Tal vez recuerda usted uno de los casos criminales más repugnantes que han sucedido en Honduras, el de la mujer que ocultó su embarazo los nueve meses, que parió en un corral de cerdos poco después de la medianoche y que desmembró al recién nacido y se lo dio de comer a los animales, incluidos los tres perros de la casa, para borrar, supuestamente, todo rastro de su crimen pero, sobre todo, para ocultar su traición y librarse de los perniciosos efectos de su pecado.
Entonces también recuerda que la asesina confesó que no sabía lo que hacía, pero que el recién nacido era un estorbo en su vida. ¿Por qué? Pues porque su esposo tenía seis años de vivir en Estados Unidos, y él creía en su castidad y en su lealtad, y ella, en ese momento fatal en que le prestó atención a la serpiente de la lujuria, le había fallado.
Su esposo era el sostén de su familia, y ella no quería perder los beneficios que recibía de él, tantos, que faltaba poco para que les dieran a ella y a sus dos hijos la residencia en California, pero la carne es débil, y ella, agobiada por la soledad y sedienta de amor, se entregó a otro hombre, un inagotable adolescente que resultó ser el sobrino favorito de su marido. Era toda una historia, una historia que no se hubiera conocido jamás si los detectives de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) no son avisados de que en cierto chiquero acababan de encontrar una manito mutilada, y aparentemente mordisqueada, de un recién nacido.
Cuando los detectives llegaron a la escena encontraron, casi enterrados en el lodo y a varios metros del corral, un machete ensangrentado, un cuchillo de cocina con sangre y lodo, un hacha de carnicero y los restos de lo que un médico reconoció como partes de una placenta fresca, si se puede usar el término.
Además, por supuesto, de lo que motivó su presencia en aquel lugar: la manito de un recién nacido. No fue difícil encontrar a la asesina. Aunque todo el mundo la quería muerta, muy a su pesar, los detectives impidieron que se cumpliera la Ley del Talión, y tuvieron que protegerla.
La historia es grotesca, y nunca la hemos considerado para esta Selección de Grandes Crímenes, sin embargo, hoy la mencionamos como preámbulo, ya que, por desgracia, es algo que se repite, con ciertas variantes, en esta Honduras digna de mejor suerte y cuya historia, como dijo el poeta, puede escribirse en una lágrima; donde los pobres son muchos, por lo que es imposible olvidarlos; donde la Casa de Justicia es un nido de serpientes, y, sobre todo, de encantadores de serpientes; donde pescan sirenas solamente los pescadores sin fortuna; donde la vida es un mercado donde se compran honores, amistades y conciencias; donde, al decir de algunos sabios mesiánicos, la Constitución es pura babosada y puede violarse cuántas veces sea necesario, y donde la Justicia sigue siendo una serpiente que solo muerde a los descalzos. Y donde la mayoría de los ciudadanos no cesan de gritar: ¡Elí! ¡Elí! ¿Lanma sabactani?
HALLAZGO. Era temprano en la mañana. Una brisa fresca caía sobre la tierra y la niebla se iba desvaneciendo conforme avanzaban los minutos y brillaban, a lo lejos, los primeros destellos amarillentos del sol. El asfalto se veía más negro y lustroso por la humedad, y el aire que se respiraba tenía un sabor delicioso que bajaba de las montañas cubiertas de pinos, el mismo aroma que debió sentir Cristóforo Colombo cuando Honduras era todavía una india virgen y hermosa, dormida.
Los dos hombres caminaban despacio, como si no quisieran que avanzara el tiempo, hablando de cualquier cosa, soñolientos todavía. Aquella era su ruta de todos los días, pero este sería diferente.
A varios metros de ellos, a la orilla de la carretera y en el basurero que estaba a la derecha, vieron algo que los hizo detenerse de pronto. Un bulto extraño del que sobresalía algo que parecían dos piececitos de niño. Cuando se acercaron más, dieron un grito. Envuelto en varias camisas, mantas sanguinolentas y hasta en un vestidito de niña, estaba el cuerpecito de un recién nacido. Uno de ellos se atrevió a más. Con mano temblorosa destapó la cabecita y se encontró con una bola de pelos sedosos, casi rubios, de tan castaños que eran, manchados de sangre; destapó un poco más y vio la frente amplia, blanca y tersa, y ya no pudo contenerse.
Rechinando los dientes y brillantes los ojos de indignación y de furia, miró a su compañero, y le dijo:
“¿Qué maldita perra haría esto?”
El otro no contestó. Se le quedó viendo con la boca abierta. Él agregó:
“Tenemos que avisar a la Policía”.
LA DNIC. Dora y sus compañeros no tardaron en llegar a la escena. Más atrás venía el fiscal de turno. Cuando desenvolvieron el cuerpo, se encontraron con una niña recién nacida, blanca, de ojos celestes, más grande de lo normal y “tan bella como un ángel”, según la detective.
Restos del cordón umbilical y de la placenta estaban pegados a su espalda, y cuando el médico forense la examinó, le encontró un golpe en la parte de atrás de la cabeza, hacia el oído izquierdo, donde se había hundido el cráneo, quebrados los huesos y machacado el cerebro de la inocente. La indignación no se hizo esperar.
“¡Quiero voluntarios para encontrar a la basura humana que hizo esto!”
La voz de Dora sonó como un trueno. Sus compañeros adoptaron la posición de firmes y levantaron la mano al mismo tiempo. Nadie se quedaría sin participar en la cacería de aquella persona desalmada.
ANALISIS. “A menos de cien metros del basurero está la calle de tierra que lleva a la colonia Flor Blanca -dijo uno de los expertos de Análisis-; esa es la única entrada y salida de esa colonia. Según Inspecciones Oculares, en esa calle de tierra se encontraron algunos puntos, y repito lo que escribieron en su informe, algunos puntos que podrían ser sangre, por las hormigas que tenían, por su color y por su consistencia. Si esto es así, la persona que asesinó a la niña y quien la dejó en el basurero, quizás se trate de la misma persona, debe vivir en esa colonia”.
“Podría ser la misma persona la asesina y quien la vino a dejar al basurero”.
“Exacto. Entonces sería la madre”.
“No va a ser difícil localizarla”.
“Difícil no, tardado; pero si dejamos pasar mucho tiempo, se nos puede escapar. Este es el plan que propongo”.
BÚSQUEDA. Los detectives de la DNIC en Siguatepeque eran pocos en esa época, pero los reforzaron diez policías preventivos, y armaron grupos de dos.
La misión era visitar cada Centro de Salud, cada Cliper (Clínicas Periféricas de Emergencia), cada clínica privada, cada hospital y hasta a las parteras. Con la orden del juez debían recoger información de todas y cada una de las mujeres que estuvieron en control del embarazo en los últimos diez meses, sin dejar pasar un tan solo detalle. Tardaron tres días en reunir la información que necesitaban. Ahora había que visitar a las mujeres, una por una.
INVESTIGACIÓN. Dora estaba entusiasmada con el caso, sabía que iban por buen camino y tenían suficientes elementos como para estar lo suficientemente seguros de que encontrarían a la parricida.
Estaban seguros de que se trataba de la propia madre. Según el perfil elaborado por el experto traído desde Tegucigalpa, se trataba de una mujer de escasos recursos porque en la cabecita destrozada de la niña encontraron tierra y algunos granitos de concreto, aparte del olor a heces que tenía en el pelo. Con estos datos, el experto dijo que la mujer parió en la letrina de la casa, una letrina vieja y casi llena. Era posible que la mujer hubiera intentado deshacerse de su hija ahogándola en la letrina, pero había que tomar en cuenta que la boca de los sentaderos de concreto de estas letrinas, comunes en los barrios más pobres de Siguatepeque, eran estrechas y la niña, de tan grande que era, no pasó. Se deducía esto por los magullones que se le veían en los hombros y en la carita. El perfil geográfico, a partir del basurero, ubicaba la escena del crimen en la colonia Flor Blanca en un setenta y cinco por ciento.
En cuanto a la madre, o sea la asesina, podría tratarse de una mujer de alta estatura, blanca, mayor de treinta y cinco años, quizás gorda, pelo claro. Es posible que sea soltera pero tiene tres o cuatro hijos más. El vestido de niña en que envolvió a la víctima es viejo y es talla para una niña de tres a cuatro años; si es tan viejo como lo vemos, la dueña podría tener cinco años. La camiseta de niño con las letras UCLA en el frente es talla ocho, lo que nos dice que podría tener un hijo de siete u ocho años. El otro hijo, o los otros dos que podemos suponer que tiene, son menores.
Ahora, bien, si es soltera y con tantos hijos, si es mayor de treinta y cinco años, debió salir embarazada por accidente. Pero sobrellevó el embarazo los nueve meses, seguramente estuvo en control médico y no tuvo reparos en mostrar su vientre abultado. Si no abortó antes, ¿qué la llevó a matar a su recién nacida? Tal vez un shock emocional severo. ¿Producido por qué? Es lo que hay que averiguar. Con estos datos, vayan a las pulperías, a las barberías, a las carnicerías, al kínder y a la escuela; alguien debe recordar a una mujer embarazada que obligatoriamente llevó sus hijos a clases, y alguien ha de saber si alguna de ellas ya parió. Tiene que ser soltera, mayor de treinta y cinco años, blanca y rolliza. ¡Ah! Y tiene varios hijos, y es posible que un amante. Y no olviden que es bonita.
RESULTADOS. Una semana después del hallazgo, la investigación dio los primeros resultados. Una mujer con características parecidas a las del perfil estuvo en control en el hospital Santa Teresa. Las enfermeras la recordaban bien. Era madre soltera, tenía tres hijos, era bonita y tenía cuarenta y dos años. Decía que su hija se vino sin desearla pero que el papá estaba loco por ella y que la iba a parir con amor. El perfil no había dicho nada de esto. Lo extraño era que la mujer desapareció y la fecha que le dio el doctor para el parto era precisamente en aquellos días.
“¿Dónde vive esta mujer?”
“En la colonia Flor Blanca”.
“¿Tiene la dirección exacta?”
“Sí.”
SOSPECHOSA. En la escuela, una maestra les dijo a los detectives que desde hacía una semana los niños de Carmen no venían a clases. La niña de cinco años que estaba en el kínder, y el niño de nueve que estaba en tercer grado.
Y la dueña de la pulpería que estaba a media cuadra de la casa de Carmen les dijo que ella la había visto embarazada y que de la noche a la mañana ya no tenía la “enorme barriga”. Lo extraño es que nadie había visto al recién nacido y no se veían pañales en el tendedero del patio. “¿Sería ella la perra malnacida que botó a su hija en el basurero? Si era ella los vecinos tenían que saberlo”.
CARMEN. “Ustedes están equivocados -dijo Carmen, con acento claro, a pesar de que se veía agotada y enferma-; sí parí a mi hija pero se la entregué al papá para que él la críe. Yo no puedo más, tengo tres hijos y mi madre inválida y es mejor así.”
“¿Dónde vive el papá de su niña?”
“En Santa Bárbara”.
“¿Cuál es el nombre de él?”
La mujer habló por varios minutos más. Los detectives se fueron, aparentemente satisfechos.
En la oficina no tardaron en comprobar que el nombre que les diera Carmen no existía. Sin embargo, necesitaban más elementos para presentarle el caso al fiscal y para que este convenciera al juez. Necesitaban una confesión, un testigo y pruebas de sangre.
APOYO. Dora estaba inquieta y encolerizada. Habían trabajado tanto para encontrar una sospechosa y no podían probarle nada. ¿Se estarían equivocando? ¡No! El fiscal tendría que arriesgarse un poco más.
A las seis de la mañana siguiente, un equipo de la DNIC, un juez ejecutor, un fiscal del Ministerio Público y varios técnicos de Inspecciones Oculares entraron con una orden a la casa de Carmen.
En un maletero para recién nacido encontraron camisitas, cuturinas, mamelucos, baberos, calcetines, fajeros, gorros y mantas; además, lociones y colonias, dos pastes de esponja, champú especial para bebés, zapatitos de croché y dos jabones Menem.
“Es que los tengo de recuerdo -dijo Carmen-. El papá le compró más”.
“Bueno, para empezar, ya deje de mentirnos. El nombre que nos dio no existe”.
“Pues es el que yo sé…”
“Bien.”
Tres horas después, los detectives estaban desilusionados. Carmen era inocente. Dora estaba desesperada. Era hora de jugarse una última carta. Habló con el fiscal.
LA NIÑA. Era una niña bonita, de casi seis años, de ojos claros, que miraban asustados a su alrededor, y que se estrujaba los dedos de las manos con nerviosismo.
“No tenga miedo –le dijo Dora-, solo queremos hablar con usted”.
La niña estaba más muda que una piedra.
A las dos de la tarde movió la cabeza. Los detectives vieron una luz al final de túnel.
“¿Usted sabe qué hizo su mamá con su hermanita?”
La niña volvió a mover la cabeza.
“¿No quiere contarnos?”
“¿Qué le van a hacer a mi mamá?”
“Nada malo”.
La niña levantó la mirada.
“Yo estaba dormida. Me desperté porque mi mamá estaba sangrando. Le pregunté qué le pasaba y me dijo que nada, que me durmiera. Pero la vi. Sacó ropa del costal y se fue al patio. Yo la seguí. Dejó la puerta de la letrina abierta, pero estaba claro. La vi que se sentó y pujaba. Vi que sacó a la niña y la tiró al suelo. La envolvió en la ropa y se fue. Me vio y me dijo que me acostara, que ya iba a venir.”
Era suficiente. Carmen estaba descubierta. Cuando la confrontaron con aquella historia, se echó a llorar. Y confesó.
Dijo que estaba enamorada, demasiado vieja, pero se había enamorado de un hombre casado. Este le dijo que quería un hijo porque la esposa era estéril. Él era bueno y le ayudaba con los demás niños. Pero un día le dijo que la esposa ya sabía que tenía a una amante y que esta estaba embarazada. Por desgracia, la esposa estaba en el primer mes de embarazo. Él vino a despedirse, dijo que se iban de Siguatepeque. Ella le preguntó que qué haría ella con la niña, y él le contestó que ese ya no era problema de él, que hiciera lo que quisiera. Y se fue. Ella, decepcionada, se tomó un montón de píldoras, se provocó el parto y quiso echar a la niña a la letrina, pero era demasiado grande y no cupo, por eso la agarró de las piernitas y le estrelló la cabeza en el piso. Después la envolvió en unos trapos y la fue a dejar al basurero. Eran las dos de la mañana. Ahora se arrepentía de lo que había hecho, pero ya era tarde.
Dora llamó a más policías preventivos para que desalojaran la calle de los vecinos de Carmen que estaban listos para lincharla. La subieron a una patrulla y se la llevaron. Cuando el médico la examinó, Carmen apestaba a podrido. Los pedazos de placenta que se habían quedado en su matriz la estaban matando.
El juez la condenó a treinta y cinco años de cárcel.
