Carlos lo encontraron muerto en un basurero, a unos cien metros de las últimas casas de la colonia Sagastume, en la vieja carretera a Olancho. Estaba tendido boca arriba, cubierto con varios cartones y bolsas medio llenas de basura. Las moscas zumbaban sobre él, las hormigas le arrancaban pedazos de carne y hacían una enorme fila hacia sus nidos cargando restos de su sangre coagulada. Varios zopilotes abrían las alas alrededor y revoloteaban picoteando los cartones, desnudándolo poco a poco. Cuando lo encontraron, casi toda la colonia se acercó al basurero para ver el espectáculo.
Lo mataron a balazos pero nadie escuchó nada la noche anterior, aunque era común escuchar disparos en aquella zona. Según el forense, tenía al menos doce horas de haber muerto, asesinado de varios balazos, seis cuando menos, todos en la cara, que lo dejaron irreconocible. Cuando los detectives de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) tuvieron los datos de Dactiloscopia, se dieron cuenta de que se llamaba Carlos Reyes, de treinta y cinco años, de oficio taxista y que vivía con su esposa y dos hijos en la colonia Bella Vista de Comayagüela. La mujer no imaginaba por qué pudieron haberlo matado si hasta era diácono de la iglesia a la que asistían todas las semanas y no le conoció enemigos jamás. Tal vez lo mataron por robarle. ¿Y el taxi? Su esposo salió de su casa temprano en la mañana, regresó a almorzar, descansó hasta las tres de la tarde y salió poco antes de las cinco. Por lo general trabajaba hasta las diez de la noche y nunca había tenido problemas, solamente con algunos policías de Tránsito, que eran buenos para pedirle mordidas. Ni siquiera con los pandilleros de la 18, que tantos problemas causaban en la colonia, había tenido una tan sola discusión. Él los conocía y ellos no se metían con él. Hasta se había propuesto evangelizarlos algún día y el jefe de la pandilla vivía agradecido con él porque una noche, mejor dicho, una madrugada, lo fueron a buscar a la casa para que les llevara al hospital a un compañero herido; él no dijo nada, ayudó a meter al muchacho en el taxi y salió como alma que lleva el diablo para el hospital. Por desgracia, el muchacho murió en la sala de operaciones pero los pandilleros lo estimaban desde esa fecha. Entonces, ¿por qué lo habían matado? ¿Quién tenía razones para asesinarlo de esa forma? Y, el taxi ¿dónde estaba? La Policía todavía no lo había encontrado.
LA HIPÓTESIS. A Carlos lo asesinaron en otro lugar y vinieron a botar su cadáver en el basurero de la colonia Sagastume. En la escena del crimen no habían señales de violencia ni rastros de sangre, más que la que se había coagulado en su cara, cuello y pecho; el cuerpo no lo tiraron, como sucede la mayoría de las veces, sino que lo pusieron con cierto cuidado en la parte más alejada del basurero, a unos quince metros de la calle. Estaba vestido, tenía las manos amarradas hacia atrás con los cordones de sus zapatos y no tenía huellas de golpes o torturas. Además, y este detalle era básico para la investigación, quienes lo pusieron en el basurero lo taparon con cartones, bolsas plásticas y bolsas de basura y las aseguraron con piedras para que el viento no las quitara. ¿Qué significaba esto? Que el o los asesinos conocían bien a su víctima y tenían por él algún sentimiento. Lo cubrieron no para que el cadáver no fuera descubierto, sino para protegerlo de los depredadores. Con matarlo era suficiente. No iban a ensañarse con el cuerpo. Además, la Policía encontró el dinero de la tarifa en un bolsillo del pantalón, trescientos veintidós lempiras, una cadena de oro en el cuello, el anillo de matrimonio en su lugar y un reloj Seiko en la muñeca izquierda, y algo más, que pareció raro a los detectives: la biblia que siempre llevaba en el taxi la tenía en el pecho, cerrada y muy limpia. Esto confirmaba la teoría de que el crimen no fue motivado por el robo ni por ajuste de cuentas. Se trataba de una venganza. ¿Por qué decía esto la Policía? Carlos era un buen vecino, tenía pocos amigos, no le hacía daño a nadie y casi nunca salía de su casa cuando no trabajaba. Entonces, ¿por qué habrían de vengarse de él? ¿A quién pudo hacerle daño Carlos que le provocara la muerte, y aquella muerte terrible? Seis balazos del calibre treinta y ocho en la cara casi hasta hacerlo irreconocible. La familia no podía entenderlo.
LA POLICÍA. Aquel tipo de crimen correspondía a la calificación que la Policía le había dado. Los disparos fueron hechos de cerca, en la cara y, aparentemente, con furia. Esto correspondía a un crimen pasional. Por lo general, el asesino que se sabe traicionado por su mujer mata de esa forma al rival. Lo persigue, a veces lo secuestra, lo tortura y lo mata de frente, disparándole lo más cerca posible a la cara. En ocasiones lo encuentra, lo mata de frente con un solo disparo pero siempre mostrando odio y deseos de venganza. Y las heridas que le quitaron la vida a Carlos respondían a este patrón criminal. Pero estaba claro de que Carlos no tenía ninguna amante; su tiempo lo distribuía así: su casa, su trabajo, la iglesia y su casa. Era hogareño y, aunque servía en la iglesia, no recibía visitas ni él visitaba a nadie. Entonces estaba descartado el crimen por robo y el crimen pasional. Entonces, ¿Por qué lo mataron y quién lo hizo?
LA ESPOSA. Tres días tenía Carlos de haber sido enterrado cuando su viuda llamó a la DNIC, preguntando por el detective que llevaba el caso. Le dijo que acababa de recibir una llamada a su celular y que la habían amenazado a muerte, a ella y a sus hijos. Le exigieron que no insistiera en averiguar quién mató a su marido y que se olvidara de encontrar el taxi. La llamada fue corta y ella llamó a la Policía. Una hora después le entregó su celular al detective. Este hizo una llamada, habló con un fiscal y, antes de que anocheciera, tenían el nombre del dueño del teléfono que había llamado. La viuda no conocía el nombre pero algo raro había en aquella voz, que le pareció haberla escuchado antes, aunque no estaba segura. Cuando el detective le dijo que la llamada había sido hecha del barrio Medina de San Pedro Sula, una luz se encendió en su cerebro.
EL SOBRINO. La mujer le dijo al policía que no estaba segura pero que la voz se parecía mucho a la de un sobrino de su esposo que había vivido con ellos casi tres años y que tenía unos seis meses de haberse ido para San Pedro Sula. Por casualidad, el sobrino vivía con su madre y sus hermanos en el barrio Medina Concepción. Tenía veintitrés años de edad. Para la Policía era demasiada coincidencia. Aunque no sospechaban nada en particular, tampoco dejaban una tan sola pista sin investigar. ¿Por qué se fue el sobrino para San Pedro Sula, después de tres años de vivir con su tío en Tegucigalpa? La mujer dijo que su esposo era huérfano. Su madre murió cuando él tenía once años y su padre, quien terminó de criarlo, murió apenas un año antes que él. Su sobrino era hijo de su hermana más querida pero ella no era muy responsable y él se ofreció a criarle al muchacho, aunque este ya tenía diecinueve años. No es que fuera malo, pero a ella poco le gustaba que él estuviera en su casa. Los detectives estaban en el aire. Nada habían avanzado, sin embargo, creían que tenían una buena pista. ¿Estaba segura la mujer de que la voz se parecía a la de su sobrino? Sí; ahora estaba segura. ¿Qué razones tenía él para amenazarla? No lo sabía. ¿Estaba dispuesta a ayudar a la Policía? ¡Claro! Haría lo que fuera por encontrar a los asesinos de su esposo. Bien, entonces haría una llamada, allí mismo, en ese momento. ¿A quién? Al sobrino. La mujer no dudó un segundo. ¿Qué debía decirle? Ahora iba a saberlo. El policía esperó unos segundos, luego le dijo que saludara al sobrino, que le dijera que ya sabía que él había mandado a matar a su esposo, que ya le había dicho a la Policía que él la estaba amenazando por teléfono y que era un maldito mal agradecido que le asesinó al padre de sus hijos. Que se preparara porque ya los de la DNIC estaban detrás de él. La mujer agarró el teléfono y marcó el número. No tardaron en contestarle. En ese momento, el detective le quitó el teléfono de la oreja y cortó la llamada. ¿Qué pasaba? El policía estaba reflexionando. Si estaba en lo cierto respecto a sus sospechas, entonces cometería un gran error. Era mejor cambiar de estrategia. Pero en ese momento sonó el celular. El sobrino estaba llamando. ¿Qué debía decirle la mujer? Cualquier cosa. Que le agradecía que estuviera en la vela y en el entierro de su esposo y que se sentía sola y quería que viniera a estarse unos días con ella y con sus hijos porque los niños lo extrañaban mucho. El sobrino dijo que no podía porque pensaba viajar mojado a Estados Unidos el fin de semana, y un montón de cosas más. Al terminar, el detective le preguntó si ahora estaba convencida de que era la misma voz que la amenazó con matarla. La mujer estaba pálida y temblaba. Dijo que sí y se dejó caer en un sillón.
EL VIAJE. A las dos de la tarde de ese día, los detectives salieron en un Toyota doble cabina para San Pedro Sula. Llegaron a las seis a Chamelecón y se fueron directo al Ministerio Público. Un fiscal los estaba esperando. Dos patrullas de la DNIC llenas de policías estaban listas. ¿Qué buscaban los detectives? Ellos razonaban así: Quien mató a Carlos era alguien que lo conocía bien, que tenía una buena relación con él, y tal vez un sentimiento especial. Las causas de muerte eran la venganza pero una vez muerto, querían que el cuerpo fuera encontrado rápido para que no lo destrozaran los depredadores. Aunque dudaban que la venganza fuera el móvil, bien podría ser una causa relacionada con algo en que Carlos tuviera mucho que ver y, quitándolo de en medio, evitarían un daño mayor a alguien más, quizás bien relacionada con los asesinos. Era una posibilidad porque estaba claro de que Carlos jamás dio motivos para ser odiado y menos para ser asesinado por venganza. Tal vez había algo más. Ahora, si los asesinos se tomaban la molestia de amenazar a la viuda para que no presionara por resolver el crimen, era porque si eran descubiertos perderían algo más que la libertad, tal vez ese algo que motivó la muerte de Carlos. ¿Qué era?
LA HERENCIA. La mujer no sabía nada pero estaba segura de que Carlos se había molestado con su hermana, la que vivía en el barrio Medina, porque ella no quería repartir la herencia que les había dejado el padre hacía un año con los demás hermanos. A él eso no le interesaba pero quería que la mujer fuera justa. Había pasado un año y no se había tocado el tema de nuevo. ¿Qué perdía la hermana si se repartía la herencia? La viuda de Carlos no lo sabía. A él no le interesaba y nunca habló con ella del tema. Sin embargo, para la Policía aquello significaba algo y estaban en San Pedro Sula para confirmar una sospecha. A las once de la noche los detectives salieron para el barrio Medina.
EL TAXI. Dos detectives se disfrazaron con harapos, se pusieron peluca y se sentaron con botellas de licor frente a la casa del sobrino en el barrio Medina. Eran las once y media de la noche. Iban a esperar varias horas más. A eso de las tres de la mañana las luces altas de un carro les lastimaron los ojos; era un Toyota Corolla blanco, con placas particulares. En la puerta izquierda de atrás se veía una mancha más blanca y sin brillo, casi rectangular. Las sospechas del detective se confirmaban. Estaba seguro que se trataba del taxi de Carlos. Le quitaron las placas de alquiler, le pusieron placas particulares y le borraron con pintura blanca el número de operación. Después de que lo metieron en el garaje, los detectives se pusieron de pie. El fiscal dormitaba en el asiento delantero de una patrulla de la Policía Preventiva. Había que esperar hasta las seis de la mañana. Los detectives volvieron a su puesto. A las cinco y cincuenta y cinco se pusieron en movimiento. A las seis tenían rodeada la casa y cubiertas todas las salidas. A las seis y cinco el fiscal dio la orden. Los policías rompieron las puertas y entraron como un huracán a la casa. El sobrino dormía en el último cuarto. No presentó resistencia. Cuando los peritos de Inspecciones Oculares confirmaron que se trataba del taxi de Carlos, el sobrino se rindió.
EL MÓVIL. Dijo que él no quería matar a su tío pero que su madre y sus hermanos lo presionaron; decían que su tío se quería quedar con la herencia del abuelo y que les iba a quitar hasta la casa en que vivían. Entonces él decidió actuar. Él le tendió la trampa. Un pandillero de la 18 le disparó.
El muchacho fue condenado a veintidós años de cárcel. Negó su primera versión ante el Juez y su madre y sus hermanos salieron en libertad. El pandillero que disparó contra Carlos fue encontrado muerto en la carretera a Puerto Cortés, un año después. La Policía le devolvió el taxi a la viuda. Dicen que volvió a casarse.
