Bibliotecas, la memoria de la vida

La escritura es la base de la existencia de un libro y, por tanto, de una biblioteca.
ElHeraldo.hn

Honduras

06.08.2011 - Nueva Acrópolis - infoSPAMFILTER@acropolishonduras.org

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Si cada día amaneciéramos amnésicos, deberíamos partir dolorosamente de cero para construir nuestra propia historia.

Saber de dónde vinimos, quién es nuestra familia, cómo aprendimos a hablar y a comunicarnos, qué tarea emprendimos ayer y qué nos habíamos propuesto conquistar hoy, se convierte en una herramienta crucial para bregar con las situaciones de la vida y borrar un pesado vacío, llenando de experiencia nuestra mochila de caminantes por la vida.

Si con cada noche de sueño perdiéramos la rica vivencia del día anterior, viviríamos en un eterno comienzo, sin conocer la sensación de avance.

Para la humanidad pasa lo mismo. Aprender es evolucionar. Si la humanidad ha dado grandes pasos, aunque haya habido algunos retrocesos, ha sido gracias a la transmisión del saber. En esto ha desempeñado un papel importante un gran invento: la biblioteca.

Cualquier material ha servido como soporte para plasmar reflexiones que perduraron en el tiempo. Incluso, tal vez algún sistema que no imaginamos guarde todavía este saber. Pensemos en nuestros DVD. Si nuestra civilización se perdiera, ¿qué pasaría si, dentro de miles de años, alguien “descubriera” un resto arqueológico muy interesante, con forma de disco, de color metálico? Los futuros investigadores, ¿llegarían a imaginar que “eso” contiene una voz y una imagen que está contando, pongamos por caso, El Quijote?

La magia de las letras. La escritura es la base de la existencia de un libro y, por tanto, de una biblioteca. Las nociones abstractas y los objetos cotidianos se representaron con pictogramas, ideogramas y signos fonéticos. A veces se simbolizó un sonido, y otras, una idea, pero siempre, la información estuvo condicionada por el soporte en el que se registraba.

Durante miles de años, los hombres grabaron su escritura con cincel sobre barro y piedra, la rasparon sobre cera o cuero y la pintaron sobre bambú, papiro o seda, pero con una característica esencial: solo una copia al mismo tiempo.

La piedra es el soporte más antiguo de escritura que conocemos. Con él nos han llegado documentos de gran trascendencia, como la Piedra de Rosetta, gracias a la cual se pudo descifrar el lenguaje jeroglífico egipcio, o el Código de Hammurabi, que nos muestra algunas leyes de la antigua Mesopotamia.

Del Oriente Próximo conocemos las tablillas de arcilla, de hace más de 5,000 años. Los caracteres cuneiformes se imprimían con un cálamo o un estilete, y fue la escritura usada por asirios y sumerios. Las tablillas se cocían después y quedaban solidificadas. Contenían textos dedicados a astronomía, medicina y matemáticas.

Los escribas del antiguo Egipto fueron, quizá, los más antiguos productores de manuscritos. Escribían sobre papiro, que puede considerarse el antecesor del papel, el cual obtenían a partir del tallo de una planta muy abundante a orillas del Nilo. Fue el vehículo de la transmisión escrita durante más de 3,000 años.

China nos ha legado diferentes formatos de libros y soportes para la escritura, como hueso, escamas, madera o seda. Inventaron el papel, la tinta y la impresión con bloques tallados de madera. Esto permitió hacer muchas copias de una obra y distribuirla. Algo había cambiado.

En el siglo XI, Pi Cheng inventó la imprenta con tipos móviles de madera, pero entonces no fue considerado un invento demasiado útil por el elevado número de caracteres diferentes que componen el idioma chino. Gutenberg cambiaría el mundo cuatros siglos después con el mismo invento; solo tuvo que sustituir la madera por plomo.

En Europa se utilizó el pergamino durante la Edad Media. Aunque lo popularizó la ciudad de Pérgamo en el siglo III a. C., ya existía desde mucho antes. Era un material preparado a partir de la piel de un animal. Por desgracia, era bastante costoso y esto originó la nefasta costumbre de borrar los textos originales para reescribir sobre ellos. De este modo, el Palimpsesto de Arquímedes, por ejemplo, pasó de ser un escrito sobre “uso de medios mecánicos para demostraciones geométricas” a ser una colección de salmos y oraciones de un convento.

Biblioteca: un lugar para aprender. Las bibliotecas fueron los puntos de encuentro donde se reunieron los hombres para estudiar, instruirse, razonar y difundir el saber.

Allí se custodiaron muchos conocimientos que sobrevivieron muchas generaciones y que, a veces olvidados, resurgieron con fuerza en momentos distintos de la historia. En el antiguo Egipto las bibliotecas se llamaban “Casas de la vida” y estaban situadas en templos y palacios reales. Los rollos de papiro se conservaban en jarras de barro, cajas de madera, ánforas o estuches de cuero, protegidas con telas.

Sin embargo, no se ha descubierto ninguna de estas “Casas de la vida”, aunque los papiros que conocemos contienen importantes conocimientos sobre ciencias y organización social. En el siglo VI apareció en el continente europeo un personaje muy importante para el desarrollo posterior de las bibliotecas: San Benito.

Fundó el monasterio de Monte Casino y elaboró la regla de su orden, que tendría una importancia decisiva en la actitud de los monjes y de los centros monacales durante la Edad Media. San Benito dio una gran importancia a la lectura y a la copia y conservación de manuscritos.

Detalló las horas que debían dedicarse al estudio y a la lectura, y cómo se tenía que organizar el trabajo en los monasterios para poder satisfacer la demanda constante de manuscritos. Las bibliotecas, durante la primera parte de Edad Media, se encontraban casi exclusivamente en los monasterios.

Los árabes crearon bibliotecas impresionantes, dignas de su gran cultura. Fueron ellos los que transmitieron una parte importante de las obras griegas a Europa.

Las traducciones del árabe devolvieron al mundo occidental a sus propios clásicos, perdidos muchas veces y recuperados a través de las bibliotecas árabes y bizantinas. El mundo musulmán de entonces tenía un alto nivel de alfabetización y conocían el papel. Además, la mayoría de las mezquitas disponían de una biblioteca y una escuela donde se enseñaba la lectura a partir del recitado del Corán. Las bibliotecas más famosas fueron la de Harun-al Raschid en Bagdad y la de Al-Hakein I en Córdoba. Con el Renacimiento las bibliotecas se ponen al servicio público.

Empiezan a fundarse las bibliotecas nacionales, formadas a partir de las colecciones reales. Los libros de Gustavo Adolfo de Suecia fueron la base de la gran biblioteca de la universidad de Upsala. En Rusia, las colecciones de Pedro el Grande, de Alejandro Souvorov y del conde José Zaluski, de Polonia, sirvieron para fundar la Biblioteca Nacional de Leningrado. En Italia, se fundó la célebre Biblioteca Ambrosiana de Milán, que puede decirse fue la primera biblioteca pública que existió en Europa.

Alejandría: el sueño hecho realidad. Hubo una vez un rey que soñó que las distintas razas y creencias no eran motivo suficiente para separar a los hombres, que las fronteras eran un artificio inútil y que con el avance del saber, toda la humanidad saldría ganando. Se llamaba Alejandro y conquistó todo su mundo conocido. Su nombre quedó en una ciudad fundada por él al norte de Egipto: Alejandría, la cuna de un sueño que sus sucesores hicieron realidad. Durante el reinado de Ptolomeo I se construyeron allí el faro, el museo (el edificio consagrado a las musas), que contenía la biblioteca madre, y la biblioteca del templo de Seraphis.

La biblioteca se enriqueció con colecciones famosas y con leyes que favorecían su crecimiento. Todos los viajeros que llegaban debían declarar y entregar los libros que poseían. Después de copiarlos, se devolvían las copias a los propietarios y Alejandría se quedaba con los originales.

Durante siglos, la biblioteca funcionó como un centro de investigación artística y científica, abierto a las mejores mentes de la época, sin restricciones geográficas o raciales. Los Ptolomeos dedicaron grandes sumas a potenciarla. De aquello ya no queda nada. En el año 48 la torpeza humana volvió a hacer su aparición y todo el saber acumulado durante siglos se perdió en poco tiempo. Desapareció por un desgraciado incendio durante la guerra entre Roma y Egipto.

El centro cultural más importante del mundo helenístico, que nos hubiera resuelto numerosos misterios sobre nuestro pasado si hubiéramos podido acceder a sus libros, se llevó su gloria al mundo del recuerdo.

Conservar para renacer. Alejandría entró en la leyenda, pero no fue la primera que tuvo un proyecto de engrandecimiento de la cultura y la civilización.

Asurbanipal fue un rey guerrero y culto que gobernó un imperio que se extendía desde Egipto hasta Persia. Siete siglos antes de nuestra era, engrandeció la biblioteca real de Nínive, iniciada por el también monarca Sargón de Asiria, su bisabuelo. Envió a numerosos escribas por todas las bibliotecas de Asiria y Babilonia para que copiaran las obras importantes.

Más de veinte mil de estas tabletas se conservan ahora en el Museo Británico, después de permanecer ocultas hasta 1845. Tratan sobre historia, religión, ciencias, literatura, arte y magia. Gracias a ellas se ha reconstruido una de las obras maestras de la literatura universal, La epopeya de Gilgamesh, que narra el viaje épico de un hombre que busca la inmortalidad.

También hubo una importante biblioteca en Ebla, cerca de Ugarit, en la actual Siria, que ya era un centro muy conocido por contener una amplia colección de archivos diplomáticos y literatura más de mil años antes de nuestra era. En 1975 se descubrieron en el palacio 20,000 fragmentos de tabletas con una especie de signatura en el lomo que las identificaba.

“Basta echar un vistazo a un libro para oír la voz de alguien que quizás murió hace miles de años. El autor habla a través de los milenios de modo claro y silencioso dentro de nuestra cabeza (…). La escritura (…) une a ciudadanos de épocas distantes, que nunca se conocieron entre sí. Los libros rompen las ataduras del tiempo, y demuestran que el hombre puede hacer cosas mágicas. (…) Por el precio de una cena modesta uno puede meditar sobre la decadencia y la caída del Imperio Romano, sobre el origen de las especies, la interpretación de los sueños y la naturaleza de las cosas. Los libros son como semillas. Pueden estar siglos aletargados y luego florecer en el suelo menos prometedor”. Carl Sagan.

Invitación

Nueva Acrópolis, ofrecerá este domingo a las 3:00 PM un taller de apreciación literaria para principiantes en su sede ubicada en la Florencia Sur, atrás de la farmacia Senros, para más información puede contactarnos al 2232 0727 o visite www.acropolishonduras.org.

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