Los extraños caminos de la muerte

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres
ElHeraldo.hn

Honduras

09.07.2011 - Carmilla Wyler - siempreSPAMFILTER@elheraldo.hn

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UNA BALA EN EL PECHO. Don Jorge estaba muerto, tirado boca arriba en el piso de mármol rosado de su propio cuarto, con los ojos exageradamente abiertos, un hilo de sangre roja saliendo por su boca, los brazos tirados a los lados, un orificio sanguinolento en el centro de la bolsa izquierda de su camisa a cuadros y, cerca de su mano derecha, un enorme revólver 3.57 cromado, con cacha de nácar y oro y con su nombre escrito con letras doradas a un lado del largo e intimidante cañón.

Así lo encontraron los detectives de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC), tres horas después de que les avisaron que don Jorge había sido asesinado en su propia casa, es más, en su propio dormitorio, y por su propia esposa.

Y es que don Jorge no era cualquier hombre, empezando por su enorme e imponente figura. Tenía cincuenta y seis años, blanco, alto, altísimo, corpulento, mal geniado, de ojos grises y fríos, cejas espesas y labios rojos y gruesos que no sonreían nunca, de armas tomar y con pocos amigos y algunos enemigos, a los que él llamaba competidores incapaces y envidiosos, pero con muchos millones y, según sus propios empleados, con muchos cuernos también.

Ganadero, agricultor, maderero, transportista, y últimamente político, el más sucio de sus todos sus oficios, según sus propias palabras, don Jorge era conocido, reconocido, respetado, poderoso y temido, y más por su pobre mujer que, veinte años menor que él, soportaba su excesivo amor desde hacía quince, y con paciencia franciscana. Pero ahora estaba muerto y la DNIC la acusaba a ella de haberlo matado. Era así de simple.

CUERNOS. Según algunos empleados de la casa, don Jorge regresó a la casa en su Ford 350 Harley Davidson, rojo sangre, doble cabina, apenas dos horas después de haber salido. Venía rojo de la cólera, los dientes apretados, el revólver en la mano y los ojos echando chispas.

Desde hacía algún tiempo sospechaba que su esposa le era infiel; es más, dos de sus empleados le confirmaron la noche anterior las aventuras indecorosas de doña Martina y él, hecho una furia, le dijo que iba para Tegucigalpa a las seis de la mañana del día siguiente y que no regresaría en una semana.
Le hicieron las maletas, la abnegada esposa lo despidió a la puerta de su Ford 350 y él se fue cuando el sol empezaba a calentar los gigantescos maizales. Era la libertad para ella. Por una semana, pero libertad. Y era feliz.

IN FRAGANTI. Los pasos de don Jorge resonaban en el piso lustroso, cruzó el corredor, entró a la sala, subió las escaleras de mármol blanco, entró al pasillo que llevaba a su cuarto y desapareció de la mirada asustada de sus empleados. Pero ellos escucharon cuando con su enorme cuerpazo derribó la puerta de cedro tallado del dormitorio, cuando dio un grito terrible, que resonó por toda la hacienda como el bufido de un toro furioso y, cuando sonó el disparo, menos de cinco segundos después, un disparo que estremeció el aire como un rayo. Luego vino el silencio. Después de dos minutos, los gritos desesperados de doña Martina. Don Jorge estaba muerto.

LA DNIC. Dijo doña Martina que estaba en su cama, en agradable compañía (tenía que reconocerlo porque a la Policía no se le debe mentir) cuando sintió los pasos de su esposo. Vio como la puerta se hizo astillas, vio a su Romeo, en indecoroso traje de Adán, saltar por la ventana y se aterrorizó cuando vio aparecer entre las ruinas de la puerta la homicida figura de su marido, pistolota en mano.
Dice que ella ya había saltado de la cama (en su maravilloso y bien diseñado traje de Eva, por supuesto), que sabía que don Jorge la mataría y que, por instinto, corrió hacia el baño y cerró la puerta. Justo en ese momento él le disparó. Después escuchó un golpe seco, como el que produce un enorme cuerpo al caer pero que, temerosa, se quedó un tiempo más en el baño, hasta que escuchó los gritos de sus empleados. Esa era su historia.

INDICIOS. Los detectives sonrieron. ¡Ah!, las historias con las que intentan dormirlos los asesinos. ¡Pobres seres humanos! ¿Es que olvidan que a la Policía no se le va chancho con mazorca?

En la puerta habían dos orificios, uno sobre el otro, a tres escasos centímetros de distancia. Una parte de la historia era creíble. En el tambor de la 3.57 de don Jorge había una bala disparada pero eran dos los orificios en la puerta. Esto significaba que alguien disparó desde adentro del baño, con tan buena puntería, que perforó el corazón del hombre y le quitó la vida. Además, disparó justo en el momento en que también disparó la víctima, lo que probaba la versión de los empleados de que “se escuchó un solo disparo pero exageradamente fuerte”.
Todo estaba claro. Martina era una parricida y su amante le ayudó a deshacerse del arma criminal.

CHASCO. Pero el H-3 no estaba conforme con aquella versión. Hizo que doña Martina le contara de nuevo la historia, que le dramatizara los hechos, vestida, por supuesto, y desde el momento en que saltó de la cama, que cerrara la puerta del baño y que guardara silencio porque iba a pensar.

Doña Martina, temblando de miedo, esperó unos minutos en el baño. El detective estaba haciendo tantas cosas raras que los nervios la traicionaban por momentos. Abría la puerta, la cerraba, volvía a abrirla, miraba la pared de enfrente, entraba, cerraba la puerta, acercaba un ojo a uno de los orificios, tomaba medidas con una cinta métrica de metal, veía la pared de mármol del baño, mordisqueaba el cigarro apagado, salía, entraba y volvía a medir, a ver los orificios, se paraba, ponía los brazos en forma de asas de jarrón, apoyando los puños en su cintura, se rascaba la cabeza y ¡cómo perdía el tiempo! Por fin dijo algo.

“Esta mujer es inocente -le dijo al fiscal-. Venga acá. Tenemos dos orificios de bala. Los dos, hechos por el mismo proyectil. El de abajo entra, puede verse perfectamente. La bala rebota en el mármol de la pared, deja aquí un orificio pequeño y, con la misma velocidad, regresa, atraviesa la puerta, o sea que sale, mire aquí detenidamente, tres centímetros arriba del orificio de entrada y le da a la víctima en el corazón. En conclusión, este hombre se mata solo, y con su misma arma. Esta mujer es inocente. Señor fiscal, estos son los extraños caminos de la muerte”.

¿UN CRIMEN DE ODIO?

CRIMEN. Yesenia era un homosexual atractivo, con más virtudes femeninas, físicamente hablando, que de varón. Librepensador, no escondía su orientación sexual y se ganaba la vida con lo que generosamente Natura lo había dotado: su hermoso, sensual, provocativo y envidiable cuerpo. Lo demás lo había aprendido en el camino de la vida, practicando, por supuesto, por lo que sus clientes siempre volvían. Pero Yesenia estaba muerto (a). Lo encontraron dos de sus compañeras, gais como él, con la boca exageradamente abierta, las manos aferradas a su garganta enrojecida y rasguñada, con la blusa abierta, dejando en libertad los hermosos senos que le implantó el mago-doctor Mano Santa, la peluca rubia a un lado de su cabeza, y las rodillas flexionadas, con el resto del cuerpo tirado hacia atrás.
Sus ojos, con los párpados pintados de rosa para que hicieran juego con su atuendo rosado, estaban entreabiertos y se veía en ellos el terror de la muerte. Además, tenía entre los labios y en el interior de la boca, algunas gotas de sangre que le manchaban los amarillos dientes y otras que nadaban en un líquido espeso y verdoso que estaba mezclado con saliva y que se había acumulado entre las encías y las amígdalas y la epiglotis.

Los detectives de Homicidios son muy observadores. ¿Por qué? Pues porque la observación es la primera virtud que debe practicar el investigador criminal. Sencillo. ¿Hipótesis? Las compañeras de Yesenia tenían una. La mató un homofóbico, un desgraciado depredador de homosexuales; estaba claro que la estranguló. ¿Qué más tenían que decir sus compañeras?

DECLARACIONES. Una de ellas, indignada, con el maquillaje corrido por las lágrimas e histérica, con un cigarro entre los dedos, “de esos que te dan risa”, le dijo a los detectives que Yesenia se había ido buscando la intimidad y la complicidad de las sombras con uno de sus mejores clientes.

Como siempre, se iban en el carro del hombre, cuyas placas eran tal y tal, se estacionaban en lo más oscuro, se bajaban y… pues a lo que iban. Los detalles están de más.

Ella estaba segura de que ese maldito la había matado. ¿Por qué estaba tan segura? Porque Yesenia le contó en una ocasión que a ese perro le gustaba golpearla cuando llegaba el momento, para hacerlo más intenso, y que por eso le pagaba el doble. Yesenia lo dejaba hacer porque hay una de clientes con unas mañas… pero con mucho dinero. Y al cliente, lo que pida. Pero a ese maldito se le fue la mano. Odiaba a los homosexuales y esa era su obra. Y lo peor era que solo Dios sabía si ya había matado antes… ¿Y si la Policía no lo detenía? ¡Ay, no! Ese pervertido debía estar en la cárcel para que le apliquen el Código Rojo…

PLACAS. No le costó mucho a la DNIC dar con el carro que mencionaron las compañeras de Yesenia. El hombre se sorprendió cuando dos patrullas de la DNIC se cruzaron frente a él, en pleno bulevar. A la vista de los fusiles y las pistolas, decidió colaborar, y se dejó “enchachar” a los ojos de los curiosos.

FISCAL. El hombre estaba en shock. Lloraba como un niño y llamaba a gritos a su abogado, y a su mamá.

El fiscal estaba molesto. Ya eran muchos los homosexuales que habían muerto en Honduras, y en circunstancias tan especiales, que ya se decía en el mundo que en este país estaban exterminando a los gais, que los crímenes de odio contra los homosexuales estaban a la orden del día, que al Estado le valía chancleta que los mal nacidos y odiosos depredadores homofóbicos siguieran libres en las calles, que la Justicia estaba ciega y que el único que los escuchaba y los atendía era Óscar Álvarez, que el mundo debía gritar un ¡Basta ya! para que se respetara en Honduras la libre orientación sexual y que aplaudían a Barack Obama, que aunque no resolvía sus propios problemas, estaba enviando un equipo del FBI (léase bien: FBI) para que investigara los crímenes de odio contra los homosexuales.
Pero por mientras, que Dios los agarrara confesados porque a uno lo quemaron vivo en una cuneta, a otro lo mataron a puñaladas en su apartamento, otro apareció estrangulado en su casa, otro murió misteriosamente, después de ser feliz con un amigo joven, que se hacía pasar por intelectual y por pintor y que resultó ser un Saddam Hussein, un Hitler, un Jack el Destripador. Y la lista era larga. Pero ahora tenían a uno de ellos en la DNIC, y la DNIC no lo iba a dejar escapar. Eso podían jurarlo. ¡Ja y ja!

CONFESIÓN. El sospechoso dijo que se había aficionado a Yesenia desde que la conoció, que sus gustos eran sus gustos y que ganaba bien para mantenerlos, y que en eso solo le debía explicaciones a Dios, porque su mamá y su pastor, al que le entregaba puntualmente el diezmo, lo comprendían y lo perdonaban, porque de todo hay en la viña del Señor. ¿Y qué?

EL DETECTIVE. Nadie es más comprensivo en la Policía que el detective de investigación criminal, aunque usted no lo crea, y no es de Ripley.

El “Chico Pop” (no el que dice: “¡Qué chido, güey”), uno de los detectives asignados a la Unidad de Investigación de Delitos contra lesbianas, gais, transexuales y bisexuales, estaba entrevistando al sospechoso. Sonrió, se puso serio, suspiró, se acomodó en su silla, se miró las impecables uñas, comprobó por enésima vez, en el espejo de su K-1, la belleza de su peinado casi metrosexual, se tocó nerviosamente los botones de la camisa, como si quisiera comprobar que esta sí era muy masculina, no como aquella que le costó un ojo de la cara y que tiró enojado a la basura cuando sus compañeros se rieron de él porque tenía los botones al revés, como deben ser las prendas sensualmente femeninas, luego jugueteó con las “chachas”, bostezó casi hasta desencajarse las mandíbulas, le ofreció agua al sospechoso, lo miró a los ojos, hizo girar en la mesa su .9 milímetros de reglamento, que siempre anda bala en boca, como un trompo surrealista, le prestó su propio pañuelo para que se limpiara las lágrimas y los mocos (terminó regalándoselo, por cautelosa cortesía) y, en fin, lo trató como a un niño pecador, pero fácilmente corregible.

Este, entrando en materia, dijo, sin pelos en la lengua, que estaban en “aquello”, que no era la primera vez y que Yesenia hacía magia. Le hubiera gustado decir milagros pero en realidad no era tan blasfemo como le decía su abuela, aquella anciana insoportable, come santos, que tanto se parecía a la madre de Norman Bates.

Pasaron los segundos, los largos segundos que se agolpaban despacio para formar los interminables minutos; el mundo dejó de girar, el universo era un Edén y él era feliz. ¡Ah, cuanta felicidad! Ni Salomón fue tan feliz con sus mil y una mujeres. Ojalá, ni siquiera el señor que dijo que había tenido más de tres mil. ¿Quién habría inventado el placer? “Imagínese usted -le dijo, ya con más confianza, al “Chico Pop”, que estaba más callado que un difunto-, tener ciertas aficiones y no tener para satisfacerlas… Debe ser frustrante. Yo soy liberado en esas cosas, y tengo algún dinero”.

El detective le sonrió por enésima vez. Por supuesto que lo comprendía, aunque en secreto le repugnaba. Esa era la verdad. Y lo aburría. Pero nada de apurarlo para que dijera la verdad. Una mala mirada, un gritillo inocente, y Sandrina Ponce se lanzaría contra él por violador de derechos humanos, Anita confrontaría al Ministro ante el propio presidente para que exorcizara a sus muchachos, y el mundo pondría el grito en el cielo porque en Honduras los pétalos de rosa son instrumentos de tortura.

¡Ah, los tiempos pasados! ¿Dónde estará Tiburcio Carías? ¿Quién se tragó al DIN: los cambios o la historia? ¿Será cierto que todo tiempo pasado fue mejor?

MÁS. “No sé qué fue lo que pasó -dijo el inocente-sospechoso (porque todo el mundo es inocente mientras no se le pruebe lo contrario)-. Yesenia estaba agachada, permítame que la trate como mujer, yo estaba en otro planeta y, cuando volví en mí, esto es, cuando le solté la cabeza, ella se fue para atrás, despacio. Yo solo vi el bulto que caía, y creí que estaba bromeando, porque era bien bromista (en este punto se limpió una lágrima con la punta del dedo meñique. El pañuelo ya estaba lleno de secreciones nasales)”. Luego agregó: “Cuando me subí el bóxer y el pantalón la llamé pero no me hizo caso, la toqué pero no se movió, le dije hasta ‘mi amor’ pero me ignoró. Entonces tuve miedo. Creí que algo malo le había pasado. Al día siguiente vi los periódicos, pero como todo lo exageran, dijeron que era un crimen de odio y, etcétera, etcétera. No tengo nada que ver en eso… Yo no la maté”.

LA DNIC. Con más apoyo, con más dinero, profesionalizando a los agentes, dándoles más patrullas, motos, combustible suficiente, buenos viáticos y una palmadita en el hombro de vez en cuando, pero solo de vez en cuando para que no se engolosinen, los hombres y mujeres de la DNIC le darían mucho más a esta sociedad; muchísimo más. Por eso, es bienvenida la tasa de seguridad. Y aunque no todo es miel sobre hojuelas, la gente tiene que saber que la mayoría de los detectives de la DNIC son buenos. Y que hay muchos justos.

FIN. El detective habló con el fiscal, este le preguntó al forense si lo que se imaginaba el policía era posible, este reflexionó un momento, después movió la cabeza hacia adelante, y levantó los hombros. Era cosa de ver otra vez el cadáver. Todo se fue aclarando.

En el momento del éxtasis, en el maravilloso momento, ese que los Vargas Vila llaman “la pequeña muerte”, el sospechoso cogió la cabeza de Yesenia con fuerza. Y como olvidamos describir a Yesenia, diremos que no era muy alta, pero era delgada, fina, educada y elegante, además de amable, solidaria y bonita; él, enorme, delgado, agraciado, un poco tímido y, según resultados de varios peritajes científicos, muy bien dotado; y si a esto agregamos la Sildenafil de 100 mg que se tomó esa noche y cuyo envoltorio encontraron los muchachos de Inspecciones Oculares en el piso del carro, estamos ante un arma homicida realmente temible. Y con esta arma, sin querer, le quitó la vida a Yesenia.

En el último momento tomó con fuerza la cabeza de la bella, la atrajo hacia él, la sostuvo inmóvil mientras él aullaba, y así, hasta que pasaron aquellos largos y hermosos segundos. Yesenia no pudo respirar. Aquella “cosa” llenó su garganta, le faltó el aire, se debatió tratando de soltarse de aquellas manazas de hierro, se clavó sus propias uñas en el cuello, abrió los ojos, gritó en su mente y, al final, su cerebro dejó de recibir oxígeno fresco y murió. Esa era la verdad. ¿Qué se podía hacer? ¿De qué se puede acusar al detenido? Dentro de poco conoceremos más de esta historia. Y como esta, hay muchas más que llenarían un libro que bien podría llamarse: “Los extraños caminos de la muerte”. Y una de esas es la del doctor que no soportó que su esposa lo engañara y cuando se estaba vengando, con las manos frías alrededor del cuello de la ingrata, su corazón se detuvo…

Historia

Corriendo aterrorizado y con el corazón a punto de estallarle en el pecho, un hombre llegó a quejarse ante el rey de que la Muerte se apareció de pronto en el jardín donde estaba trabajando, se detuvo a diez metros de él, lo miró con enormes ojos, con la boca abierta y con el ceño fruncido, y ya iba a decirle algo, cuando él salió corriendo para ponerle la queja al rey.

Este reflexionó por un momento, y al final le dijo, poniéndole una mano en un hombro:

“Mira, cuando la Muerte aparece ante nosotros no es por nada bueno; toma mi mejor caballo y vete a mi palacio de Ia ciudad de Ispahán; cuando la Muerte se haya ido, te mandaré a llamar”.

El jardinero, agradecido, besó los pies del rey, cogió su mejor caballo y salió para Ispahán.

Entonces la Muerte, que se había entretenido oliendo las flores, se acercó al rey, y este le dijo, muy enojado:

“¿Cómo es posible, ¡oh!, Muerte, que sin más ni más te aparezcas en mis jardines y te entretengas en asustar a mi mejor jardinero?”

Y la Muerte, apoyando en el suelo el palo de su guadaña, enseñando la mano hecha de huesos largos, blancos y pálidos, se disculpó con el rey y le dijo:

“No me regañes, ¡oh!, rey, que todo ha sido sin intención”.

Y el rey le replicó:

“¿Sin intención, dices? ¿Has visto el susto que le diste a mi fiel sirviente? Dice que lo viste con enormes ojos, con la boca abierta y con el ceño fruncido…”

“Déjame explicarte, ¡oh!, mi señor -dijo la Muerte, humildemente-; lo que pasa es que me asombré demasiado al ver a tu jardinero aquí, en tu palacio de Bagdad, cuando tengo que recogerlo hoy mismo en tu palacio de Ispahán”. ¿Moraleja?

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