Mientras surgen iniciativas por doquier, muchas veces sin buscar su complementariedad, América Latina aparece cada vez más dividida en dos grandes bloques políticos, uno situado en la izquierda bolivariana y, el otro, en las antípodas de la derecha liberal. Encontrar el equilibrio, tal como trata de hacer el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, es difícil y arriesgado, pues cada paso puede ser malinterpretado por el otro bloque.
Al mismo tiempo, Estados Unidos, tal como se ha revelado con la visita del presidente Barack Obama a Chile, El Salvador y Brasil, trata de encontrar su espacio, a medio camino entre la izquierda moderada que encarnan esos países y el centro político por el que apuestan sus principales aliados. Sin embargo, su fuerza y su potencia se desdibuja ante los innumerables escenarios de crisis a los que tiene hacer frente, como Libia, que se vino a unir a los no cerrados de Afganistán, Irak e Israel. A la confusión reinante, fruto de las divisiones políticas atizadas sobre todo desde el bloque “bolivariano”, se le viene a unir la sopa de letras que conforma el proceso de integración regional. Tenemos Unasur, Mercorsur, el Parlamento Andino, la Alba, el Sica, la CAN, el Parlacen, la AEC, el Caricom y, por si fuera poco, la OEA. Muchas iniciativas y propuestas para afianzar la integración, pero pocos resultados sobre el terreno.
En los últimos años, quizá desde la llegada de Hugo Chávez al gobierno de Venezuela hace ya casi doce años, la división política ha primado sobre las tentativas de afianzar las alianzas regionales. Por ejemplo, la intromisión de Chávez y la Alba en la política hondureña, al apoyar al presidente Manuel Zelaya en sus intentos por reelegirse ilegalmente y sentar régimen, bloquearon todas las iniciativas centroamericanas y causaron enormes estragos económicos a la región, dada la situación geoestratégica privilegiada de Honduras. Y también dividieron al continente en torno a la respuesta que se debía dar a la crisis.
Lo que se percibe, más allá de los huecos y pomposos nombres de las iniciativas ya en marcha, es una clara división política en dos bloques.
EE UU, PRINCIPAL SOCIO COMERCIAL. Sin embargo, al margen de la política, la realidad económica se impone. Estados Unidos es el principal socio de una buena parte de los países de América Latina, entre los que destacan Argentina, Colombia, Ecuador y Panamá.
Incluso Venezuela, debido a las ventas petroleras a lo que el régimen de Chávez denomina el “imperio”, es uno de los principales clientes de Estados Unidos, a donde van a parar, ni más ni menos, que 750,000 barriles diarios del petróleo venezolano. Ambos, pese a su teatral pulso, se necesitan y no parece que ninguno vaya a cometer el error de romper relaciones.
Luego hay otra realidad sobre el terreno, como es el importante peso que tienen las remesas enviadas por los inmigrantes en EE UU en las economías de estos países, pero especialmente en Colombia, Ecuador, Guatemala, Honduras y México. Se calcula que las remesas estadounidenses en el continente superan los 60,000 millones dólares; una cantidad nada desdeñable que va más allá del desinterés creciente por parte de la actual administración de EE UU por América Latina.
Fruto de este estado de cosas, el reciente viaje del presidente estadounidense Barack Obama fue decepcionante, ya que ni siquiera se habló de los tratados de libre comercio, como el de Colombia, que sigue pendiente, o del notable déficit democrático que padecen muchos países de la región, como la Venezuela chavista.
UNASUR, VOLUNTAD DE ACCIÓN POLÍTICA Y NECESIDAD EN UN MUNDO GLOBALIZADO. En cualquier caso, con el nacimiento de Unasur, que ahora preside la colombiana María Emma Mejía, el continente volvió a mostrar que busca vías e iniciativas autónomas a las auspiciadas por Washington en el pasado y que busca diferenciarse en el camino hacia la plena integración de los Estados Unidos.
El problema reside en que la percepción política en este proceso es radicalmente distinta entre los que se alinean claramente en el bloque bolivariano, como los países de la Alba, y los que están en unas posiciones de centro moderado e incluso izquierda no bolivariana, como podría ser el caso de Brasil. La división en dos bloques políticos claros no facilita las cosas. Luego está el asunto de Brasil, que emerge como la gran potencia continental y desbalancea todas las iniciativas en marcha, pues aunque tiene su punto de mira puesto en alianzas regionales que fortalezcan sus relaciones comerciales también tiene una política exterior autónoma bastante alejada de la “muchachada bolivariana”.
Ya ha establecido sólidas alianzas con Francia para hacer acopio de armas, mientras mantiene un buen nivel en sus relaciones con los Estados Unidos y otros potencias occidentales. En su afán por convertirse en una gran potencia que sea el actor fundamental de cualquier futura alianza o iniciativa regional verdaderamente protagonista, Brasil prefiere mantener su plena autonomía en política exterior y ejercer como potencia militar, motivo que explica su acelerado y reciente rearme.
Como conclusión final, hay que señalar que los países del continente son más conscientes que nunca de la necesidad de integrarse y cooperar en temas como el comercio, la economía y su acción exterior en un mundo globalizado y cada vez más complejo, donde Asia emerge como el nuevo polo con una intensidad y un peso, sobre todo económico, indiscutible.
Sin embargo, la división política no ayuda a la necesaria convergencia y todavía falta una mayor concreción en proyectos como Unasur, la propia Comunidad Andina o un Mercosur restringido solo al Cono Sur de América Latina junto a Brasil. El proyecto está en marcha, pero todavía necesita el rodaje suficiente y definir hasta dónde se quiere llegar.
