El dilema de Humala
Cambiar de opinión puede ser señal de volubilidad, astucia o pragmatismo. En el caso de Ollanta Humala, es poco probable que sea lo primero. Si se lee su plan de gobierno, la perspectiva es ciertamente muy inquietante para empresarios e inversores. Bajo el título de "La gran transformación", Humala no solo critica la forma actual del libre mercado imperante en el Perú, sino que propone, entre otras cosas, la creación de una "economía nacional de mercado", "la nacionalización de las actividades estratégicas" y "la renegociación de los tratados de libre comercio".
"Si el plan de gobierno se aplica tal cual en un eventual gobierno de Humala, esto significaría un retroceso brutal para el país. Todo lo avanzado podría irse al tacho en sólo seis meses", dice un político proveniente del APRA, que prefiere mantener su nombre en reserva.
Fernando Tuesta, director del Instituto de Opinión Pública de la Universidad Católica de Lima, resalta en cambio el pragmatismo demostrado por Humala en la elección. "Lo que dice en un determinado momento puede dejarlo a un lado en otro. Como todo político, ha aprendido a acomodarse a la situación que se le presenta", dice.
Los reniegos y mudanzas son parte del trabajo de un político. A este respecto, Tuesta no está solo en la percepción de que Humala no posee, grabado en la frente, el número 666 de la bestia populista. "Un triunfo de Ollanta no significa un abandono abrupto del modelo, sino un proceso de matización", dice el especialista en relaciones internacionales Katchik DerGhougassian, en Buenos Aires. "No creo que haya cambiado, pero ha madurado y tiene ahora un discurso más realista". Tal realismo tiene que ver con límites objetivos. Ricardo Vásquez Kunze, analista político y columnista de un diario limeño, ve "indicios de que Humala podría gobernar de una manera razonable. Los corsés de nuestra política y de nuestra economía no le permitirían ninguna aventura negativa para el país". Corsés más fuertes se han visto desbaratados, pero su posición minoritaria inicial en el Congreso es una barrera concreta. En efecto, del total de 130 parlamentarios, los nacionalistas apenas han obtenido una mayoría minoritaria de 46 escaños, muchos de ellos provenientes de la antigua coalición de la Izquierda Unida.
Kurt Burneo, exviceministro de Hacienda durante el gobierno de Alejandro Toledo, es una de las 39 personalidades que se han incorporado al equipo de gobierno de Humala para revisar su plan y hacerlo algo más amistoso para las clases medias peruanas, aparente señal de que no todo lo escrito tomará vida. "En realidad hay muchos puntos de convergencia entre lo que propone Humala y lo que planteaba Perú Posible", dice.
Según Burneo, descartada la posibilidad de una asamblea constituyente, puesto que el nuevo Congreso no apoyaría esta iniciativa, muchos de los cambios constitucionales referidos al tema económico se harían de manera gradual: "La propuesta original supone modificaciones muy rápidas, y el punto es que estos cambios tienen que pasar por un debate. Coincido en que hay que revisar algunos aspectos del capítulo económico de la Constitución, sobre todo en el rol subsidiario del Estado, que en estos momentos le impide presentarse como un ofertante de servicios que la actividad privada no provee", dice.
Burneo se refiere, entre otras cosas, a los créditos que el sistema financiero privado otorga a las microempresas. "Hay 4 millones de microempresas en este país y el sistema privado sólo puede atender a 1,300,000. A través del Banco de la Nación, el Estado podría convertirse en un ofertante de última instancia".
¿Nacionalismo con apellido?
En el campo de las relaciones exteriores se espera de Humala un acercamiento fuerte a Bolivia y Brasil y una relación más fría con EE.UU. "Con Ollanta no creo que vayamos a ver un giro radical a la izquierda o una confrontación con EE.UU.", dice DerGhougassian, que integra el equipo multidisciplinario de estudio del ALBA de la U. de Miami. "El auge del bolivarianismo ya pasó, fue el inicio de la transición hacia la era post Consenso de Washington".
Juan Eduardo Coeymans, experto en macroeconomía del Instituto de Economía de la U. Católica de Chile, ve riesgos importantes en el nacionalismo de Humala. "Podría ser contra la inversión extranjera en general, pero también hacer algo disfrazado contra las inversiones chilenas, como regulaciones más duras en los sectores con más presencia chilena".
En cambio, para Manuel Agosín, decano de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile, esta no sería una política muy sagaz. "Hay que ver cuál va a ser su posición a la hora de la verdad, porque se puede ser antichileno, pero hay que dar empleo, y las empresas chilenas llegan con grandes capitales a invertir y dar empleo".
Sin embargo, Ollanta podría ser un nacionalista selectivo en materia económica. Tal vez Odebrecht, Itaú y Petrobras quepan perfectamente en su economía nacional de mercado.
El problema es que los conflictos con Chile hoy no son los roces habituales por el tratamiento de inversiones mutuas o las clásicas paranoias de espionaje cruzado que la prensa de ambos países suele amplificar hasta el absurdo. Existe una disputa sobre el uso económico de una zona marítima, lo cual sirve para alimentar a los nacionalistas de ambos países. "En un primer momento, las relaciones con Chile van a tener puntos de tensión. Humala es un excomandante del Ejército y los militares peruanos se han formado alrededor del tema chileno con una visión particular", dice Tuesta. Por ello, el diferendo por la delimitación que se encuentra actualmente en la Corte de La Haya marcará la relación bilateral en los próximos años.
"En el caso que el fallo de La Haya sea desfavorable a Chile, la relación que el Perú tenga con Brasil va a ser determinante como contrapeso geopolítico", anticipa Vásquez Kunze.
Lo anterior no es novedad, pero sí que Humala podría -dada la debilidad de la alianza que lo sostiene- sentir la tentación de apoyarse en las FF AA. Hasta ahora, ellas se han mantenido en el silencio más estricto. La percepción, no confirmada, es que no pocos están alineados con él hasta por un tema generacional: muchos de sus ex camaradas ahora ocupan puestos relevantes en los niveles medios y altos del Ejército. ¿Será el nacionalismo de Humala un vehículo para crear orgullo, moderando las brechas de desigualdad, o se contaminará con la versión beligerante de los roces fronterizos? Nadie más que Humala lo sabe. De la forma que le dé a su nacionalismo dependerán muchas decisiones de su gestión. Y de si opta por el guión del caudillo personalista, como Hugo Chávez, o si prefiere la ruta de político reformador, como Lula da Silva.
De la forma definitiva que le dé a su nacionalismo dependerán muchas de las decisiones de Ollanta. Si adopta el guión de caudillo populista o si prefiere el de reformador.
"Yo soy mi padre"
Keiko Fujimori nunca ha tenido problema alguno en reconocer que siempre actuó en política por "deber" y obediencia a su padre. La pregunta que se estarán haciendo millones de peruanos ahora es si puede gobernar alguien sin vida política ni ideas propias. Lo que acontezca en el mandato de la joven de 35 años dependerá de si se mantiene como una herramienta de su progenitor encarcelado o hereda su vocación de poder. No sería la primera vez en que el acceso inesperado al Poder Ejecutivo produce una conversión y un político inepto o débil se transforma dramáticamente. Para bien o para mal.
La verdad es que durante toda la campaña actual, la candidata de Fuerza 2011 ha tratado de proyectar la imagen de una política joven, pero capaz de tomar decisiones autónomas. Sus críticos sostienen que ella funciona a modo de pantalla o plataforma para reeditar el gobierno del antiguo fujimorismo, aquel que gobernó durante la década de los años 90 bajo la vieja divisa de que el fin justifica los medios.
Según el analista político Fernando Rospigliosi, es difícil imaginar quién dirigirá en realidad un eventual gobierno de Keiko Fujimori. Si bien han aparecido en el entorno de la actual candidata figuras que conforman el ala más dura del partido, se trata más bien de cuadros activistas, pero no con manejo político. En la lista para la vicepresidencia, por ejemplo, se incluyó a Jaime Yoshiyama, quien fue ministro de Alberto Fujimori, y entre los congresistas elegidos figuran Martha Chávez, Luisa María Cuculiza y Luz Salgado, así como Kenji Fujimori, hermano de Keiko y el parlamentario más votado en el presente proceso, pese a su casi nula experiencia en las lides políticas.
Por ahora, entonces, todo apunta a un control remoto del ex mandatario sobre su hija. "En el gobierno de Alberto Fujimori quienes mandaban eran, claramente, él y su asesor, Vladimiro Montesinos. Ahora no sabemos quién lo hará", dice Rospigliosi. "Es claro que Keiko no, pero aún no podemos predecir quién".
Según el analista, con Keiko en el poder no se desatará, como algunos piensan, una ola de protestas sociales. Rospigliosi recuerda que en Perú no hay organizaciones sociales, ni de derechos humanos, que tengan una estructura sólida y poder de convocatoria. Ni partidos políticos. "El APRA sólo tiene a cuatro congresistas en el Parlamento y al interior del partido hay una enorme desunión", dice. "Ellos no podrían ejercer algún tipo de presión". En resumen, "casi no habrá oposición".
¿Regreso siniestro?
Gustavo Gorriti, periodista que ha investigado los casos de corrupción durante el fujimorismo, opina que no pasará mucho tiempo antes que Fujimori padre asuma el poder real, trayendo consigo lo que para muchos peruanos es un incómodo déjà vu: "Necesitará alguien que lo asesore y, como en los años 90, dirigirá la mirada hacia la Base Naval del Callao (donde cumple prisión Vladimiro Montesinos)".
¿Es posible tal aberración? Gorriti no tiene la menor duda. "Ellos dos saben que, por haberse separado, cada uno terminó en una celda. Sería como una pareja que, luego de divorciarse, se vuelve a casar", dice. El periodista (quien fue secuestrado por un grupo de militares durante el intento de autogolpe ordenado por Fujimori y Montesinos) cree que un gobierno de Keiko podría ser casi un calco riguroso del régimen de su padre: "No habrá cambiado en ninguno de sus términos".
Tal calco se haría visible, al mismo tiempo, en el campo de la economía y las políticas sociales. La candidata asegura que, durante una eventual gestión suya, volverán a emprenderse muchas de las medidas macroeconómicas dispuestas por su padre, que se concentran en la eliminación de las barreras comerciales y en la mayor apertura comercial posible. En el exterior, varios expertos esperan esto. "Keiko puede seguir una línea promercado de su padre", dice Juan Eduardo Coeymans, en Santiago de Chile.
Y no sólo en el exterior. Un influyente empresario peruano, presidente del directorio de una de las más importantes empresas mineras del país (y que prefiere mantener su nombre en el anonimato), reconoce su interés en que ella sea la próxima presidenta del Perú: "Los mercados abiertos permitirán que sigamos aprovechando el alza del precio de los metales. Gran parte del sector empresarial sabe que, a pesar de Montesinos, Alberto Fujimori abrió las puertas de la economía y que su hija haría lo mismo". En ese sentido, y tal como explica Fernando Rospigliosi, "mientras los peruanos, aun aquellos que reniegan del fujimorismo, no sientan ningún efecto negativo en sus bolsillos, ella podrá gobernar sin altibajos. Depende de qué tan inteligente sea su manejo", predice el analista.
Política de la nostalgia.
A nivel de medidas sociales, según lo publicado en su plan de gobierno y en sus declaraciones públicas, Keiko reinstalará los programas de asistencia social establecidos en el gobierno de su padre. A ojos del analista político Carlos Reyna, con ello buscará satisfacer a la base social de sus votantes del interior. Algo vital porque, en un sector del electorado peruano, sigue vigente aquella nostalgia de la asistencia social desarrollada por el fujimorismo en la década del 90. Cabe esperar un aumento de obras públicas en zonas alejadas del país, un sector demográficamente marginal pero muy necesitado, y que en la primera vuelta de los comicios se hizo oír fuerte. Lo de Fujimori tiene el sello indeleble del populismo y el paternalismo. "Esa nostalgia es tan clara, que Keiko, cada vez más seguido, reivindica a su padre", opina Reyna. Pero la Historia no se repite dos veces y, cuando trata de hacerlo, como dice el cliché, la segunda puede tomar visos de tragicomedia o ridículo, como bien lo aprendió Napoleón III (y más de un gobernante latinoamericano). Más allá de sus políticas específicas, un eventual gobierno de Keiko podría obligar a las elites y sociedad peruana a cortar, de una vez por todas, su apego a los residuos aristocratizantes, prejuicios raciales y regionales.
"Desde Alberto Fujimori para adelante hay gran confusión en la política interna de Perú", dice -en Buenos Aires- el especialista en relaciones internacionales de la Universidad de San Andrés, Katchik DerGhougassian. "Siempre gana el candidato que llega en el momento y atrae más la atención y votos".
Es difícil que uno a un presidente funcione y se sostenga desde esa posición oportunista. Perú ha ido de parche en parche, de personalismo en personalismo, con gobernantes. Hasta la economía más floreciente de América Latina podría terminar encallando por esta falta de liderazgo.
Para muchos peruanos, un eventual gobierno de Fujimori es un incómodo déjà vu. Para otros, la nostalgia de un gobierno proclive a programas asistencialistas.
