En medio de las obras para la próxima Exposición Universal de Shanghái, el arquitecto Andreas Bruendler parece evocar un sueño, pero en realidad describe su proyecto para el pabellón suizo.
Un telesilla llevará a los visitantes, a través de un inmenso pozo, hasta el techo cubierto de césped, para luego bajarlos hasta el interior de la estructura. En los lados, las tejas exteriores contienen células solares de resina de soja.
“Son pilas”, dice Bruendler, explicando que un visitante que utilice un flash para fotografiar el pabellón puede desencadenar una reacción en cadena de las luces del edificio.
“Con una ‘construcción’, algo así tendría que durar 20, 40, 60, 100 años. La duración limitada del pabellón en la exposición nos da una oportunidad de pensar en las evoluciones futuras de la arquitectura”, afirma.
Unos 200 países participarán en la Exposición Universal de Shanghái entre mayo y octubre próximos, y se esperan 70 millones de visitantes.
Como los pabellones son concebidos a menudo para la duración de la exposición, los arquitectos pueden permitirse todas las fantasías.
Gran Bretaña. Katerina Dionysopoulou, arquitecta del pabellón británico, explica que este fue concebido a partir del proyecto de banco de granos (Millennium Seed Bank) del Jardín Botánico real de Londres, cuyo objetivo es conservar semillas para preservar las plantas amenazadas de extinción.
El resultado, una mezcla de jardín victoriano y universo de ciencia ficción, resulta encantador.
Los conceptores quisieron realizar un lugar “tan diferente de todo que la gente se dirigiera hacia él”, dice Dionysopoulou. “Decidimos poner en cápsulas todos los granos como el ADN en el ámbar en Jurassic Park”, añade.
“Los ponemos dentro de ramas de acrílico de 7.5 m. Durante el día, la luz los hará brillar y, durante la noche, habrá un LED (diodo electroluminiscente) incorporado”.
Después de las licitaciones y de meses de obras, las construcciones surgidas de la fértil imaginación de los arquitectos de todo el mundo empiezan finalmente a adquirir forma y realidad.
Con Italia. Para el pabellón italiano, el arquitecto Giampaolo Imbrighi se inspiró del juego de Mikado, llamado “Shanghái” en Italia: entre las figuras geométricas que componen el edificio, estrechos senderos recuerdan los palitos chinos del Mikado desparramados, pero también las callejuelas típicas de las ciudades chinas e italianas.
Un nuevo material, un “cemento transparente”, fue utilizado en la construcción, lo que le permite cambiar de aspecto a lo largo del día.
“Los distintos grados de transparencia permiten ver la luz interior desde el exterior y viceversa”, cuenta Imbrighi.
El arquitecto finlandés Teemu Kurkela eligió también nuevos materiales para el pabellón, una especie de enorme bol blanco que evoca un “kirnu” (“marmita de gigante” en finlandés), palabra que designa una cueva rocosa natural de las costas marítimas.
Como el mármol blanco es muy caro, el equipo finlandés improvisó y “la superficie del pabellón está realizada con desechos industriales”, dice el arquitecto. Se trata de “papel impermeabilizado con plástico. Un producto nuevo, concebido para el pabellón”, añade.
Algunos pabellones, como el finlandés, serán desmontados después de la Expo, transportados y reconstruidos y reutilizados en otras partes.
En opinión de Kurkela, las limitaciones impuestas por los plazos y los presupuestos tornan a los arquitectos aún más creativos.
“O quizá sea simplemente que estamos locos”, comenta.
Con la boca abierta. El periódico digital el Correo dice que los chinos quieren dejar con la boca abierta al mundo. Y todo apunta a que lo van a conseguir, porque, como no podía ser de otra forma en China, el evento se ha diseñado en superlativo: será el más grande -500 hectáreas-, el más concurrido -más de 70 millones de visitantes- y el más espectacular de la historia -casi 240 participantes, entre países y organizaciones internacionales.
«Y todas las expectativas se van a quedar cortas», augura a El Correo Carmen Bueno, la única consultora española del comité organizador.
La Expo es una nueva oportunidad para el lucimiento del Gran Dragón, que ha gastado unos 2,000 millones de euros directamente en su organización. Si se suman el acondicionamiento de diferentes lugares de la capital económica, y las infraestructuras de transporte (nueva terminal del aeropuerto internacional y varias líneas de metro, entre otras), la cifra se dispara hasta los 40,000 millones, un importe similar al que se invirtió en Pekín para los Juegos Olímpicos.
No en vano, era necesaria una profunda transformación para adecuarse a su lema: Better city, better life (Mejor ciudad, mejor vida). Pero no sólo China se rasca el bolsillo.
“Todos los países quieren dar el do de pecho frente a la gran potencia emergente”, asegura Bueno. “Porque aquí se está cociendo el nuevo orden geopolítico mundial”. Así que también será la Exposición Universal más cara.
Una visita al recinto de la Expo, que está dividido en dos por el río Huangpu, deja en evidencia la megalomanía que dirige el proyecto. La vista se pierde en un horizonte tomado todavía por grúas que no dan abasto.
Los pabellones tienen que estar terminados para antes del año nuevo chino, que en 2010 cae el día de San Valentín, y la actividad es frenética. Rara es la semana en la que no se da por terminada la estructura exterior de un par de recintos, y el trabajo en los que van a acoger exhibiciones comunes ya se ha trasladado a su interior.
Entre estos se encuentra el Área de Mejores Prácticas Urbanas, de 15 hectáreas, donde Bilbao está seleccionada entre una treintena de urbes de todo el mundo que mostrarán sus logros en categorías diferentes.
Se trata de una iniciativa pionera que, según Bueno, “busca que se tome conciencia sobre cómo deberían ser las ciudades”.
China, sin duda, debe aprender de los ejemplos que se muestren, porque, como apunta Pedro Pablo Arroyo, un arquitecto español afincado en Shanghái y con una proyección creciente, “las ciudades del país todavía están muy lejos de ser sostenibles”.
