Asesinato a sangre fría

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres
ElHeraldo.hn

Honduras

05.12.2009 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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Era una mañana demasiado calurosa. Pasaban algunos minutos de las once y media y el día avanzaba lento y pesado. El hombre, un hombre grande y esbelto, estaba sentado sobre la tapadera del inodoro, fumando un puro realmente apestoso y bebiendo Coca-Cola en pequeños sorbos. Aunque estaba pálido y tenía las pupilas dilatadas, trataba de mostrarse sereno; tal vez el histerismo no correspondía a la imagen y personalidad del señor gobernador rotario, y él era un hombre que sabía controlar sus emociones. Quienes lo vieron en esa actitud dicen que se mostraba ansioso y que de vez en cuando se mordía las uñas, aunque en lo demás parecía de piedra.

Moviéndose como un trompo del baño al dormitorio y de aquí a la sala, una mujer blanca, con el pelo teñido de amarillo y de agradable figura, trataba de consolarlo torpemente; se veía ansiosa también y un poco nerviosa y, a pesar del calor intenso que hacía, vestía un abrigo color café de cuello alto y mangas largas y estrechas que le llegaban hasta las muñecas. Ella se estaba maquillando en su casa cuando su esposo la llamó para que se fuera a la casa de su suegra y llegó lo más rápido que pudo. Debía estar con su esposo en aquel momento terrible.

Frente a los ojos dilatados y aparentemente inexpresivos del hombre estaba el cadáver de su madre, una anciana de elevada estatura que estaba por cumplir ochenta y seis años, tirado boca arriba, completamente desnudo, sobre el piso cuadriculado del baño. Era una escena grotesca y la actitud extrañamente contemplativa del hombre que fumaba y tomaba Coca-Cola tranquilo y sereno, repugnó a muchos de los que iban llegando al apartamento al conocer la noticia del asesinato de doña Iolany Matuty de Marichal. Era el miércoles 27 de septiembre de 2006.

2004. Marvin Omar es hoy un hombre avejentado, de mirada huidiza y desconfiada y de difícil carácter. La Policía lo busca por suponerlo responsable del robo de varias joyas en el apartamento de Iolany de Marichal, el día en que lo enviaron del Centro Ferretero para que le pintara unas paredes e hiciera unas reparaciones en la casa de la señora. Llegó con Yovany Alexis, su antiguo amigo, y aprovecharon que doña Iolany los dejó solos para buscar algo de valor en el dormitorio principal. Después de revolverlo todo encontraron las joyas. Eran dos relojes Rólex de oro, uno de ellos con brillantes, anillos de oro, cadenas y un medallón de Rubén Darío, rodeado de diamantes. Para ellos era una pequeña fortuna. Aunque sabe que la Policía está detrás de él, tiene más miedo de "alguien realmente peligroso que lo tiene amenazado si dice algo del robo". Quiere hablar pero desea que el Ministerio Público y el Comisionado de los Derechos Humanos lo protejan. Dice que no sabe qué se hicieron las joyas y que él se gastó en dos días lo que ganó por eso. A veces trata de parecer valiente, pero tiembla cuando imagina la posibilidad de que la fiscalía relacione el robo de agosto de 2004 con el asesinato espeluznante de la señora de Marichal. Jura que no es un asesino y concluye diciendo que su compañero sí sabe dónde fueron a parar las joyas, sobre todo el reloj con diamantes y el medallón de Rubén Darío, "pero si hablo me van a matar".

IOLANY. Era una mujer alta, de piel blanca, elegante y de carácter fuerte y, en ocasiones, pesado, aunque entregaba sinceramente el corazón a quien sabía demostrarle amor. Vivía sola, con dos perros pequeños, en su propio apartamento, en una zona exclusiva de la colonia El Prado. Vivió una vida intensa, sufrió y fue feliz, se enfrentaba a sus tristezas con una dosis de optimismo y resignación y creía siempre en que todo tenía solución. Devota católica, amó a su esposo con todo el corazón, adoró a sus hijos e idolatró a Jessica, su nieta preferida, hija de la única hija que le quedaba: Margarita. Emma Iolany, murió cuando tenía quince años, de un cáncer terminal. Ella la amó hasta el último día. Y ese último día era aquél en que su hijo, fumando y tomando refresco, la miraba desde el inodoro, sin decir palabra, mientras su esposa Rita trataba de consolarlo.

LA ESCENA . Estaba desnuda, tendida en el piso, boca arriba; las cobijas en que la habían arrastrado hasta el baño le arqueaban un poco la espalda y tenía la cabeza y los brazos tirados hacia atrás; veía el techo con un ojo apagado y medio abierto y un hilo de sangre se había coagulado desde su boca hasta la frente, perdiéndose en la base del pelo. También tenía sangre en la nariz y el labio superior estaba hinchado y herido, había sidra cerca de su cabeza y en el fondo de su boca entreabierta podía verse un pequeño charco rojizo en el que parecía nadar su placa dental que se había atorado profundamente en la garganta. Quienes la conocían le dijeron a la Policía que la sidra era su bebida favorita y, según la autopsia, la causa de muerte fue asfixia por atragantamiento. Además, un experto en la escena del crimen está casi seguro de que los asesinos la obligaron a beber sidra de la botella, la placa dental se desprendió de su sitio en el forcejeo y el pico de la botella la empujó hacia su garganta, matándola. Cree que su muerte debió ser terrible y que en realidad querían asesinarla.

SATANISMO.En el cuello y sobre el pecho, dibujado con marcador negro de punta gruesa, estaba escrito "el número de la bestia": 666, y se repetía dos veces más sobre el vientre, casi rozándose unos con otros; al lado izquierdo, alguien le hirió seis veces con un cuchillo cuando la señora ya estaba muerta, y había algo más: sobre el abdomen le pusieron una fotografía de su nieta preferida y sobre esta, la punta de un cuchillo de cocina que descansaba sobre su pierna derecha, en la que también habían escrito el número 666 en caracteres grandes que abarcaban hasta el centro de la rodilla. Más abajo, entre las piernas separadas y medio cubiertas por una sábana, estaba un crucifijo, tirado sobre el suelo y apoyando uno de sus brazos sangrantes en la pantorrilla derecha, y para finalizar, cerca del crucifijo estaba un casette de video que tenía al frente la leyenda: "Cumpleaños de Jessica" y, sobre esto, estaba escrito una vez más el número 666. Los detectives iban de sorpresa en sorpresa. Aquellos eran elementos típicos de un depredador psicópata que estaba dejando un mensaje claro en la escena del crimen y, lo que era peor para él, la huella latente de su personalidad desquiciada como un reto para los investigadores de homicidios. El dormitorio de la señora estaba desordenado, había ropa tirada por todos lados, las gavetas de la cómoda estaban abiertas y los vestidos del clóset habían sido arrancados de sus ganchos con violencia. El resto de la casa estaba en orden. Todo había sucedido en el dormitorio principal. El cadáver ocupaba casi todo el baño, desde la puerta de entrada hasta la pared del fondo. Y sobre él alguien practicó algunos ritos satánicos. Eran detalles que hacían el caso no solo interesante para los detectives de Homicidios, sino también para los expertos en el perfil psicológico del criminal.DECLARACION. Carolina, una bisnieta de doña Iolany que solía acompañarla los fines de semana, le dijo a los detectives que el sábado veintitrés de septiembre, a eso de las tres y media de la tarde, llamó a la casa una muchacha preguntando si la señora todavía necesitaba una trabajadora, a lo que doña Iolany contestó que sí; la mujer le dijo que había escuchado el aviso por la radio y que por eso había llamado. Hicieron la cita para conocerse y después de colgar el teléfono, la señora le dijo a su bisnieta: "Qué raro, yo no he puesto ningún aviso en la radio de que necesito una trabajadora. ¿Cómo lo habrá sabido esta muchacha?" Aunque aquello les pareció misterioso, concluyeron en que tal vez la mujer escuchó uno de los avisos que puso doña Iolany hacía muchos meses y que quizá había guardado el teléfono por si alguna vez lo necesitaba. Dijo que se llamaba Karen y se presentó a la casa el lunes veintiséis, en la tarde; iba muy elegante, con un vestido glamoroso, bien peinada y maquillada y calzando unas botas de cuero negro que le llegaban hasta la rodilla. Doña Iolany la contrató de inmediato y Karen empezó a trabajar el martes siguiente, a las diez de la mañana. Desde ese momento y hasta las cinco de la tarde, pasó con Olga, el ama de llaves de doña Iolany, que le explicó los gustos, reglas y caprichos de la señora, así como el manejo de la casa y otros detalles domésticos que la muchacha asimiló rápidamente.

CLAUDIA. Pero ahora que doña Iolany estaba muerta, la trabajadora no aparecía por ninguna parte. Dijo el vigilante de turno que él la vio salir del edificio a eso de las cinco de la mañana, con una bolsa llena de cosas que supuestamente doña Iolany le había regalado. Era la mañana del miércoles veintisiete de septiembre. En la casa faltaban algunas joyas de fantasía fina, el DVD, la radio grabadora, alguna ropa, dinero en efectivo y las tarjetas de crédito de la señora. Cuando doña Gaby descubrió el cadáver de su hermana, con la que almorzaba varias veces a la semana, eran las once de la mañana, y lo primero que hizo fue llamar al único hijo de doña Iolany que vivía en Honduras: don Ricardo. Cuando llegó la policía y se empezaban a hacer conjeturas acerca del posible criminal, dicen los testigos que Rita María, la guapa esposa de don Ricardo, decía a quien quisiera oírla que no era posible que la trabajadora hubiera asesinado a su suegra, que ella no lo creía, y que podrían ser otros los asesinos. Alguien llegó a creer que tal vez se refiriera a los albañiles que hacían reparaciones en el edificio de apartamentos y, por supuesto, para la policía quizá tendría razón.

LA CAPTURA.Cuando los detectives llegaron al lugar donde vivía Luis, se encontraron con un cuarto estrecho en el que estaba, en el suelo, un colchón viejo y sucio, ropa tirada en un rincón y una motocicleta vieja apoyada en una pared. Cuando la Policía entró a la cuartería, Luis, le dijo a la fiscal, casi a quemarropa: "Yo no la maté, yo no le hice nada a la señora; yo soy inocente". Dice la fiscal que ella ni siquiera le había dicho a quien estaban buscando. La madre de Claudia le dijo a la fiscal que su hija andaba en el barrio El Reparto, en su propia moto amarilla, la que acababa de comprar al contado por veinticinco mil lempiras, y que tal vez no tardaba en regresar. Los detectives se alejaron de la casa por si la mujer regresaba y los veía, quizás sospecharía que la andaban buscando y a lo mejor trataría de escapar. Pero no se alejaron mucho. A menos de una cuadra de la casa, Claudia venía en su moto, capeando los baches y luciendo como una amazona. Los detectives la reconocieron, le cruzaron el carro y la detuvieron: "Estás detenida por el asesinato de Iolany de Marichal" -le dijeron-, subite al carro". La mujer ni siquiera parpadeó. "Pero vayan a traer también a Luis -les dijo, altanera, mientras los detectives subían la moto a la paila de la patrulla-; él vive en El Reparto".

LA CAPTURA.Cuando los detectives llegaron al lugar donde vivía Luis, se encontraron con un cuarto estrecho en el que estaba, en el suelo, un colchón viejo y sucio, ropa tirada en un rincón y una motocicleta vieja apoyada en una pared. Cuando la Policía entró a la cuartería, Luis, le dijo a la fiscal, casi a quemarropa: "Yo no la maté, yo no le hice nada a la señora; yo soy inocente". Dice la fiscal que ella ni siquiera le había dicho a quien estaban buscando. La madre de Claudia le dijo a la fiscal que su hija andaba en el barrio El Reparto, en su propia moto amarilla, la que acababa de comprar al contado por veinticinco mil lempiras, y que tal vez no tardaba en regresar. Los detectives se alejaron de la casa por si la mujer regresaba y los veía, quizás sospecharía que la andaban buscando y a lo mejor trataría de escapar. Pero no se alejaron mucho. A menos de una cuadra de la casa, Claudia venía en su moto, capeando los baches y luciendo como una amazona. Los detectives la reconocieron, le cruzaron el carro y la detuvieron: "Estás detenida por el asesinato de Iolany de Marichal" -le dijeron-, subite al carro". La mujer ni siquiera parpadeó. "Pero vayan a traer también a Luis -les dijo, altanera, mientras los detectives subían la moto a la paila de la patrulla-; él vive en El Reparto".

 

LA CAPTURA.La madre de Claudia le dijo a la fiscal que su hija andaba en el barrio El Reparto, en su propia moto amarilla, la que acababa de comprar al contado por veinticinco mil lempiras, y que tal vez no tardaba en regresar. Los detectives se alejaron de la casa por si la mujer regresaba y los veía, quizás sospecharía que la andaban buscando y a lo mejor trataría de escapar. Pero no se alejaron mucho. A menos de una cuadra de la casa, Claudia venía en su moto, capeando los baches y luciendo como una amazona. Los detectives la reconocieron, le cruzaron el carro y la detuvieron: "Estás detenida por el asesinato de Iolany de Marichal" -le dijeron-, subite al carro". La mujer ni siquiera parpadeó. "Pero vayan a traer también a Luis -les dijo, altanera, mientras los detectives subían la moto a la paila de la patrulla-; él vive en El Reparto". Cuando los detectives llegaron al lugar donde vivía Luis, se encontraron con un cuarto estrecho en el que estaba, en el suelo, un colchón viejo y sucio, ropa tirada en un rincón y una motocicleta vieja apoyada en una pared. Cuando la Policía entró a la cuartería, Luis, le dijo a la fiscal, casi a quemarropa: "Yo no la maté, yo no le hice nada a la señora; yo soy inocente". Dice la fiscal que ella ni siquiera le había dicho a quien estaban buscando.

LA ESCENA

EL ATAQUE. El cuerpo tenía señales de violencia. Los detectives se tomaron su tiempo para analizar la escena y vieron que tenía dos heridas ligeramente curvadas sobre el labio superior y justo en la línea de las mejillas, quizás producidas por la presión de dos uñas largas y fuertes; también tenía un moretón un poco arriba del seno izquierdo y otros parecidos en la muñecas y en los antebrazos. Eran redondos y claramente se veían que fueron hechos con un martillo. El experto cree que ella trató de protegerse con los brazos y que también quiso defenderse porque los técnicos de Inspecciones Oculares encontraron en las uñas de sus manos restos de piel y partículas de sangre coagulada; por desgracia, eran una muestra insuficiente para el laboratorio "y a nadie se le ocurrió recolectarlas como evidencias". Pero algo sí era seguro: doña Iolany se enfrentó a sus asesinos y al menos a uno de ellos le enterró las uñas en la piel, posiblemente en la cara, brazos y cuello.

SATANISMO. El dormitorio de la señora estaba desordenado, había ropa tirada por todos lados, las gavetas de la cómoda estaban abiertas y los vestidos del clóset habían sido arrancados de sus ganchos con violencia. El resto de la casa estaba en orden. Todo había sucedido en el dormitorio principal. El cadáver ocupaba casi todo el baño, desde la puerta de entrada hasta la pared del fondo. Y sobre él alguien practicó algunos ritos satánicos. Eran detalles que hacían el caso no solo interesante para los detectives de Homicidios, sino también para los expertos en el perfil psicológico del criminal.

En el cuello y sobre el pecho, dibujado con marcador negro de punta gruesa, estaba escrito "el número de la bestia": 666, y se repetía dos veces más sobre el vientre, casi rozándose unos con otros; al lado izquierdo, alguien le hirió seis veces con un cuchillo cuando la señora ya estaba muerta, y había algo más: sobre el abdomen le pusieron una fotografía de su nieta preferida y sobre esta, la punta de un cuchillo de cocina que descansaba sobre su pierna derecha, en la que también habían escrito el número 666 en caracteres grandes que abarcaban hasta el centro de la rodilla. Más abajo, entre las piernas separadas y medio cubiertas por una sábana, estaba un crucifijo, tirado sobre el suelo y apoyando uno de sus brazos sangrantes en la pantorrilla derecha, y para finalizar, cerca del crucifijo estaba un casette de video que tenía al frente la leyenda: "Cumpleaños de Jessica" y, sobre esto, estaba escrito una vez más el número 666. Los detectives iban de sorpresa en sorpresa. Aquellos eran elementos típicos de un depredador psicópata que estaba dejando un mensaje claro en la escena del crimen y, lo que era peor para él, la huella latente de su personalidad desquiciada como un reto para los investigadores de homicidios.

MÁS. El rosario de madera que había pertenecido a la madre de doña Iolany lo pusieron a su derecha, sobre la curva que formaba la colcha en que arrastraron el cadáver hasta el baño y, para finalizar, algo realmente grotesco, el colmo de la morbosidad y la aberración de los asesinos: le metieron el cuello de una botella de sidra medio vacía en la vagina, y se la dejaron allí; era algo aborrecible.

DECLARACION.

Carolina, una bisnieta de doña Iolany que solía acompañarla los fines de semana, le dijo a los detectives que el sábado veintitrés de septiembre, a eso de las tres y media de la tarde, llamó a la casa una muchacha preguntando si la señora todavía necesitaba una trabajadora, a lo que doña Iolany contestó que sí; la mujer le dijo que había escuchado el aviso por la radio y que por eso había llamado. Hicieron la cita para conocerse y después de colgar el teléfono, la señora le dijo a su bisnieta: "Qué raro, yo no he puesto ningún aviso en la radio de que necesito una trabajadora. ¿Cómo lo habrá sabido esta muchacha?" Aunque aquello les pareció misterioso, concluyeron en que tal vez la mujer escuchó uno de los avisos que puso doña Iolany hacía muchos meses y que quizá había guardado el teléfono por si alguna vez lo necesitaba. Dijo que se llamaba Karen y se presentó a la casa el lunes veintiséis, en la tarde; iba muy elegante, con un vestido glamoroso, bien peinada y maquillada y calzando unas botas de cuero negro que le llegaban hasta la rodilla. Doña Iolany la contrató de inmediato y Karen empezó a trabajar el martes siguiente, a las diez de la mañana. Desde ese momento y hasta las cinco de la tarde, pasó con Olga, el ama de llaves de doña Iolany, que le explicó los gustos, reglas y caprichos de la señora, así como el manejo de la casa y otros detalles domésticos que la muchacha asimiló rápidamente. CLAUDIA. Pero ahora que doña Iolany estaba muerta, la trabajadora no aparecía por ninguna parte. Dijo el vigilante de turno que él la vio salir del edificio a eso de las cinco de la mañana, con una bolsa llena de cosas que supuestamente doña Iolany le había regalado. Era la mañana del miércoles veintisiete de septiembre. En la casa faltaban algunas joyas de fantasía fina, el DVD, la radio grabadora, alguna ropa, dinero en efectivo y las tarjetas de crédito de la señora. Cuando doña Gaby descubrió el cadáver de su hermana, con la que almorzaba varias veces a la semana, eran las once de la mañana, y lo primero que hizo fue llamar al único hijo de doña Iolany que vivía en Honduras: don Ricardo. Cuando llegó la policía y se empezaban a hacer conjeturas acerca del posible criminal, dicen los testigos que Rita María, la guapa esposa de don Ricardo, decía a quien quisiera oírla que no era posible que la trabajadora hubiera asesinado a su suegra, que ella no lo creía, y que podrían ser otros los asesinos. Alguien llegó a creer que tal vez se refiriera a los albañiles que hacían reparaciones en el edificio de apartamentos y, por supuesto, para la policía quizá tendría razón.

LA FISCAL. El crimen estremeció a la sociedad y la presión para que se resolviera empezó a aumentar. En el Ministerio Público le asignaron el caso a la asistente de fiscal Ana Alvarado. Para los detectives el caso no tenía pies ni cabeza pero Ana tenía un as bajo la manga: la llamada telefónica del sábado veintitrés. Pidió a Hondutel un vaciado del teléfono de doña Iolany, a través de una orden judicial, y detectó la llamada de Karen. Había llamado desde un teléfono portátil Multifón, vendido por mil lempiras a Karen Flores, que vivía en la colonia San Miguel. Ana no perdió el tiempo. Esa misma tarde llegó a la casa de Karen, al frente de un grupo de policías. Le preguntó si era suyo aquel número de teléfono y ella dijo que no. Cuando le dijeron que la llevarían a la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC), por considerarla sospechosa de asesinato, robo y actos de lujuria en perjuicio de Iolany de Marichal, la mujer se puso a temblar y, llorando, siguió diciendo que era inocente. Ana no conocía la piedad y la puso en medio de un grupo de personas para que fuera reconocida por Olga, el ama de llaves de doña Iolany, y por don Félix, el vigilante de turno, que había visto entrar y salir a la trabajadora. Los dos dijeron que esa mujer no era Karen. Esta era muy delgada, casi no tenía senos y no se parecía en nada a la mujer que ellos conocían. Ana no tuvo más remedio que dejarla libre. Le dijo: "Te voy a dejar ir, pero quiero que te acordés si vos en algún momento le prestaste tu identidad a alguien. Ese teléfono de Multifón está a tu nombre, con tu número de identidad y tu dirección. Desde ese número llamaron a la señora tres días antes de que la mataran y para la DNIC y para la fiscalía vos sos sospechosa. Tratá de recordar y llamame. Si vos nos ayudás, nosotros te ayudamos". Karen salió de allí como alma que lleva el diablo. Era casi medianoche. La mujer temblaba de miedo, de frío y de hambre, pero estaba libre.

LA LLAMADA. Era temprano en la mañana del día siguiente; Ana estaba de mal humor cuando sonó el teléfono de su oficina. Era Karen. Le dijo que ya se acordaba de quien se había quedado con su identidad por dos o tres días: su prima Claudia. Dijo que Claudia llegó a visitarla a su casa, que le preguntó que cuántos años tenía y que cuando se lo dijo ella no le creyó. "A ver -le dijo, incrédula-, enseñame tu identidad para ver si es cierto". Ella se la dio, conversaron de algunas cosas, Karen se distrajo y, mucho rato después, le pidió la identidad a su prima. Esta le dijo que ya se la había entregado y la retó a que la buscara. Luego se fue de la casa. Dos o tres días después se la devolvió, diciéndole que la había guardado en una bolsa del pantalón y que no se acordaba en qué momento la puso ahí. Ella creyó siempre que se la había devuelto. Eso sucedió un mes antes de que doña Iolany fuera asesinada. El teléfono de Multifón fue vendido a Karen Flores por esa época.

CLAUDIA. Cuando Ana Alvarado llegó a la casa de Claudia en la colonia La Sosa, al frente de un grupo de detectives, ella no estaba en la casa, pero la mamá les permitió entrar. La fiscal llevaba varias fotografías y datos de las cosas que se habían robado de la casa de doña Iolany. Lo primero que encontró en la sala fue el DVD; en el cuarto del papá de Claudia estaba la radiograbadora, en un rincón del cuarto de la muchacha estaban las botas con que llegó el lunes a la entrevista con la señora, y en el fondo de una caja llena de ropa, estaba una camisa muy olorosa; Ana la sacudió y vio cómo caía al suelo un papelito amarillo: era un comprobante de compra con tarjeta de crédito: una de las tarjetas de crédito de doña Iolany. Era hora de buscar a Claudia.

LA CAPTURA.

La madre de Claudia le dijo a la fiscal que su hija andaba en el barrio El Reparto, en su propia moto amarilla, la que acababa de comprar al contado por veinticinco mil lempiras, y que tal vez no tardaba en regresar. Los detectives se alejaron de la casa por si la mujer regresaba y los veía, quizás sospecharía que la andaban buscando y a lo mejor trataría de escapar. Pero no se alejaron mucho. A menos de una cuadra de la casa, Claudia venía en su moto, capeando los baches y luciendo como una amazona. Los detectives la reconocieron, le cruzaron el carro y la detuvieron: "Estás detenida por el asesinato de Iolany de Marichal" -le dijeron-, subite al carro". La mujer ni siquiera parpadeó. "Pero vayan a traer también a Luis -les dijo, altanera, mientras los detectives subían la moto a la paila de la patrulla-; él vive en El Reparto".

Cuando los detectives llegaron al lugar donde vivía Luis, se encontraron con un cuarto estrecho en el que estaba, en el suelo, un colchón viejo y sucio, ropa tirada en un rincón y una motocicleta vieja apoyada en una pared. Cuando la Policía entró a la cuartería, Luis, le dijo a la fiscal, casi a quemarropa: "Yo no la maté, yo no le hice nada a la señora; yo soy inocente". Dice la fiscal que ella ni siquiera le había dicho a quien estaban buscando.

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