Un encargo siniestro

Este relato narra un caso real. Se han cambiado algunos nombres.
ElHeraldo.hn

Honduras

09.10.2010 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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Bien han dicho que Honduras es el país de las contradicciones y que aquí el plomo flota y el corcho se hunde; y en materia de justicia se rompen esquemas. Para muestra, dos botones.

En Juticalpa, un Tribunal hizo hablar a una difunta para que acusara de su muerte a un hombre; la mujer resucitó, dijo lo que se esperaba que dijera y volvió a morir.

El tribunal de sabios y honorables jueces dictó sentencia. Las palabras de la muerta fueron la mejor prueba. ¡Culpable!

En los Juzgados Unificados del barrio La Granja, de Comayagüela, la jueza Silvia Torres lleva un juicio muy especial. Varias mujeres ciegas acusan a su profesor de haberles mostrado el pene.

Según el diccionario de la Real Academia Española, el concepto o definición de mostrar es: "Exponer algo a la vista, señalarlo para que se vea". Entonces, ¿cómo se puede acusar al profesor de haberles mostrado eso a sus alumnas ciegas?

Ahora bien, la jueza debe basarse en el reconocimiento del objeto mostrado para dictar sentencia. ¿Cómo lo hará? ¿Cómo lo reconocerán las afectadas? ¡Por su olor! ¿Qué tan cerca les mostró eso el profesor? ¿Lo suficiente para que su aroma sea inconfundible? La jueza ha negado, por lo pronto, el reconocimiento en rueda, que consiste en presentar ante las víctimas un grupo de sospechosos entre los cuales deberá reconocerse al acusado. ¿Cómo lo hará? ¿Cuántas cosas de esas pondrá la jueza ante la nariz de las víctimas antes de que identifiquen el eso del profesor? Y deberá hacerse en un juicio oral y público.

Por supuesto, si el profesor es culpable, debe ser castigado, pero nos inquieta la forma en que se hará justicia en este caso tan especial.

Laura

Eran casi las tres de la tarde cuando Laura caminaba por la sexta avenida de Comayagüela, con una bolsa en una mano, un maletín en la otra y su enorme cartera negra colgando de un hombro.

Estaba cansada y avanzaba despacio, abriéndose camino entre la multitud que llenaba los alrededores del mercado. Salió de su casa en un lugar de Olancho desde la mañana y ahora iba para la estación de buses porque quería regresar temprano.

A pesar de las desavenencias con su esposo, con el que tenía quince años de matrimonio, no le gustaba dejarlo solo, y menos le gustaba dormir lejos de sus tres hijos.

Hizo todas las diligencias que tenía planificadas y ahora iba para la empresa Aurora, para irse en el bus de las tres y media. Pero no iba a llegar jamás.

Uno de los testigos le dijo al detective de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) que él vio cuando el asesino, un muchacho pelo largo que ocultaba el rostro con una gorra roja, se le acercó por detrás, con una pistola en la mano; sin decirle nada le puso el arma en la parte de atrás de la cabeza y le disparó un solo tiró, luego siguió su camino, perdiéndose entre la gente que gritaba y corría en todas direcciones.

Laura cayó al suelo sin vida. Sobre un charco de su propia sangre. Allí la recogió Medicina Forense.

Era una mujer relativamente joven, no muy alta, delgada, blanca y bonita. Nadie la conocía en los alrededores del mercado y nadie se explicaba por qué la habían matado de esa forma.

La DNIC

Del asesino solo se sabía que era un muchacho joven, trigueño, pelo largo y negro, de unos veintidós a veinticinco años, no muy alto y delgado; vestía un jean azul desteñido, una camiseta blanca con la leyenda "NY" en el pecho y llevaba gorra, que le ocultaba casi todo el rostro. Nadie lo vio bien y por eso no se pudo hacer un retrato hablado.

En cuanto a la mujer, su esposo y una hermana la reconocieron en la morgue, a eso de las seis de la mañana del día siguiente. En la entrevista no se sacó nada en claro.

El esposo sufría y habló poco, la hermana lloraba y dijo que no sabía quien pudo haberle quitado la vida a Laura. Lo más seguro era que el asesino se había equivocado.

Sin embargo, aquel crimen era atípico, según los detectives de Homicidios. Era seguro que el asesino la había seguido por largo tiempo, esperando el momento oportuno para dispararle, por lo tanto, las causas del crimen no eran producto de la casualidad ni de la confusión del criminal.

Había algo más y los detectives pensaron que no encontrarían más datos en la capital. Un día después estaban en Olancho, poco antes de que sacaran el cadáver rumbo al cementerio.

Investigación

¿Quién podría desear la muerte de Laura? Solo alguien que la odiara tanto que lo impulsara al homicidio. ¿Quién podría ser? ¿La esposa de un amante? No era posible. Laura era una mujer digna, trabajadora, de su casa y madre amorosa y responsable con sus hijos. ¿La amante de su esposo? No era posible porque Manuel no tenía ninguna, al menos, nadie podía decir que el hombre fuera mujeriego. Tenía quince años de casado, cuarenta y cinco de edad, tres hijos y solamente tres vicios: la cerveza, el cigarro y el fútbol. Entonces, ¿dónde buscar?

Ahora sabían a qué había ido Laura a Tegucigalpa. Trabajadora como era, quería invertir algún dinero y deseaba ser la distribuidora de "Big Cola" en su pueblo y los alrededores; visitó una oficina, después fue al mercado, compró algunas cosas y antes de las tres de la tarde se dispuso a regresar a su casa.

Además, no le robaron nada. Un solo disparo en la parte de atrás de la cabeza, la fuga del asesino y nada más.

Manuel

Estaba deshecho después del entierro, abrazaba a sus hijos con los ojos hinchados de tanto llorar y maldecía a grandes voces al criminal, jurando que lo encontraría y le quitaría la vida con sus propias manos. Los detectives se disculparon con él pero tenían que hacerle más preguntas.

¿Cómo era su relación con su esposa? Perfecta. ¿Tenía él alguna amante? No. ¿Tenía ella un amante? Jamás. Era casi una santa. ¿Cómo la trataba él? Bien, como si todavía fuera su novia. ¿Tenían enemigos? No. ¿Sospechaba de alguien que quisiera matar a su esposa? No, de nadie. ¿Tenía alguna idea de por qué la habían matado? No, ninguna. ¿Problemas entre ellos? ¿Discusiones? Las normales en toda pareja. Nada grave. Los detectives no sacaron nada en concreto. Con las manos vacías, regresaron a Tegucigalpa.

La llamada

Dos días después del crimen, alguien llamó a la DNIC, a primera hora de la mañana. Pidió que lo comunicaran con Homicidios y dijo que quería hablar con el detective que llevaba el caso de la olanchana que habían matado en la sexta avenida.

Dijo que él había entrado al baño de hombres de la empresa, la mañana siguiente al asesinato, que era temprano y los baños estaban sucios.

Que no tenía papel con qué limpiarse y buscó entre el papel higiénico usado que había en el basurero; cuando buscó por segunda vez, vio que algo parecido a una fotografía salía de una esquina del basurero, sintió curiosidad y la sacó.

Vio que era una mujer y que la había visto en alguna parte. Entonces recordó que la había visto en un noticiario de televisión el día anterior, y que la habían asesinado de un balazo en la cabeza, cerca de la empresa Aurora.

Y recordó más. Un compañero suyo la había llevado en su taxi a una dirección en el bulevar Morazán. Estaba seguro de que no se equivocaba.

El detective le dijo que no tocara mucho la foto, que no se la enseñara a nadie y que lo esperara unos quince minutos. Tardó nueve en llegar, tomó la fotografía, la guardó en una bolsa de plástico hermética y regresó a la DNIC. Una vez aquí, se fue directo a Dactiloscopia.

Huellas

En el Laboratorio encontraron restos de heces fecales, polvo y pelillos del papel higiénico. Pero encontraron algo más: huellas digitales. Un par era de un índice y un pulgar y pertenecían al taxista que la encontró en el basurero.

Este no tuvo objeción en colaborar con los técnicos. Una huella en la parte de enfrente estaba borrosa y no se pudo identificar pero en la parte de atrás estaba bien marcada otra, de un índice largo y delgado.

Los detectives consultaron con el Registro Nacional de las Personas (RNP) y no tardaron en tener un nombre. Julio Castro, de veinticuatro años, no muy alto, delgado, trigueño, soltero y con domicilio en un barrio de Catacamas, Olancho.

Los detectives llamaron a sus compañeros de Juticalpa. La operación debía ser secreta.

Mientras tanto, se preguntaron: ¿Qué hacía la foto de la muerta en el basurero del baño de hombres de la empresa de transportes? ¿Quién la llevó hasta allí? Lo más lógico de suponer era que alguien que viajó en un bus de la empresa usó el baño, vio que la foto ya le estorbaba y se deshizo de ella en el mejor sitio que encontró: una montaña de papel higiénico usado. ¿Quién podría ser? Solamente el asesino.

Ahora había otro detalle. Si el asesino tenía una foto de su víctima es que no la conocía y alguien se la entregó para que no se equivocara. ¿Quién pudo ser? Alguien con acceso a las cosas personales de la familia de Laura. ¿Quién? Era cosa de esperar. Ya se iba a saber.

Viaje

Los detectives tenían un nombre y se acercaron a alguien de la empresa. Este les confirmó que alguien llamado Julio Castro viajó a Juticalpa la mañana después del asesinato. Y en Juticalpa confirmaron que viajó a Tegucigalpa en el primer bus de la mañana del día anterior, el mismo en que viajó Laura. Era hora de hablar con él. Los detectives salieron para Olancho en ese momento.

Mientras, los agentes de la DNIC de Juticalpa ya habían localizado a Julio y lo veían jugar pelota en un campo en las afueras de la ciudad. Uno de ellos se divertía tomándole fotografías. Eran las cuatro de la tarde del cuarto día después del crimen.

Visita

A eso de las cuatro y quince, un pick-up Nissan se estacionó cerca del campo; de él se bajó un hombre gordo, bajo y mal encarado que buscó a alguien con la vista y luego soltó un silbido largo y potente.

Julio lo saludó con la mano, hizo el último pase y salió corriendo del campo, saludó con un apretón de manos al hombre y hablaron por varios minutos.

Luego Julio cambio de actitud, se puso la camiseta y se fue por su lado, mientras el Nissan se perdía en una nube de polvo.

Cuando los detectives de Tegucigalpa vieron las fotografías, una hora después, supieron que el esposo de Laura acababa de entrevistarse con el sospechoso.

Un detective hizo una llamada a la Fiscalía y, minutos antes de las seis, tenían rodeada la casa de Julio Castro. Este no opuso resistencia.

En la gaveta de una cómoda los detectives encontraron un revólver 38, sin balas y una bolsa de papel con quince mil lempiras en billetes de quinientos.

Ya sabemos que el esposo te pagó para que mataras a Laura -le dijo un detective-; si colaborás con nosotros, la Fiscalía podría ayudarte. Tenemos tus huellas digitales en la fotografía de la mujer que botaste en el basurero del baño de hombres de la empresa Aurora. ¿Qué decís?

Cuando el esposo vio a los agentes de la DNIC rodeando su casa trató de suicidarse, pero le faltó valor. Luego se supo que Laura quería divorciarse de él por tantos maltratos de toda una vida: él, despechado, la acusó de tener un amante, le exigió que se repartieran los bienes a partes iguales y accedió a firmarle el divorcio.

Pero no soportó el hecho de que ella no lo quisiera ya y decidió matarla para quedarse con todo. Poco en realidad. Si Dios no dice otra cosa, saldrá en libertad en 2030. Julio Castro murió en la Penitenciaría de Varones de Támara. No había sido condenado.

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