La casa era antigua, construida supuestamente en los últimos días de la Colonia, con gruesas paredes de adobe de casi cinco metros de altura, el artesón de cedro amarrado con tiras de cuero, las ventanas arqueadas, altas y anchas, con balcones de hierro forjado a mano, el amplio corredor con pilares de piedra tallada, adornada con vistosos capiteles románicos, y el patio sombreado por viejos árboles llenos de historia que cubrían con sus largas ramas forradas de hojas el brocal de un pozo que se había extinguido hacía mucho tiempo.
Entrar allí era como pasar la puerta hacia otro mundo, hacia otra época, una época que se detuvo después del huracán Mitch, que dañó las paredes pero sin doblegarlas, que le restó valor a la casa, pero que no ahogó su historia, que amedrentó a sus dueños pero que no asustó los recuerdos que se fueron sembrando entre sus paredes por años y que todavía pueden verse colgando de las paredes en forma de cuadros de vidrios ovalados, con fotos a blanco y negro de ancianos elegantes, llenos de canas, con enormes bigotes, sombreros de copa y porte aristocrático; fotos de damas con hermosos vestidos con crinolina, recuerdos de principios del siglo XX, y estatuas y jarrones de bronce, llenos del polvo del olvido.
Cuando los albañiles entraron, había allí un raro olor a viejo que se mezclaba con el dulce aroma de los jazmines que crecían a la buena de Dios en el patio cercano; el silencio era completo y, por un momento, los tres hombres hablaron como si estuvieran adentro de una catedral. Los murciélagos se despertaron y empezaron a revolotear sin rumbo, lanzando de vez en cuando sus agudos chillidos.
La casa era una reliquia y uno de sus herederos, el más culto y refinado, deseaba rescatarla para convertirla en biblioteca pública, en museo y en sitio de reunión para los soñadores. Incluso Roberto Sosa, el más grande poeta contemporáneo de Honduras, se había entusiasmado con el proyecto, y soñaba con verlo convertido en realidad. Pero uno pone y Dios dispone, y lo que los albañiles encontraron al final del corredor, entre las raíces mutiladas de un frondoso palo de hule, le echó tierra al proyecto y cerró para siempre las puertas de aquella mansión antigua.
EXCAVACIÓN. Empezaba el año 2000, las cosas habían cambiado en Honduras y nada en el futuro volvería a ser igual. La nueva historia del país se escribía después del Mitch.
Los albañiles siguieron las instrucciones del arquitecto, levantaron el piso de barro cocido, empezaron a desmontar el techo de tejas, cortaron algunas ramas y quitaron varias puertas y ventanas de madera podrida. Era un trabajo pesado que se hacía más lento porque el arquitecto quería dañar lo menos posible la estructura.
Al tercer día de trabajo, un olor fétido empezó a sentirse al fondo del patio. Aunque ya lo habían sentido antes, no le dieron importancia, pero conforme se acercaban al final del corredor, el olor se hizo más penetrante, tanto, que prefirieron ir a almorzar a la sala.
Hacia la una de la tarde siguieron con su trabajo, pero el olor se volvía insoportable por momentos. Entonces decidieron buscar lo que suponían era un animal muerto. Tardaron en encontrarlo.
HALLAZGO. Las piedras y los pedazos de madera, tirados desordenadamente entre las altas raíces del palo de hule ocultaban el pequeño montículo de tierra. Los albañiles llegaron hasta allí después de recorrer todo el solar y no tardaron en comprender que allí había algo anormal.
Sin detenerse a pensar mucho, empezaron a quitar las piedras, hundieron una barra y la movieron en círculos. El olor les dio en la cara como una bofetada y cuando sacaron la barra, varios gusanos blancos, y pequeños como un grano de arroz, se movían lentamente entre la tierra. Uno de ellos se cubrió la nariz y la boca con un pañuelo, cogió una pala y empezó a escarbar. Sus compañeros se le unieron un minuto después.
La espalda desnuda de un cadáver empezó a aparecer ante sus ojos, a menos de un metro de profundidad, llena de tierra y de gusanos. En ese momento dejaron las palas y avisaron al arquitecto. Este avisó a la Policía.
EL H-3. El detective de Homicidios H-3 de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) llegó a la casona con su inseparable cigarro en la boca, recién bañado y oloroso a perfume. El arquitecto, hombre prudente, pidió al Director toda la discreción posible, mientras se sabía algo más de aquel extraño caso, y la discreción incluía solo a los periodistas.
“¿Quien es el dueño de la casa?” –preguntó el H-3, aplastando el filtro quemado del cigarro con la plantilla del zapato.
“Mi padre” -respondió el arquitecto, sin titubear-. “¿Por qué lo pregunta?”
“¿Cómo entraron los albañiles a la casa? La primera vez, quiero decir”.
“Yo los traje.”
“¿Usted tiene llaves de las puertas?”
“Sí. No veo…” El H-3 levantó una mano y el arquitecto guardó silencio. “¿Quién más tiene llaves de la casa?”
“Solamente mi padre y yo”.
“Bien. Espéreme un momento, por favor”.
EL CUERPO. Estaba boca abajo, completamente desnudo y pertenecía a un hombre joven, de piel blanca, fornido y que no pasaría de los veinticinco años. Aunque estaba en estado de descomposición, podían reconocerse en él algunas características especiales, como el tatuaje en forma de dragón que tenía en la pierna derecha, justo al inicio de la cadera, y el lunar velludo, en forma de disco, debajo del omóplato izquierdo.
El H-3 estaba agachado a la orilla de la fosa, sin preocuparse de cubrirse la nariz, viéndolo todo en silencio, estudiándolo, mejor dicho. Un poco más atrás estaban los empleados de Medicina Forense y cerca de él, sus compañeros de Inspecciones Oculares. El arquitecto, pálido como la cera, esperaba unos metros más atrás, cubriéndose la nariz con un pañuelo perfumado.
“Tiene unos diez días de muerto” -dijo el forense, cuando el detective le preguntó-. “Pero no estaré seguro hasta que tenga los resultados de la autopsia”.
El H-3 sonrió. Se puso un cigarro entre los dientes y empezó a mordisquear el filtro. El forense dio la orden de que sacaran el cuerpo. El H-3 se puso de pie.
“A este hombre lo mataron por la espalda”, -le dijo a uno de sus compañeros, mientras los empleados de Medicina Forense bajaban a la tumba-. “¿Ves el hueco a un lado del omóplato izquierdo? Si no me equivoco, este hombre fue atacado con una piocha, lanzada contra él con demasiada fuerza, mejor dicho, con demasiada furia. Estaba desnudo cuando lo mataron, y no se estaba bañando, precisamente”.
“No te entiendo”. “Creo que estaba haciendo el amor con alguien, seguramente una mujer, tal vez su amante, cuando fue sorprendido por el marido. Fue un solo golpe que le destrozó el corazón. Y creo que lo mataron en la casa de la amante, es más, en la propia cama del marido”.
PREGUNTAS. “Dígame, -siguió diciendo el H-3, dirigiéndose al arquitecto-, ¿desde cuando no venía usted a esta casa?”
“No lo recuerdo bien, tal vez unos seis meses”.
“¿Quién más tiene la costumbre de venir?”
“Aparte de mi padre y yo, nadie más. A mis hermanos no les interesa”.
Se detuvieron a unos tres metros del portón, el enorme portón de dos hojas, de madera y hierro, empotrado en dos columnas de concreto y cubierto por un arco largo cubierto de tejas. El H-3 clavó la mirada en el suelo y la sonrisa maliciosa volvió a aparecer en sus labios. Se quitó el cigarro de entre los dientes, y dijo: -“¿Dónde está el fotógrafo?”
-“Aquí”.
-“¿Ves esas marcas en la tierra? Aunque casi han desaparecido, todavía se notan un poco. Tomá las mejores fotos. Todas las que podás”.
-“Alguien abrió el portón no hace mucho, señor -agregó el detective-, y ese alguien vino en carro. Ve las marcas que dejó el portón en la tierra. El portón está desplomado y la tierra se había acumulado lo suficiente como para que se produjeran esas marcas. Si se fijó bien, las raíces del palo de hule están cortadas, mutiladas. Creo que el o los que enterraron el cuerpo no encontraron mejor lugar, al final del corredor, el lugar más alejado del patio. ¿Quién pudo ser?”
-“No tengo idea, señor”.
-“No quiero asustarlo, pero usted está dentro de los sospechosos”.
El arquitecto se estremeció de pies a cabeza pero respondió con voz firme:
-“Es natural. Estoy a sus órdenes”.
-“Dígame una cosa”.
-“¿Si?”
-“¿Vive la madre de usted? ¿Está viva su madre?”
-“Sí. Está viva. ¿Por qué?”
-“¿Vive con su padre?”
-“No. Ella vive en Estados Unidos. Se divorciaron hace veinte años, cuando yo tenía dieciséis”.
-“¿Y su padre?”
-“Vive aquí…”
-“¿Es joven su esposa, la esposa de su padre? Quiero decir, ¿es mucho menor que él?”
-“Sí, creo que veinte años menor. ¿Por qué lo dice?”
-“Tengo una sospecha. ¿Cuántos años tienen ellos?”
-“Ella cumplió cuarenta; mi padre tiene sesenta y dos. ¿Qué sospecha usted?”
-“¿De verdad quiero oírlo?”
-“Por supuesto”.
-“Espere un momento”.
EL ARQUITECTO. -“¿Encontraron huellas de ruedas?”
La voz del H-3 sonó suave y cansada. Tosió varias veces, con esa tos seca y enfermiza de los fumadores empedernidos, y esperó la respuesta viendo fijamente al fotógrafo. Este contestó afirmativamente.
-“Si; varias. No están muy claras, pero servirán”.
-“¿Se puede sacar un molde en yeso?”
“Creo que sí”.
-“Bien. Que lo hagan ahorita mismo.”
El H-3 se volvió al arquitecto.
-“Este hombre, un muchacho, fue asesinado con una barra o con una piocha; lo atacaron por la espalda con furia, matándolo en el acto. Estaba desnudo cuando lo mataron, y por la forma de la herida, recta y debajo del omóplato izquierdo, justo atrás del corazón, creo que estaba de rodillas. Desnudo y de rodillas, debió estar en una cama, para que la punta del arma homicida entrara a esa altura de su cuerpo. ¿Me va siguiendo?”.
El arquitecto movió la cabeza hacia adelante.
-“¿Usted cree…?”
Se impuso un instante de silencio.
-“Creo que este muchacho era el amante de la esposa de su padre, que este los descubrió y que mató al muchacho con lo primero que encontró: una piocha o una barra, aunque me inclino a creer que es una piocha”.
El arquitecto abrió los ojos.
-“Hace más o menos diez días -agregó el detective-. Es más, creo que quien le ayudó al asesino a deshacerse del cadáver es la mujer”.
-“Pero, ¿por qué enterrarlo aquí?”
-“Creo que es una respuesta sencilla. Primero, porque es el lugar más íntimo que conoce su padre, si me permite referirme a él directamente, aunque él es inocente mientras no se demuestre lo contrario”.
El arquitecto hizo un gesto que quería decir que continuara.
-“Su papá jamás imaginó que usted haría remodelaciones en la casa, o si lo sabía, como supongo, lo olvidó. Además, si la mujer le ayudó a deshacerse del cuerpo, y si hasta este momento usted no sabe si algo malo le ha pasado a ella…”
-“No, nada. Ella está bien, en casa, con mi padre”.
-“Entonces él sabía de esta relación, o la perdonó… Dígame algo: ¿Está enfermo su papá?”
-“¿Por qué lo pregunta?”
-“Es importante.”
-“Sí; está enfermo.”
-“¿Desde hace mucho?”
-“Sí.”
-“¿El corazón, la próstata, diabetes?”
-“Diabetes, desde que era niño”.
-“Bien. Y su madrastra es joven y guapa…”
-“Muy guapa”.
-“¿Sabe si su padre es impotente?”
El arquitecto dio un salto.
-“Eso no podría saberlo”.
-“Creo que sí lo sabe… ¿Nos acompaña a la casa de su padre? El fiscal irá con nosotros”.
El arquitecto dudó unos instantes, luego respondió con un sí apagado.
FINAL. Las patrullas de la DNIC se detuvieron frente al portón de láminas de hierro pintado de café. Los enormes cipreses que estaban plantados a ambos lados se mecían suavemente, llenando el aire con un olor delicioso. Un ayudante del fiscal tocó el timbre. Aunque allí estaba con ellos el hijo del sospechoso, eran los representantes de la ley los que debían proceder. Les abrió una criada.
Cuando les autorizaron la entrada, el detective se encontró en una sala amplia, alfombrada, con las paredes llenas de cuadros, con varias fotos en blanco y negro sobre la chimenea, dos cabezas disecadas a los lados, una de un toro rojo y la otra de un jabalí, y un estante lleno de libros empastados en cuero rojo. En una butaca estaba esperando un hombre, conectado a un chimbo portátil de oxígeno. A su lado estaba una mujer madura pero hermosa, no muy alta, de pelo largo y negro, ojos grandes y oscuros, boca roja y cuerpo voluptuoso.
El hombre parecía de cien años, lleno de canas, delgado y tembloroso.
-“Creo que no podré atenderlos -dijo, con acento cansado-; una ambulancia viene por mí.”
-“Estamos aquí por…”
-“Lo sé. No pierda su tiempo. Ya sé bien que entre cielo y tierra no hay nada oculto. ¿Quién descubrió el cuerpo?”
-“Los albañiles…”
-“¡Ah!, mi hijo… Mi querido hijo”.
-“¿Cómo llegaron hasta mí?”
-“Nadie más que ustedes dos tienen llaves de la casa, su hijo es feliz con su esposa, usted está enfermo, los celos…”
-“Es suficiente… No puedo cansarme mucho”.
En ese momento la sirena de una ambulancia se apagó frente a la casa. Un médico y dos enfermeros entraron con una camilla.
-“Señores, no se preocupen; no voy a ir a ninguna parte”.
El H-3 le hizo una pregunta al fiscal. Este dio una orden y dos agentes se subieron a la ambulancia con el enfermo. Luego, el arquitecto se volvió al policía. Tenía lágrimas en los ojos.
-“Quisiera saber cómo supo quien era el asesino. Dijo usted que yo era sospechoso”.
-“Usted no sabía nada. Si usted lo hubiera matado, no abre la casa en cien años. Entonces quedaba uno solo, el otro que tenía llaves de la casa: su padre”.
-“¿Qué va a pasar con mi madrastra?”
-“¿Está casada con su padre?”
-“¿Si?”
-“No le pasará nada, pero consígale un buen abogado”.
-“Entonces, ¿tenía ella un amante?”
-“Sí, y su papá lo toleraba. ¿Sabe usted que es candaulismo? ¿No? Entonces estudie un poco más. Esa es la respuesta. Pero en un momento, los celos fueron más fuertes y pasó lo que pasó. Ahora le toca el turno a la fiscalía. Nosotros vamos a tratar de identificar al muerto. Por mientras, los muchachos de Inspecciones Oculares van a buscar evidencias en esta casa. Sangre en la cama o en el cuarto de la pareja, una piocha manchada, la rueda del carro… Cosas así que van a servirle al juez”.
-“Sigue intrigándome como supo todo esto”.
-“Es mi trabajo, respondió humildemente el H-3, encendiendo el cigarro; además, los muertos siempre hablan”.
