En el bosque protegido de Tapajós, en el norte de Brasil, una cooperativa maderera de pobladores locales intenta proteger la selva talando árboles seleccionados en acuerdo con el gobierno, dando ejemplo de que la Amazonia puede ser explotada de forma sostenible.
Es un día normal de fuerte calor y humedad. Con casco y camiseta naranja de la cooperativa de los pobladores locales Flona Tapajos, Marcelo Castro se adentra en la selva con sus colegas, selecciona un árbol del inventario aprobado por el gobierno y procede a cortarlo con la motosierra.
Los precisos cortes dirigen el tronco hacia el lado que menos impacto causará en el bosque. El árbol, de 26 metros y tal vez centenario, cae con un estruendo desgarrador, casi un gemido, y acaba en el suelo.
Horas después, Carlito Lira, un fiscal del gobierno, anota y comprueba: especie, área de procedencia y número de serie del árbol, matrícula del camión y nombre del conductor que lo llevará a la ciudad.
CON RESPONSABILIDAD.
La madera talada en esta porción de selva del oeste del Estado de Pará será embarcada en el puerto de Santarén, a una hora de distancia, y cruzará la Amazonía en barco por varios días hasta llegar al Atlántico y Europa, tras el censo que garantiza que no fue obtenida de la deforestación ilegal.
El gobierno brasileño ha adjudicado a la cooperativa 32,000 hectáreas en el bosque Tapajós, con la contrapartida de que su gestión sea social y ambientalmente correcta y que un 15% de sus beneficios se destinen a las comunidades locales.
Cada año la cooperativa trabajará un área de 1,000 hectáreas, donde puede derrumbar árboles preseleccionados para minimizar el impacto en la densidad del bosque. Y esa área luego permanecerá sin tocar por 30 años, plazo que se estima que la selva necesita para regenerarse.
MANEJO SOSTENIBLE.
Integrada por 22 comunidades del bosque Tapajós y con 60 empleados locales, la cooperativa inició su proyecto de manejo forestal hace cuatro años. Acaba de ganar el premio Negocio Sostenible del ente gubernamental de parques Instituto Chico Mendes, y un contrato de dos millones de dólares con una maderera.
"Aquí no hay fuentes de empleo o renta, nuestro mayor desafío es trabajar de manera sostenible para que nuestros hijos tengan esa perspectiva", afirma Sergio Pimentel, presidente de la cooperativa.
"Ese manejo del bosque no altera el clima y protege la selva, porque la explotación de madera es limitada y selectiva, y la presencia de los pobladores garantiza que no llegará alguien a prenderle fuego", explica Lia Melo, especialista de la Universidad del Oeste de Pará.
Melo reconoce en Tapajós un ejemplo opuesto al de ganaderos y madereros ilegales que han hecho de esta región una de las más acechadas por la deforestación.
Un proyecto así requiere dinero y formación. La cooperativa de Pimentel comenzó con unos 800,000 dólares de cooperación alemana y gobierno brasileño; otras comunidades intentan desarrollar, con cooperación francesa, proyectos con otros productos selváticos, como aceites para cosméticos, y semillas, pero enfrentan problemas de patentes y legalización.
Las iniciativas son muchas, pero son gotas de agua en un mar gigante como es la Amazonía.
Por eso el tema estará de lleno en las negociaciones de la Cumbre del Clima de Copenhague en diciembre, ya que la destrucción de los grandes bosques del planeta, que libera toneladas de CO2 retenidas por su manto vegetal, provoca cerca del 20% de las emisiones de gases que produce el calentamiento global.
"Para enfrentar la deforestación, el desafío es mostrar a los pobladores que el bosque tiene un valor en pie, y solo lo conseguiremos cuando encontremos la manera de que sus pobladores ganen más aprovechándolo que derrumbándolo", afirma el jefe local del Instituto del Medio Ambiente (policía de la selva), Gustavo de Podesta.
Tras llegar a niveles de deforestación que rondaron 30,000 kilómetros cuadrados anuales al inicio de la década, este año Brasil consiguió su menor nivel en 20 años, pero aun así fueron 7,000 km2 de Amazonía devastada.
Cuarto emisor mundial de gases nocivos para el clima, Brasil ha asumido protagonismo en la cumbre de Copenhague, a la que el presidente brasileño, Luiz Inacio Lula da Silva, llega con un compromiso de reducir de 36 a 38% las emisiones sobre el estimado para 2020, incluyendo una reducción de 80% en la deforestación amazónica. A cambio, reclama financiación de los países ricos.
Calentamiento global.
El derretimiento de los glaciares, el deshielo de los suelos cercanos al Polo Norte y la disminución de la capacidad de absorción de gas carbónico por las selvas y los océanos son verdaderas bombas de relojería que podrían acelerar el cambio climático, según los científicos.
La concentración atmosférica en CO2, que pasó de 280 ppm hace 150 años a 385 ppm en la actualidad, sigue aumentando (las ppm o partes por millón miden la parte de moléculas de gas de efecto de invernadero en el aire).
Inclusive si las emisiones de CO2 de origen humano pararan por completo mañana mismo, la concentración atmosférica de dióxido de carbono se mantendría aun al mismo nivel durante varios siglos.
"El sistema tiene una inercia relativamente importante", recalca el climatólogo Hervé Le Treut.
Se necesitarán varias décadas, al menos, antes de poder detener el aumento de las temperaturas, y el ascenso del nivel promedio de los mares continuará durante siglos, recuerda.
"Una vez iniciada, la transición hacia un casquete polar más pequeño no será probablemente reversible", aseguran 24 climatólogos en un documento publicado la semana pasada por el Instituto de Investigaciones de Postdam sobre el clima, en vísperas de la cumbre de Copenhague (7-18 de diciembre).
El ritmo del aumento del nivel de los mares dependerá de la velocidad a la que fundirán los casquetes glaciares de Groenlandia y la Antártida. El derretimiento de los hielos en Groenlandia provocaría una elevación promedio de siete metros en el nivel de los océanos.
La presencia de hielo protege al planeta porque actúa como un espejo, reflejando los rayos del sol e impidiendo que el calor sea absorvido por el suelo y los océanos.