Tragedia en la discoteca Scaramouche

Este relato narra un caso real. Se han cambiado algunos nombres.
ElHeraldo.hn

Honduras

02.10.2010 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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A inicios de los años ochenta San Pedro Sula era una ciudad pequeña, de no más de doscientos cincuenta mil habitantes. Siempre calurosa, siempre trabajadora y en constante crecimiento.

Considerada la capital industrial de Honduras, era realmente uno de los pocos lugares donde la calidad de vida de las personas superaba en mucho a la de las demás regiones de país, lo que se mantiene hasta el día de hoy.

Su gente amable, de fácil sonrisa y de trato agradable ha sido siempre amante de la diversión, y a inicios de los ochenta surgieron en la ciudad muchos centros de esparcimiento donde se podía olvidar la presión de la semana y la angustia de una vida dedicada exclusivamente al trabajo. Uno de estos centros fue la discoteca Scaramouche.

Por supuesto, no era un lugar cualquiera. Bien ubicada, diseñada según los últimos gritos de la moda, con las bebidas más finas, la música del momento y su clientela exclusiva, la discoteca era el centro de la diversión de las noches de fin de semana de San Pedro Sula.

Su fama llegaba a todo el país. Por desgracia, no duró mucho tiempo y quienes la recuerdan hoy, dicen con nostalgia que debió pasar mucho tiempo para que naciera en la ciudad un lugar igual, o al menos parecido, donde la juventud pudiera divertirse sanamente.

La tragedia cerró sus puertas para siempre y quienes fueron testigos coinciden en que fue una tragedia que bien pudo evitarse.

Bastaba con forrar las paredes con láminas de teflón, el atenuador de sonido tan común en nuestros días, o de tener un poco de tolerancia y tratar de arreglar el problema del ruido de forma civilizada.

Pero como bien dicen los viejitos, cuando el diablo mete las uñas, no hay finales felices.

La noche

Corría el año 1982. Era una noche de viernes, extrañamente fresca; aunque no llovía, la brisa que bajaba del Merendón hacía el clima agradable y la ausencia de nubes dejaban ver la luna llena en toda su plenitud, flotando en silencio en un cielo lleno de estrellas.

La gente estaba en la calle, terminaba una semana más y las familias se divertían. A eso de las diez de la noche Scaramouche abrió sus puertas y sus mesas empezaron a llenarse con lo mejor de la juventud de la ciudad. La música liberaba, embotaba los sentidos y relajaba los músculos.

Poco a poco, la pista se fue llenando de bailarines que se perdían entre las luces de colores y el humo artificial que empezó a llenar el ambiente.

Antes de las doce de la noche, la discoteca estaba repleta, el olor a sudor, a cigarro y a licor hacía la atmósfera irrespirable pero nadie salía, la música era interminable y dejar Scaramouche antes de la madrugada era casi un sacrilegio. Así pensaba Yolanda.

Ella

Llegó con su novio casi en el mismo momento en que abrían las puertas. Era alegre, joven, delgada y hermosa; tenía veintidós años, estaba enamorada y aquella noche era de felicidad y de diversión para ella. Pero sería su última noche.

Bailaba una de esas canciones en que los novios no necesitan más de un ladrillo para moverse, sus brazos largos se apoyaban en el pecho del muchacho, sus manos delgadas rodeaban su cuello con esa dulzura que solo se siente cuando se ama sin medida y su rostro bonito y pálido descansaba sobre el corazón que la amaba tanto.

Él la abrazaba con fuerza, rodeándole el talle como si quisiera fundirla con su propio cuerpo, su mejilla descansaba en su cabeza, y él respiraba embelesado el aroma suave de su pelo negro, largo, brillante y sedoso, como el de María Magdalena.

Muerte

La canción retumbaba en las paredes, resonaba en los oídos y hacía estremecer los corazones. Junto a ella, él se sentía en otro mundo, en uno de esos paraísos que solo conocen los enamorados. Pero aquel paraíso duró poco.

De pronto, sintió que Yolanda se estremeció, un grito agudo salió de su garganta y dejó de moverse, un segundo después la sintió demasiado pesada y supo que estaba cayendo al suelo, ya las manos no le rodeaban el cuello con la misma fuerza y ahora se deslizaban sobre su pecho como si hubieran perdido fuerza de repente. Yolanda caía.

El trató de sostenerla, le miró el rostro por un momento y ya no pudo verle los ojos, tenía los labios apretados, como si la atacara un profundo dolor y no respondió a sus palabras.

En ese momento sintió que algo caliente le mojaba las manos; era algo viscoso que bajaba lentamente por la espalda de la muchacha.

Por un momento retiró una mano y vio que tenía sangre en el brazo y entre los dedos, volvió a abrazarla y la depositó en el suelo, suavemente, mientras pedía ayuda a gritos.

La música tardó en extinguirse y para cuando el dueño de la discoteca llegó al lugar, Yolanda ya estaba muerta. Era hora de llamar a la Policía.

El teniente

Ser policía es un asunto de vocación en el que se invierte la vida propia y la de los que más se aman.

Marco Tulio Palma lo entendió así cuando ingresó a la Academia y lo confirmó cuando salió como subteniente a servir a su gente y al país; treinta años después sigue pensando igual, solo que ahora es Comisionado General.

Estaba de turno cuando llamaron de Scaramouche para informar que en la discoteca habían matado a una muchacha y que no sabían quién era el asesino.

Sin perder tiempo subió a dos agentes del DIN a un viejo jeep Toyota y salieron para Scaramouche. No tardaron en llegar. El lugar casi estaba vacío.

Yolanda estaba en el piso, sobre un charco de sangre fresca, a su lado estaba su novio, más allá, el dueño de la discoteca y más atrás, varios meseros y algunos curiosos.

El teniente Palma se abrió camino despacio, el lugar estaba iluminado y la escena se veía claramente. El novio dijo que bailaban una pieza, su canción favorita, cuando de pronto ella se desmayó en sus brazos; tardó un poco en entender qué era lo que estaba pasando hasta que supo que tenía sangre en sus manos y que su novia estaba herida, y herida de muerte. Indicó el sitio donde estaban cuando ella se desmayó y el teniente lo marcó con una barra de tiza.

Era poco lo que había que ver. Nadie escuchó nada, la música estaba a todo volumen y ahogó el ruido del disparo, porque lo que la muchacha tenía en la espalda era el orificio de entrada de un proyectil de arma de fuego, situado a la altura del omóplato izquierdo, a unos centímetros de la columna vertebral.

El teniente sabía que la seguridad en Scaramouche era extrema, no se permitían armas y los registros eran minuciosos; además, una de las reglas inviolables de la discoteca era que si un cliente portaba un arma, jamás podría volver a poner un pie adentro, y nadie había violado nunca aquel precepto.

Por otra parte, Yolanda no tenía enemigos, y menos su novio. Aquel crimen era un misterio. Pero aquello de que "al DIN no se le iba chancho con mazorca" era como un evangelio, y el teniente Palma estaba obligado a reconfirmarlo.

Investigación

A falta de tijeras cortó la espalda del vestido con un yatagán, la sangre era abundante pero el orificio dejado por el proyectil se veía claramente.

Se agachó para observarlo mejor y pronto llegó a una conclusión: la bala vino de arriba, de muy arriba, el ángulo de entrada que se observaba en la piel no dejaba lugar a dudas y dado que la pareja bailaba a menos de metro y medio de la pared, nadie dentro de la discoteca pudo hacer el disparo. Había que investigar por otro lado.

El DIN

A la mañana siguiente, el capitán Morán Morel leyó el informe del teniente Palma, y estuvo de acuerdo con sus conclusiones. Llamó a Vásquez Flores, hizo que el teniente se subiera con ellos en el jeep, y juntos fueron a la discoteca Scaramouche.

Estaba seguro de que había algo más en la escena y que allí estaba la solución al misterio. El novio iba con ellos, lleno de ojeras, pálido como un muerto y bostezando a cada minuto. El dueño de la discoteca los estaba esperando.

El capitán Morán Morel le pidió al novio que se parara en el mismo lugar donde bailaba con su novia, un agente del DIN, casi de la misma estatura que Yolanda, hizo las veces de la muchacha, y los dos hombres pegaron los cuerpos por largos segundos.

El teniente señaló en la espalda del agente el lugar por donde entró el proyectil y pronto empezaron a formularse las hipótesis. Morán Morel pidió una escalera. Nadie sabe de dónde la trajeron.

El teniente Palma pesaba menos, era el más bajo de todos y era el responsable directo de resolver aquel crimen, por lo tanto, le tocó subir la escalera.

Acucioso como era, y convencido de que el capitán no aceptaba un "nada" como respuesta, se tomó su tiempo para inspeccionar el techo, la pared y el artesonado.

Desde arriba le preguntó al dueño quien vivía en el otro lado y este no tardó en responder. Por un claro que había entre la pared y el techo se veía un solar inmenso, lleno de árboles y una casa grande y silenciosa.

Pero aquello no iba a importarle al capitán. Morán Morel era hombre de resultados y no le negaba el calabozo a nadie.

Habían puesto la escalera en la hipotética dirección en que debió venir el disparo, y el teniente estaba seguro de que allí encontraría algo que lo llevara al criminal.

Y no tardó en confirmarlo. En una de las vigas, justo en la dirección que seguía la escalera hacia abajo, había una muesca en la madera; era un detalle en apariencia insignificante pero era algo, y la madera era nueva, el techo estaba recién instalado y en ninguna otra parte estaba maltratada.

La muesca tenía forma de canal, de menos de dos centímetros de ancho y tenía un ángulo que caía directamente desde el hueco que había entre la viga y la pared; desde allí, ordenó que buscaran astillas de madera cerca de la pared y los agentes no tardaron en encontrar tres astillas de pino casi al ras del saca polvo. Cuando bajó, sonreía confiado.

"El tiro lo hicieron desde ese punto -dijo el teniente-, alguien metió un revólver por el hueco que hay entre la pared y la viga, y disparó sin apuntar. La persona que hizo el disparo estaba en el patio de la casa vecina, tal vez subido en alguna escalera.

Como no podía ver hacia donde disparaba, lo hizo al cálculo, pero la bala primero pegó en la orilla de la viga del artesón y luego entró por la espalda de la muchacha. Creo que debemos pedir autorización al juez para entrar en la casa vecina".

Morán Morel sonrió. Dejó un hombre guardando la escena del crimen y, con su pistola de .9 milímetros en la mano, salió de la discoteca, avanzó a grandes pasos sobre la acera y se plantó en la puerta de entrada de la casa de al lado.

Primero tocó con educación, luego golpeó la madera con la cacha del arma y por último gritó con fuerza: "¡Abran la puerta! ¡Es la Policía! ¡Abran o la abrimos a balazos!" Una mujer temblorosa se presentó ante él. "Somos la Policía, señora -le dijo el capitán, entrando sin saludar-; como usted sabe, anoche mataron a una muchacha en la discoteca de al lado y estamos seguros que el asesino disparó desde su solar, subido en una escalera. ¿Tiene algo qué decir?".

La mujer, una anciana casi, temblaba de pies a cabeza.

"¡Vamos a registrar la casa!"

Yuja

Los policías invadieron la casa sin que la señora dijera una sola palabra. La soledad en aquella casa era sospechosa y cuando llegaron a un cuarto desordenado que apestaba a tabaco y a marihuana, el teniente Palma supo que estaban sobre una buena pista. En una gaveta de la mesita de noche encontraron un revólver, era un .38 y por el olor a pólvora que salía del cañón podía decirse que lo habían disparado recientemente.

Cuando el teniente revisó el tambor vio que de las seis balas una estaba vacía y seguía inmediatamente a la que estaba lista para ser disparada. Pero la habitación estaba vacía.

En ese momento, un agente dijo que había encontrado la escalera, que tenía cemento en las puntas y que parecía que el cemento era de las junturas de los ladrillos del muro, un muro de más de tres metros de altura en el que se sostenía el techo de Scaramouche.

-¡Registren bien la casa!

El teniente Palma sacó su pistola, le quitó el seguro y avanzó despacio hacia el clóset que estaba empotrado en una pared, cerca de la ventana que daba al patio.

Abrió las puertas de enfrente, movió la ropa, miró bien en su interior y no encontró nada, luego miró hacia arriba, hacia las ventanas con persianas de madera de los depósitos superiores.

Pidió una silla, se apoyó en el capitán para subir, sin dejar el arma y abrió una ventana. Allí había algo, mejor dicho, alguien. Abrió la otra y se encontró con la cara asustada de un hombre alto, delgado, pálido, de ojillos somnolientos y gran nariz que levantó las manos nerviosamente cuando vio el arma.

"No dispare -le dijo-, no dispare. Yo maté a la muchacha".

Confesión

La discoteca, si bien era moderna y estaba bien equipada, carecía de atenuador de sonido y el ruido de la música en las noches era insoportable, sobre todo en las casas más cercanas.

Alberto Yuja no lo soportó más. Había bebido, fumado de más y no podía dormir; aquel ruido era infernal. Estaba colérico cuando cogió su revólver, puso la escalera en el muro, metió la mano armada por un hueco que había entre el techo y la pared de la discoteca y gritó, antes de disparar hacia abajo: "¡Déjenme dormir, hijos de la gran…!" Fue un solo tiro y en realidad jamás imaginó que le haría daño a alguien, aunque era lo más seguro.

Fue condenado a quince años de cárcel. El crimen de la discoteca Scaramouche estaba resuelto, pero la discoteca no abrió nunca más sus puertas. La solución del caso se debió a la pericia del teniente Palma y a la terquedad de Morán Morel.

Hoy forma parte de la historia negra de Honduras. Alberto Salió en libertad en 1991.

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Un momento de cólera, una decisión irracional y un disparo fatal provocaron un crimen que pudo quedar sin castigo...
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