Este relato narra un caso real. Se basa en un testimonio personal y se confirmó con publicaciones periodísticas y con la entrevista del detective de Homicidios que llevó el caso. Se han cambiado los nombres.
LA CARTA. “Estimada Carmilla, soy un lector y admirador de su trabajo, y también tengo mi propia historia que contar. Se la expongo a grandes rasgos y, para confirmación, le adjunto los siguientes detalles […]. Si después de leer mi carta se interesa usted por mi caso, escríbame a este mismo correo. Atentamente: Subinspector de Policía: […]
LA ENTREVISTA. El muchacho, casi un adolescente todavía, se sentó despacio en la banca de cemento. Su cara blanca, llena de espinillas, mostraba la ansiedad que parecía no abandonarlo nunca, mezclada con la grave tristeza que brillaba en sus ojos.
Delgado, no muy alto, de ademanes rápidos y voz chillona, no parecía satisfecho dentro del uniforme azul en el que lucía la insignia de Subinspector de Policía, pero que llevaba con dignidad.
El saludo salió con dificultad de su garganta y, como si no tuviera tiempo que perder, dijo:
- “Siempre oculta algunos datos, ¿verdad?”.
- “Sí; siempre. Es un compromiso. No se preocupe”.
- “En mi carta no fui muy amplio.”
- “Entiendo.”
Jugó nerviosamente con el birrete, levantó la mirada y trató de sonreír, pero solo una mueca triste separó sus labios. Era como si en su interior se librara una enorme batalla que quisiera obligarlo a callar.
- “Voy a contarle mi historia. Perdone mi forma de expresarme; no soy muy culto. Usted la adorna después”.
Una sonrisa fue la respuesta. Él se mostraba más confiado.
- “Yo sufrí mucho en mi niñez –dijo de repente-; fue la peor época de mi vida. Creo que no podría compararla con nada, por muy cruel que fuera”.
Guardó silencio, movió con la pajilla la espuma de su café, y siguió hablando.
- “Yo vi morir a mi padre… Lo vi morir y, a pesar de que solo tenía cinco años, lo recuerdo como si lo estuviera viendo. Veo la sangre que salió de su cabeza, los tres movimientos con que se estremeció en su agonía, los ojos, rojos e hinchados, abiertos como si estuviera viendo algo siniestro, la boca abierta, como para maldecir o insultarnos como siempre, las enormes manos, con dedos de hierro y uñas negras como garras, aferrándose desesperadas a los brazos de la silla, las piernas estiradas debajo de la mesa, estremeciéndose también en la desesperación de la agonía, y de pronto, la quietud, la cabeza apoyada en el espaldar de la silla, como si estuviera durmiendo con los ojos abiertos, las manos ya sin fuerza, la boca cerrada y las piernas fijas, sin movimiento, quietas para siempre. Recuerdo muy bien todo esto. Estábamos solos, mi mamá, maestra de escuela, andaba celebrando el Día de la Madre, y llegó bien tarde esa noche. Yo no sabía qué hacer, o no sé si debía o tenía que hacer algo. Cuando dejó de moverse, lo vi una vez más, después salí a la calle con mi pelota de plástico, que él mismo (mi padre) me había ponchado con un clavo porque decía que yo iba a ser un vago si nadie me ponía control”.
LA DNIC. “Cuando llegaron los policías, unos muchachos vestidos de civil, yo seguía jugando en la calle. Los vecinos avisaron que en mi casa se había escuchado un disparo pero nadie fue a ver qué pasaba. Conocían bien a mi padre y, además, no era la primera vez que él se ponía a disparar con su pistola 22, sin que le importara si le hacía daño a alguien. Por eso nadie nos visitaba, mi mamá no tenía amistades y yo casi siempre jugaba solo.
El detective, al que recuerdo muy bien, y al que volví a ver en mi último año de Academia, se me acercó, me preguntó mi nombre y me dijo que no tuviera miedo”.
- “¿Qué pasó, hijito?, –me preguntó, con voz dulce, como para ganarse mi confianza, pero más bien con acento de lástima.
- “No sé. Mi papá está muerto”.
- “¿Quién entró a la casa?”
Yo contesté moviendo la cabeza hacia los lados.
- “¿Nadie?”
- “Yo no sé”.
- “¿Y tu mamá?”
- “A saber”.
- “¿Estabas solo en la casa con tu papá?”
Yo moví la cabeza hacia adelante.
En eso llegó mi mamá. Cuando la vi, me di cuenta que casi todo el vecindario estaba frente a mi casa, y entonces sentí miedo. Mi mamá quiso entrar a la casa, pero un policía la detuvo. Le dijo que su marido estaba muerto, que parecía que se había suicidado y que era mejor que esperara un poco antes de entrar. No olvido el grito de mi madre, y todavía resuena en mi cabeza con toda su intensidad y con todo su dolor. Ella lo amaba, a pesar de todo”.
- “¿A qué se refiere cuando dice ‘…a pesar de todo’?”
- “Usted me dijo que leyó el expediente del caso de mi papá”.
Sus palabras eran una recriminación.
- “Sí; leí el expediente. ¿Se refiere usted a lo violento que era su padre? ¿A qué golpeaba a su madre, a que la violaba y la humillaba constantemente? ¿A que lo golpeaba a usted y lo humillaba? ¿A qué los vecinos no soportaban su presencia?”
- “Sí; a eso me refiero”.
- “Debo decirle que el expediente no es muy claro. Hay pocos detalles sobre la conducta y personalidad de su padre. Además, faltan algunos folios, como si alguien los hubiera arrancado a propósito. Eso es común en Honduras”.
Nueva pausa. Un enorme suspiro salió de su pecho y sus ojos brillaron intensamente. El café se había helado en sus manos pálidas y heladas.
- “Él era un mal hombre. Violento, abusador, borracho, malvado, ladrón, según decían los vecinos. Y me pegaba mucho, con la faja, con el puño, con patadas… Y yo era un niño… Cuando le dijeron a mi madre que se había suicidado, se desmayó”.
LA ESCENA. “El detective que me habló al principio, entró a la casa, solo. Yo lo seguía con la vista; ahora sé por qué. Dieciséis años después volví a verlo, y no tardé en reconocerlo. El también me reconoció. Dos días después llegó a visitarme a la Academia, pidió permiso para hablar conmigo, y yo no me sentí bien al inicio, aunque siempre quise volver a ver a aquel hombre que ahora había envejecido, apestaba permanentemente a alcohol y a tabaco, pero que conservaba la misma dulzura que cuando me habló afuera de mi casa, con la pelota de plástico ponchada en una mano, mientras me miraba con una ternura que hasta ese momento conocí en un hombre. Recuerde que mi padre jamás se atrevió a mirarme así. El empezó a hablar”.
- “Cuando entré a la escena, casi supe lo que había pasado. Recuerdo que salí varias veces a la puerta, y siempre te veía a vos, con la pelota bajo un brazo, con los ojitos asustados, respirando con la boca y mirándome con miedo”.
- “Este es mi trabajo y me ha gustado siempre resolver crímenes. Vos serás oficial de Policía y debes tener conocimientos de investigación criminal, y tenés que saber que los detalles en una escena de crimen hablan, en silencio, pero hablan, y hay que saber escucharlos”.
- “Yo vi a tu papá estirado en la silla, con la camisa desabrochada, con bastante sangre en el lado izquierdo de la cabeza; tenía una herida ancha cerca de la coronilla, el hueso quebrado y la piel levantada; además, tenía una herida más pequeña abajo del pómulo derecho, que había sangrado poco. Cuando le abrí la boca, para comprobar una teoría que se me vino a la cabeza, vi que la bala le había quebrado una muela; después vi la pistola 22 de tu papá debajo de una mesita, como si después del disparo la hubieran tirado. Recuerdo que medí la distancia y que la pistola estaba a cinco metros del cadáver, casi al final de la sala. Seguí viendo y me encontré con la faja, o mejor dicho, con una faja de hombre, cerca de la silla, al lado izquierdo del cadáver. Aunque me pareció raro, después fui armando el rompecabezas. Antes de que llegaran los de Medicina Forense, ya tenía el caso resuelto. ¿Te acordás que te llevé a un cuarto…?”
- “Sí. Usted no me dijo nada; solo me levantó la camisa”.
- “Sí. Quería comprobar algo. Y lo comprobé”.
- “Que mi papá acababa de pegarme con la faja, ¿verdad?”
- “Sí. Tu papá apestaba a guaro y a cigarro. La faja estaba tirada al lado izquierdo de la silla, vos tenías la espalda marcada por los fajazos, rojos, hinchados y anchos, como la faja que tu papá no tenía en el pantalón o alrededor de la cintura. Entonces imaginé que te había pegado; después confirmé con los vecinos la clase de hombre que era tu papá, con todo respeto lo digo”.
LA CONCLUSIÓN. “Supe poco después que tu papá era zurdo, y supuse que cuando se sentó en la silla tenía todavía la faja en la mano, después de haberte castigado. Entonces confirmé que no se había suicidado. La trayectoria de la bala era rara para un suicidio. La bala entró abajo del pómulo derecho y salió cerca de la coronilla de la cabeza, arriba de la oreja izquierda. Además, tu papá era zurdo, y la bala entró por la derecha de su cara. Y si hubiera querido suicidarse se habría disparado en la sien izquierda, o en la boca, pero no en el pómulo derecho.
Como macho abusador que era, se sacó la pistola y la puso en la mesa, al alcance de su mano, pero se durmió, o se descuidó. Vos te acercaste a la mesa, cogiste la pistola, que siempre estaba cargada y bala en boca, porque tu papá no era muy querido y algún miedo tenía y debía estar listo para defenderse. Pero no pudo hacer nada. Vos te fuiste despacio, diste la vuelta por detrás de él, le acercaste la pistola al pómulo; eras muy pequeño y apuntaste hacia arriba. No sabías si iba a dispararse la pistola, pero lo más seguro era que sí, apretaste el gatillo y la bala salió. Te asustaste y tiraste la pistola cinco metros más allá, viste morir a tu papá y luego te saliste a jugar pelota…”
- “Así fue. Eso es lo que pasó. Tal vez él no merecía morir, pero dijo que iba a matar a mi mamá cuando regresara, que él no le había dado permiso para que se tardara tanto y que para que no lo engañara más, mejor la iba a matar. Yo escuchaba sus palabras y sentí miedo, miedo de perder a mi madre. Le dije que no la matara, que ya iba a venir, y me pegó una palmada en la cara, y me tiró al piso. Después se sacó la faja y me golpeó hasta que se cansó. Se sentó en la silla y cerró los ojos. No me miró y yo agarré la pistola. Lo demás usted ya lo sabe”.
- “Sí, lo supe en la escena del crimen”.
- “¿Por qué no dijo nada?”
- “No importa; ahora ya no importa”.
- “Usted quiso protegerme”.
- “No; en realidad no me interesaba protegerte o no, como tampoco me interesaba la vida de tu papá… Dios es quien juzga y Él sabe bien sus caminos…”
“Hay algo que me gustaría saber”.
- “¿Qué es?”
- “¿Por qué no encontraron huellas, mis huellas digitales en la pistola?”
El detective sonrió, encendió un cigarro, apagó el fósforo con el humo, y miró al subinspector de policía. Luego le dijo:
- “Porque eras un niño, y para mí, todos los niños de cinco años son inocentes; además, siempre ando en la bolsa de atrás del pantalón un pañuelo, por si se necesita”.
La sonrisa del detective desapareció.
- “¿Sabés guardar secretos?” –le dijo de pronto, mirándolo con ojos de hielo.
- “Sí. Claro.”
El subinspector estaba nervioso cuando respondió, eran los nervios de un muchacho de veintidós años, que llevaba en el corazón un infierno, que tal vez no se apague jamás, aunque él dice que lo que lleva es una cruz a cuestas.
