El niño desaparecido

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres y ocultado algunos detalles
ElHeraldo.hn

Honduras

02.10.2011 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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LA ESCENA. La mujer estaba histérica, a pesar de la inyección que supuestamente iba a tranquilizarla. Sus gritos se oían por todos lados y estremecían los corazones de los vecinos que se habían acercado a su casa para consolarla.

Los motorizados que llegaron a la escena no podían hacer mucho y esperaban a que vinieran los detectives de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) y los agentes del Grupo Especial Antisecuestros (GEAS). Mientras tanto, todo era un caos en la casa. Frente a los gritos de la mujer, las lágrimas y la desesperación de su esposo que no paraba de hacer llamadas.

Era un hombre alto, de unos cuarenta años, delgado y de buena apariencia. Estaba pálido, sudaba a mares y en sus ojos se veían la angustia y el terror que lo consumían. En el dormitorio principal, su mujer seguía llorando, llamando a gritos a la Policía, maldiciendo a los guardias de la colonia y reclamándole a Dios con numerosas blasfemias. Seguramente Dios no la escuchaba. Aquellas palabras salían de un corazón destrozado, y esto la hacía inimputable de pecado.

EL NIÑO. Eran las seis de la tarde, había oscurecido y empezaba a sentirse la típica calma de la noche, interrumpida a veces por los motores de los vehículos, los ladridos de los perros y uno que otro grillo solitario.

La mujer estaba en la cocina. Ella siempre hacía la cena porque a su esposo le gustaba que ella le cocinara. Una sirvienta le ayudaba mientras la otra jugaba con el niño de siete meses que se negaba a dormirse y que se agitaba inquieto en sus brazos.

La madre dejaba la cocina de vez en cuando y venía a ver a su hijo, y el solo hecho de verlo le iluminaba los ojos y le encendía el corazón. Tenía treinta y tres años de edad y ocho de casada, y en todo ese tiempo no pudo concebir. Pero se hizo el milagro y ahora era madre, y nada en el mundo era más maravilloso que eso. Por desgracia, ya no podría tener más niños y se consoló con aquel regalo de Dios.

EL CASO. Pero ahora lloraba y sus lágrimas no tenían fin. Eran las seis y minutos cuando escucharon que un carro se detenía frente a la puerta de la casa. Estaban esperando al esposo y les extrañó que sonara el timbre. Quizás él tendría que salir de nuevo. La sirvienta que estaba con la señora en la cocina fue a abrir. A la mujer se le heló la sangre en las venas cuando la muchacha gritó. Justo en el momento en que se asomó a la sala, tres hombres encapuchados aparecieron ante ella con pistolas automáticas en las manos. Uno de ellos se abalanzó contra la muchacha que jugaba con el bebé, otro se acercó a ella y la golpeó con la cacha de la pistola en la cabeza. Cuando despertó, un minuto después, el niño había desaparecido. Los hombres se habían esfumado, como en una pesadilla, y ella empezó a gritar llamando a su hijo. Era el inicio de su tragedia.

EL GEAS.

La voz del agente era fría, sin embargo era suave y tranquilizadora.

"A bienes raíces".

"¿Ha realizado alguna buena venta en los últimos días?"

"No, en realidad no. El negocio ha estado muy mal este año…"

"¿Tiene enemigos usted, señor?"

"No, señor; no que yo sepa…"

"¿Está seguro?"

"Sí, claro".

"Voy a decirle algo. Según la dinámica del delito, los delincuentes sabían lo que buscaban. La operación no duró ni treinta segundos, si los datos que nos han dado las mujeres son ciertos. Y no los ponemos en duda, por supuesto".

El hombre guardó silencio y se limpió las lágrimas con el pañuelo empapado.

"¿Despidió a algún empleado en los últimos meses?"

"No, a ninguno. Somos pocos pero somos los mismo desde hace años".

"¿Tuvo alguna discusión o algún problema con alguno?"

"No, señor".

"¿Recuerda a algún cliente insatisfecho?"

"No, señor".

"Bien. Los delincuentes tocaron el timbre, las mujeres creyeron que era usted, aunque usted siempre abre el portón con su control remoto desde el vehículo, entraron, golpearon a la primera muchacha, se abalanzaron sobre la que tenía el niño en sus brazos y uno de ellos golpeó a su esposa. Sabían lo que hacían. Planificaron el rapto del niño y, lo ejecutaron al pie de la letra".

"¿Qué van a hacer ustedes?"

"Por lo pronto, esperar los resultados del cierre de ciudad y los operativos. Mi General nos ordenó ayudarle en todo y eso estamos haciendo. Sin embargo, no podemos decir todavía que se trata de un secuestro porque hasta este momento los delincuentes no se han comunicado con ustedes para pedir rescate".

"Pero está claro que se trata de un secuestro…"

"A primera vista, sí; pero debemos esperar a que ellos se comuniquen".

LA NOCHE. Esa fue la noche más larga en la vida de aquella pareja. A las siete de la mañana, una ambulancia llevó a la mujer de emergencia. Se había tomado más de cuarenta pastillas y agonizaba. El hombre estaba tirado en un sillón, con la vista fija en ningún lado, como muerto en vida. Los agentes del GEAS y de la DNIC seguían esperando. Pero esperaron en vano. Los delincuentes no llamaron en todo el día. Tampoco llamaron en la noche y no lo hicieron en las veinticuatro horas siguientes. Una semana más tarde, nada se sabía de ellos.

"A veces actúan así -le dijo al hombre el agente del GEAS-; esperan a que las cosas se calmen, a que la Policía se retire o a que los padres de la víctima se desesperen…"

El hombre no dijo nada. A su lado, la mujer, pálida como un cadáver, delgada, con grandes ojeras y con el dolor derramándose por sus ojos, solo dejó escapar un largo y tristísimo suspiro. Ya no vivía, y no le importaba saber si respiraba o si su corazón latía. Las pastillas no hicieron su efecto, el lavado que le hicieron los médicos le salvó la vida pero solo para hundirla en el peor y más cruel de los martirios.EL TIEMPO. Un mes más tarde, la casa era un sepulcro. Retomar la rutina era imposible y, sin embargo, la vida tenía que seguir. Lo peor era el silencio. Los delincuentes no habían llamado todavía. Y tres meses después, seguían en silencio. Cuando el niño cumplió un año, la pareja se quedó en la casa, viéndose las caras, abrazando los juguetes, oliendo los perfumes del bebé, y llorando. Las sirvientas lloraban con ellos.

LOS AGENTES. Los enemigos gratuitos de la Policía, como el reconocido señor Bonilla, dicen que la investigación criminal en Honduras es deficiente y, aunque lo parece, los detectives trabajan y hacen su trabajo a pesar de las limitaciones, del escaso presupuesto, de la falta de personal y de la exagerada cantidad de casos que a diario cae en sus manos. También los agentes del GEAS cumplen como pueden con su deber. Y en este caso hicieron lo que pudieron.

Por desgracia, en los primeros cinco meses siguieron pistas falsas, allanaron casas de roba chicos reconocidos o señalados por informantes y visitaron cada orfanato del país, y nada. Al niño se lo había tragado la tierra.

LA IDEA. Una mañana, mientras tomaban la decisión de archivar el caso hasta no tener pistas concretas, a un detective de la DNIC se le ocurrió una idea.

"Este caso es realmente raro -dijo el detective-, se llevaron al niño, y ya está visto que era al niño lo que los delincuentes buscaban. Fueron por él, y desaparecieron. Hasta hoy no se han comunicado con la familia y nosotros no tenemos pistas, ni siquiera una. Y esto es raro también porque los secuestradores o roba chicos siempre dejan algo para nosotros, aunque no lo sepan, y ningún informador nos ha dicho si este o aquel grupo o esta o aquella banda son los responsables… Y nosotros, bien que mal, siempre tenemos pistas de estos delincuentes…"

"Eso es cierto… A menos que sean una banda nueva…"

"Aún así, aún siendo una banda nueva, más de alguna pista nos hubieran dejado, y los informantes algo hubieran escuchado…"

"¿Entonces?"

El detective de la DNIC guardó silencio. Le habían enseñado a formular mil hipótesis en torno a un caso, si fuera necesario, y las ideas se revolvían en su cabeza.

"Tenemos el qué: el rapto del niño; tenemos el cómo: la dinámica del crimen; nos falta el ‘¿por qué?’ y el ‘¿para qué?’… ¿Por qué? ¿Un simple secuestro? ¿El robo del niño para traficar con sus órganos? ¿Una venganza?..."

Hubo un instante de silencio. De pronto, uno de los agentes del GEAS saltó en su silla. "¿Y si se trata de una venganza?"

"Podría ser…"

"¿Contra quién?"

"Contra los padres, por supuesto… O contra el padre…"

"Él dice que no tiene enemigos…"

"Eso es lo que él dice… Quizás no sea cierto…"

"¿Qué hacemos?"

"Empecemos por investigar sus antecedentes…"

"Eso es…"

El detective de la DNIC sonrió.

ARCHIVO. La mujer, de grandes ojos oscuros, enormes pestañas postizas y generoso y pronunciado busto, escribió a la velocidad de la luz un nombre con sus dedos largos y afilados, terminados en curvadas uñas acrílicas pintadas de rosado y blanco. Luego pulsó "Enter" y esperó. La computadora se tardó unos segundos y, al final, proyectó en la pantalla una cara rodeada de muchas palabras y fechas.

"¡Bingo!" –Exclamaron los detectives–. Cómo que no estamos ante un inocente angelito".

LA HISTORIA. Elvin era más joven. Quince años atrás todavía era soltero, y de los más codiciados. Hijo de papá, ingeniero de profesión, políglota, bien parecido y con un brillante futuro. Pero una noche lanzó una sombra sobre sí mismo. Drogado y bebido de más, se lucía en su carro recién comprado, un deportivo que no solo costaba un ojo de la cara, sino también que era único en Honduras. Y con él llegó aquel viernes a visitar a su novia, con el estéreo a todo volumen y el motor rugiendo a tres mil revoluciones por minuto. Eran las nueve de la noche, una noche de luna llena, fresca y clara. Su novia lo esperaba ansiosa.

José Luis era un niño de apenas siete años. Su padre, uno de los guardias de la colonia, se lo llevó con él esa noche porque la madre acababa de parirle a su tercer retoño y José Luis era demasiado inquieto. Además, su turno terminaba el domingo en la mañana y aquello le gustaba al niño. Para no aburrirse, se llevó su bicicleta, un antiguo lío de tubos con ruedas que no tenía frenos, pero para él era su más grande posesión. Aunque no sabía que eso iba a llevarlo a la muerte.

LA TRAGEDIA. La cuesta era pronunciada. José Luis no la conocía y la bicicleta iba más rápido cada vez. Sus viejos tenis rotos no eran freno suficiente para detenerse y sintió miedo, sin embargo, no supo en qué momento se terminó su carrera. De repente escuchó un chillido fuerte e insistente, sintió un golpe en el pecho y cayó al suelo. En ese momento, Elvin salía de la casa de la mano de su novia y se alarmó que la alarma de su carro estuviera sonando. La apagó con el control remoto pero no tardó en darse cuenta qué era lo que la había activado. La bicicleta de José Luis estaba atorada en la llanta trasera derecha y un enorme y horroroso rayón cruzaba en línea horizontal toda la puerta. Elvin comprendió lo que había pasado y se encolerizó. José Luis se estaba enderezando sobre el concreto hidráulico de la calle cuando Elvin le dio la primera patada. El niño no gritó. Solamente pujó y soltó por la boca una espuma sanguinolenta. La segunda patada lo hizo desmayarse y ya no sintió ni la tercera ni la cuarta. El forense dijo que lo patearon más de diez veces, que le quebraron seis costillas, le perforaron el estómago, le deshicieron el hígado y le provocaron hemorragias internas. El guardia recogió a su hijo con el corazón en pedazos, y lo peor era que nadie le sabía decir qué era lo que había pasado. La acusación de un testigo no sirvió ante los jueces y el informe de la autopsia dijo que José Luis murió a causa de los golpes que se dio al caerse en su bicicleta. Lo que el forense había dicho la noche en que "abrió" el cadáver ya no tenía valor. Es más, no lo había dicho. Por supuesto que no era tan irresponsable.

LOS DETECTIVES. Las miradas iban y venían. Los detectives estaban en silencio. El nombre del guardia estaba en sus manos y una teoría rondaba en sus mentes. Lo buscaron en Tegucigalpa y no lo encontraron. Entonces viajaron a una remota aldea de Intibucá. Estaba más viejo, había perdido algunos dientes pero su mirada era de fiera. Sin embargo, era robusto, a pesar de su corta estatura, y en su sonrisa disimulaba bien la malicia.

"¿Ustedes creen?"

"Sí".

"¡Ah! ¿Y cómo fue que yo hice eso, señores?"

"Manuel Juárez fue acusado de matar a patadas a su hijo José Luis hace quince años, después que el niño le rayó el carro con su bicicleta…"

"¡Ah! ¿Para qué sacar a los muertos de sus tumbas, señor…?"

"Estamos buscando al niño de Manuel Juárez…"

"¡Ah! Qué bueno… Yo no quiero acordarme de nada, señor…"

"Entonces nos va a acompañar…"

"¡Ah! ¿Y por qué?"

"Para que nos conteste algunas preguntas".

"¿Y no es lo mismo que se las conteste aquí?"

"No, señor; no es lo mismo…"

"¡Ah! No es lo mismo… ¿Y cómo le van a hacer para llevarme?"

"Sencillo. Se va con nosotros hasta la carretera, se sube al carro, y nos vamos…"

"¿Y ustedes pueden llevarse gente de El Salvador?"

Los detectives se quedaron callados y se miraron unos a otros, intrigados.

"Vean -les dijo el exguardia-, allá está el mojón, entre esos árboles. La aldea de Intibucá está después de la carretera y este caserío es de El Salvador… O sea que aquí están ustedes ilegales…"

Los agentes se miraron una vez más y sonrieron. Casi se les sale una carcajada pero se contuvieron. Era cierto aquello que dicen que de dónde menos se espera salta la liebre.

FINAL. El niño sigue desaparecido. Se cree que el guardia y algunos amigos suyos lo raptaron, se lo llevaron para El Salvador y lo dieron en adopción o se lo llevaron a alguna familia de piel blanca, para que nadie se extrañara con el niño. Los detectives están seguros de que el niño está vivo. La DNIC le pidió ayuda a la Policía de El Salvador pero ¿bajó qué argumentos podrían molestar al guardia y a su familia? Hasta hoy, el misterio del niño desaparecido no ha sido resuelto, a pesar de las sospechas. Los padres han ido hasta la aldea del guardia varias veces, a rogarle que les ayude a encontrar al niño.

Él solo sonríe y los mira con esos ojos de fiera. La esposa, una campesina que aparenta más edad de la que tiene, se encerró en la cocina y no salió.

Dicen que lloraba.

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