Ojo por ojo...

Lo peor que le puede pasar a una sociedad civilizada, que vive en democracia y que se rige por un marco jurídico teóricamente justo, es que la población empiece a hacer justicia por su propia mano
ElHeraldo.hn

Honduras

06.02.2010 - Carmila Wyller - SiempreSPAMFILTER@elheraldo.hn

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Este relato narra casos reales.
Se han cambiado los nombres y se han omitido algunos detalles.

DIONISIO. A Dionisio lo mataron en la estación de taxis de la Universidad Pedagógica, frente a los pasajeros que hacían fila para abordar las unidades. Lo atacaron a balazos por la espalda y lo remataron de varios balazos en la cabeza, sin importarles que la zona es muy concurrida y que en ese momento transitaban por ahí muchos vehículos.

Los asesinos iban en una motocicleta azul, casi nueva, cubiertos los rostros con cascos y armados de pistolas de 9 milímetros.

Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos; Dionisio platicaba con unos amigos y se tomaba un refresco; los primeros disparos le desencajaron el brazo derecho, para que no pudiera defenderse con el arma que levaba siempre en la cintura, los demás le perforaron los pulmones y le destrozaron el cráneo. Era una muerte anunciada.

Dos semanas antes, dos muchachos, enviados por uno de los jefes de la Mara Salvatrucha llegaron hasta él para exigirle el pago del “impuesto de guerra”; él se negó. Lo pagó con su vida.

CARLOS. Era un hombre enorme, algo rollizo, casado y con cuatro hijos. Trabajaba como chofer de autobús desde que tenía dieciocho años, y con eso sacaba adelante a su familia. Treinta años después, un hombre, realmente un muchacho, alto, delgado y bien vestido, lo mató a balazos en el asiento del bus que conducía. Dicen los testigos que el muchacho se bajó de una moto, le hizo señal de parada y Carlos se detuvo para subirlo. El asesino puso un pie en las gradas de la puerta delantera, sacó una pistola y la apuntó directamente a la cabeza del conductor. Antes de dispararle le dijo, con el acento típico del drogadicto: “No pagaste, te morís. La MS controla”.

MARÍA. Eran las dos de la mañana de un viernes caluroso y oscuro, María dormía junto a sus hermanos en una cama unipersonal, en la sala de su casa, mientras su madre y su padrastro ocupaban el único dormitorio que servía también de cocina. Nadie escuchó el ruido que hizo la puerta principal al romperse; la barra de hierro destruyó el llavín, arrancó las primeras tablas de machimbre y una mano quitó el pasador antiguo. María dio un grito, pero era demasiado tarde. Cinco miembros de la pandilla 18 los amenazaban con pistolas y chimbas, y nadie se atrevió a oponerse. Dos pandilleros violaron a María varias veces, delante de toda su familia, luego la apuñalaron y la dejaron por muerta en el centro de la sala, después sacaron a la calle a su hermano de catorce años, lo rociaron de gasolina y le prendieron fuego. Uno de los delincuentes, seguramente el jefe, dijo que eso les pasaba a los que dejaban la pandilla. Aunque la familia dio los nombres de los asesinos, la policía no los capturó jamás. María murió desangrada antes de llegar al hospital.

DOS MÁS. En la caseta de la estación de buses de la colonia Cerro Grande, cansado y enfermo, descansaba Javier, esperando el turno para volver a la ruta que ya había recorrido innumerables veces, después de cinco años de trabajar “para el dueño del bus, para los policías mordelones y para los mareros”. Su ayudante estaba sentado en una silla de madera, dormitando y con un cigarro entre los labios. Dos hombres llegaron a pie a la estación, le preguntaron por él a un ayudante que lavaba un bus y pasaron cerca de varios choferes que jugaban naipes. Cuando llegaron a la caseta iban con las armas en las manos; un segundo después, atacaron a balazos a los dos hombres que murieron casi en el acto, en medio de un charco de sangre. Uno de los asesinos gritó antes de irse: “Paguen el impuesto de guerra. El que no paga, se muere. La MS controla”. Nadie se atrevió a identificar a los asesinos y los agentes de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC), nada pudieron hacer.

EL ÚLTIMO. Juan José era trabajador, buen marido y padre responsable de sus cinco hijos. Con dificultades ahorró para comprar una motocicleta, la adaptó para cargarle cien bolsas de pan y se dedicó a vender de pulpería en pulpería y de barrio en barrio. Como se negó a pagarle un refresco a un miembro de la MS en la Cantarero López, lo asesinaron a balazos en una calle de tierra y le robaron un reloj de pulsera y veinticinco lempiras. Sus hijos quedaron huérfanos a temprana edad y su viuda, un ama de casa que le ayudaba a sostener a la familia haciendo tortillas para vender, sufre hasta hoy su ausencia. Los testigos que entrevistó la DNIC no quisieron comprometerse a denunciar a los asesinos y el crimen quedó en la impunidad. Dos dueños de pulperías dicen que los que mataron al panadero siguen operando en la colonia, bajan hasta el Divino Paraíso y llegan hasta los Carrizales. Nadie les hace nada, a pesar de que la Policía los conoce bien.

VENGANZA. Hace apenas dos semanas, en una colonia marginal de Comayagüela, los vecinos se armaron de valor y se enfrentaron a un grupo de delincuentes que desde hacía mucho tiempo los tenían aterrorizados. Asaltaban, violaban y mataban impunemente, y a nadie parecía importarle. Las autoridades capturaron varias veces a dos de ellos, pero al día siguiente estaban en la calle, delinquiendo otra vez. No soportaron más. Los vecinos se armaron de valor y los buscaron para “ajusticiarlos”. Los delincuentes trataron de defenderse. Uno a uno fueron asesinados por los enardecidos vecinos.

Los cadáveres quedaron en un abismo, de donde los sacó Medicina Forense. Un vecino dice, exigiendo el anonimato: “Uno de ellos violó a varias niñas, otro violó a dos señoras casadas y uno de ellos asesinó al pastor de la iglesia por robarle las ofrendas de la noche anterior; el otro, el jefe, tenía su propio cementerio y no lo pensaba dos veces si se trataba de matar, aunque fuera por simple diversión. Se metían a las casas, asaltaban a las mujeres y se drogaban en plena calle, y nadie les hacía nada. La policía venía, hacía como que los buscaba para capturarlos, y se iba; creemos que hasta les tenía miedo. Nos cansamos y tuvimos que hacer justicia por nuestra propia mano. Aquí nadie va a abrir la boca. Mejor ni pregunte más”.

LOS CINCO. Marvin retuvo la respiración cuando cuatro manos lo agarraron para lanzarlo al abismo; aunque le palpitaba con fuerza el corazón, no movió ni un solo músculo y apretó los dientes para reprimir un grito cuando los hombres lo lanzaron por los aires. Aunque sus heridas no eran mortales, estaba empapado por la sangre de sus compañeros que acababan de ser asesinados a balazos en el interior de un bus urbano. Los asesinos los capturaron en la estación de buses de El Carrizal, los obligaron a subirse al bus a punta de pistola y los agruparon en los asientos de atrás, bajo amenaza de muerte. Luego los llevaron a un lugar apartado y empezaron a dispararles. Sus compañeros caían muertos unos sobre otros, el estallido de las armas ahogaban los gritos y él alcanzó a oír la maldición de uno de los asesinos.

Cuando todo volvió al silencio, escuchó que encendían el motor del bus y sintió que este se ponía en movimiento. Sus cuatro compañeros estaban muertos, habían caído encima de él y sentía su sangre caliente corriendo por su piel. Imaginó que iban a botar los cuerpos y él se hizo el muerto, incluso trataba de no respirar para que el sonido del aire saliendo de sus pulmones no lo delatara. Cuando cayó al suelo se quedó inmóvil como una piedra, a pesar del dolor que le produjo la caída. Así estuvo por más de una hora. A su alrededor todo estaba oscuro y en silencio, de vez en cuando se escuchaba el motor de algún vehículo pero él no se atrevía a abrir los ojos.

LA HUIDA. Dos horas después, con los miembros entumecidos, helado por el miedo y al borde de la desesperación, abrió los ojos. Lo primero que vio fue los cadáveres de sus compañeros, bañados de sangre y con muchas heridas de bala, miró hacia los lados, con cautela, luego hacia arriba y supo que estaba solo, se puso de pie lentamente y, casi arrastrándose, salió a la carretera. Vio las luces de una patrulla de la Policía a lo lejos, y corrió hacia ella. Los policías lo llevaron a la DNIC.

LA DECLARACIÓN. Sus compañeros estaban muertos, los asesinaron a tiros varios hombres dentro de un bus de la ruta urbana, los fueron a votar a la salida de Olancho y él logró escapar porque se hizo el muerto. El bus era uno que cubría la ruta Cerro Grande-La Isla, tenía una calcomanía muy particular al frente y en la parte de atrás, a un costado, tenía un agujero de bala; además, tenía compartimientos para que los pasajeros pusieran las maletas, y al frente, un depósito donde los asesinos guardaban varios machetes. Estos eran varios hombres, cinco en total, y él estaba seguro de que podría reconocerlos. “¿Algo más?” “Sí”. Los capturaron en la estación de El Carrizal y los llevaron a un lugar que él no conocía, en donde había un “bulto grande de tierra, un tractor y un perro gris”. Eso era todo lo que podía decir.

LA ISLA. Jamás se había visto un perro gris en la historia, al menos eso decía Walter Doblado, que se había hecho cargo de la investigación y había tomado al muchacho como testigo protegido, a pesar de que en los archivos tenía varias fichas delictivas; pero él insistió en que el perro era de ese color y Doblado tomó por buena su declaración. Sin embargo, con aquellos datos no sería tan fácil encontrar la escena del crimen, pero, al menos, tenían por dónde empezar.

Todo el día estuvieron en la estación de La Isla, todavía Miguel Pastor no había empezado la construcción del mercado, y los buses se estacionaban allí para esperar turno. Uno a uno fueron llegando varios buses con la misma calcomanía al frente, pero ninguno tenía el agujero de bala en el costado.
Antes del mediodía, Doblado supo que los buses eran de un solo dueño, y que por eso tenían aquella calcomanía tan singular, y decidió que debía esperar más.

Hacia las cuatro de la tarde llegó el bus que esperaba, se acercó a él disimuladamente y encontró el agujero de bala que había descrito el muchacho, luego subió y se encontró con los espacios para las maletas de los pasajeros a los lados, fijas al techo, le enseñó su placa de la DNIC al conductor y le pidió que abriera el depósito que estaba al frente. Allí estaban los machetes que había dicho el sobreviviente. Entonces le dijo al conductor que los llevara al lugar donde guardaban los buses en la noche y este no se resistió.

Llegaron a El Carrizal, cruzaron frente a los bomberos, tomaron la calle de tierra a la izquierda, la que lleva al instituto Técnico Luis Bográn y siguieron hacia adelante nos doscientos metros, luego tomaron una calle a la izquierda y subieron por un terraplén que daba a una explanada de unos tres mil metros cuadrados, rodeada por un risco de piedra y por un muro de ladrillos, semi derruido.

Lo primero que vio Doblado fue el bulto de tierra que describió el muchacho, a unos metros estaba un tractor y, más allá, estaban varios buses en reparación. Pero el perro gris no aparecía por ningún lado. Doblado caminó hacia el muro y, por una parte que estaba derrumbado, miró hacia el otro solar. Allí estaba el perro, amarrado con una cadena al tronco de un árbol. Era enorme, agresivo, con grandes colmillos y completamente gris. El muchacho no se había equivocado en nada y era la primera y única vez que Doblado veía un perro de aquel color.

LOS CHOFERES. Eran cinco y todos fueron capturados en La Isla. Reconocidos por Marvin, terminaron aceptando su culpa. Dijeron que ya no soportaban a los mareros, que tenían años de pagar “el impuesto de guerra” y que habían visto morir a varios de sus compañeros, asesinados por negarse a pagar el poco dinero que podían conseguir. Ellos mismos estaban amenazados de muerte y, un día en que los cinco “salvatruchas” subieron al bus para cobrar la cuota de la semana, decidieron darle una lección. Lo demás ya lo sabía la policía.

Hace un par de meses los choferes fueron condenados por el múltiple asesinato. Uno de ellos dijo que si hubieran confirmado que todos estaban muertos, la DNIC jamás los hubiera capturado. Doblado le respondió que no olvidaran que no hay crimen perfecto y que, aunque se tratara de delincuentes reconocidos, nadie tiene el derecho de hacer justicia por su propia mano. Otro de ellos replicó: “Pero ustedes no son capaces de capturar a estos delincuentes, a pesar de que saben cómo y dónde operan, es por eso que la gente va a terminar haciendo justicia por su propia mano”.

Para Doblado esas palabras tienen algo de verdad, por desgracia, pero con el nuevo ministro de Seguridad se tiene la esperanza de que las cosas sean diferentes. Ya veremos.

Peligro

Lo peor que le puede pasar a una sociedad civilizada, que vive en democracia y que se rige por un marco jurídico teóricamente justo, es que la población empiece a hacer justicia por su propia mano, ante el ataque indiscriminado de la delincuencia y ante la aparente incapacidad de las autoridades para dar seguridad a la nación. Esto pondría al país en una especie de guerra civil en la que la cultura de la sospecha señalaría los blancos que la ciudadanía, hastiada e indefensa, se propondría exterminar, para lograr la paz social y garantizar la vida propia y la de los suyos, algo a lo que el Estado está obligado por principio constitucional.

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