a mi mujer -dijo el hombre-, la quise desde que éramos niños. Cuando nos casamos ella ya era mujer y yo siempre llevé eso en la mente. No sé por qué. Nos casamos hace quince años y hasta hace poco me atreví a hacerle algunas preguntas. Ella me dijo que cuando tenía dieciséis años le gustó un hombre, que él la llevó a un lugar y la hizo mujer a la fuerza. Ella no quería. Yo odié a ese hombre por eso y desde ese día ya no pude vivir en paz. Jamás lo había visto en mi vida, aunque vivía en mi misma ciudad. Ella me dijo que siempre había vendido gas, le pregunté el nombre, lo busqué, lo seguí varias veces y lo hice. No sé por qué, pero me desgracié la vida. Me gustaría saber cómo me descubrieron". César volvió a enseñar los dientes en una sonrisa, esta era de satisfacción.

EL REO. Es un hombre triste, sonríe poco y habla menos. Quiso que su caso fuera conocido y está seguro de que está en prisión por un motivo demasiado estúpido. Su esposa dejó de visitarlo hace dos años y no sabe nada de ella ni de sus hijos. Intentó escapar hace ocho años y eso agravó su pena. En realidad, destruyó su vida por un motivo demasiado estúpido.

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