Adela era hermosa; en realidad, más que hermosa, era bella, y era joven, una virtud más de su belleza. Y era blanca, y dicen que la mujer blanca es la reina de las mujeres.
Su cuerpo parecÃa hecho con la mano, su cara era más que bonita, sus ojos brillaban como esmeraldas recién pulidas y su pelo castaño caÃa sobre su espalda como una cascada de luminosos colores. Era toda una mujer, y era ajena.
Enamorada de Luis desde los doce años, se casó con él cuando cumplió los dieciocho.
Él la esperó. Era diez años mayor que ella y enamorado también, esperó seis años para que las cosas salieran como Dios manda. Pero eran pobres.
Sin embargo, la pobreza es maravillosa cuando se tiene al lado a quien tanto se ama, y Adela adoraba a Luis. En medio de tantas dificultades, eran felices.
EL PRETENDIENTE
Por desgracia, nunca falta una mosca en la sopa. Y José no solo era una mosca necia y asquerosa; era también peligrosa.
ConocÃa a Adela desde niña, y desde entonces la deseó para él. Ella lo rechazó siempre. Cuando se casó con Luis, José se sintió despechado y juró que no descansarÃa hasta que fuera suya.
Empezó a hostigarla una semana después de la boda. Ella venÃa del rÃo, de lavar maÃz, él se puso a su lado. Ella apuró el paso, él la agarró de la cintura. Ella quiso escapar, él trató de detenerla.
El maÃz quedó regado en el suelo, Adela corrió hacia el pueblo y él le gritó que si no se le entregaba le matarÃa al marido. Adela empezó a conocer el miedo.
DESGRACIA
José no se rendÃa fácilmente. Una mañana, cuando Luis se fue al trabajo, él llegó a su casa. Adela corrió al patio. José dijo que volverÃa. Ella serÃa suya y no le importaba nada más. Si era necesario, matarÃa a Luis o hasta la matarÃa a ella.
Cuando Luis regresó, ella estaba llorando, él le exigió que le dijera qué le pasaba y ella le contó su historia. Luis se enfureció, fue a buscar a José y lo encontró en una calle solitaria.
Era el año 1987. Talanga no estaba tan poblada como ahora, era un pueblo pequeño, pacÃfico y de gente amable y trabajadora. José era la excepción.
Se enfrentó a Luis y le gritó que Adela también era su mujer y que si no le gustaba que le pusiera flores. Luis era de mecha corta y se lanzó sobre él. José era fuerte y paró el ataque, pero Luis estaba furioso y la cólera le daba energÃa.
Tiró a José al suelo, le estrelló los puños en la cara, le restregó la cabeza en el suelo y le dijo que no volviera a acercarse a su mujer porque entonces lo matarÃa. José aparentó rendirse.
Luis se le quitó de encima. En ese momento sintió que algo helado le herÃa las entrañas, se llevó una mano al estómago y vio que de algún lado le salÃa la sangre a borbollones.
Miró a José que lo veÃa con una risa maligna en el rostro, tenÃa un cuchillo en la mano y estaba rojo por su propia sangre. No vio cuando José volvió a atacarlo, una vez más, dos tres veces.
Las heridas eran mortales. Justo en ese momento llegó Adela. Su marido murió en sus manos. Cuando llegaron sus cuñados, José les enseñó el cuchillo que estaba en el suelo y les dijo que él vio cómo Adela atacaba al muchacho.
Adela no sintió los golpes, no escuchó los insultos ni las maldiciones y solo cuando la apartaron del cadáver de Luis sintió que le arrancaban el corazón. La PolicÃa se la llevó a la Posta de Talanga y Adela supo lo que era estar muerta en vida.
VIOLACIÓN
Era una noche calurosa. Talanga estaba alarmada por semejante crimen, la gente tardó en dormirse comentando lo que le harÃan a la asesina mientras Luis descansaba para siempre en un ataúd.
Adela lloraba en silencio. ¿De qué servÃan sus lágrimas? ¿A quién podrÃan conmover? ¿Quién iba a creer en su inocencia? Nadie, y menos los policÃas que se entretenÃan enamorándola. Ella seguÃa en silencio.
Hacia la medianoche, un policÃa abrió la reja, se fue directamente hacia ella, la agarró del pelo, le quitó la ropa y la violó varias veces sin que nadie escuchara sus gritos. Bien dicen los viejitos que las desgracias no vienen solas.
Dos horas después, el policÃa la dejó en paz. Estaba borracho y le dijo que antes de que la Dirección de Investigación Nacional (DIN) se la llevara para Tegucigalpa, iba a volver por ella.
Salió de la celda dando tumbos, haló la puerta y se durmió en una silla cercana. Adela aprovechó para escapar. Era solo una escena más en la tragedia de su vida.
1995
Ocho años después, Adela seguÃa siendo bella, pero sus ojos ya no brillaban como antes; en ellos se mezclaban el dolor y la amargura con la ira y el odio. Casi no sonreÃa y se notaba que no era feliz.
César Ruiz era un policÃa novato, un detective de la recién nacida Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC); era más flaco que ahora, alto, con el pelo negro y grueso y con la misma sonrisa de siempre, una mueca llena de dientes y honestidad.
De los archivos del DIN sacó el caso de Adela y se propuso resolverlo. Fue a Talanga, entrevistó gente, conoció la escena del crimen, visitó la tumba de Luis y se compadeció de la muchacha.
Doce testigos juraron que el asesino era José. Adela era inocente. Pero, ¿a quién le importaba? Era prófuga de la ley y merecÃa un castigo.
A César le importaba. Ella era inocente y él iba a desenmascarar al asesino. José vivÃa en una aldea cercana. Cuando vio llegar a la DNIC se sintió tan macho como cuando hostigaba a una mujer indefensa. Los detectives nada pudieron hacer.
HabÃa que presentarle el caso a un fiscal y seguir el debido proceso. Mientras tanto, una inocente huÃa por un crimen que no cometió y un asesino se reÃa de la justicia. Al fiscal no le interesó aquel caso. El Ministerio Público fue creado para cosas mayores.
CAPTURA
Adela fue capturada. Trabajaba en una casa de El Hatillo, como sirvienta, y alguien la reconoció, avisó a la posta y tres policÃas fueron por ella.
Era casi de noche cuando la metieron en la casuchita sucia y maloliente que era la posta de policÃa de El Hatillo. La bajarÃan a Tegucigalpa en la mañana; por mientras, habÃa que divertirse con ella. Un policÃa lujurioso la violó cuantas veces quiso. Pero esta vez, Adela no pudo escapar.
En la mañana la entregaron a la DNIC, la fiscalÃa la envió a la cárcel de mujeres de Támara y todo el mundo se olvidó de ella, menos César.
AÑOS
Pero cuando la desgracia cae sobre alguien no se aleja nunca. Adela fue condenada. El flamante abogado José GarcÃa era juez del Juzgado Tercero de lo Criminal y la hundió en la cárcel. César abogó por ella.
Le dijo al juez que el asesino era José, su tocayo, que tenÃa testigos que estaban dispuestos a declarar que lo vieron pelear con Luis y que vieron también cuando lo asesinó a puñaladas.
El juez miró al detective, bostezó casi hasta tragárselo (tan flaco era que bien podÃa ser posible), lo despidió con un gesto amariconado de su mano derecha y le dijo que no le importaba nada de aquello; la asesina estaba condenada y se quedarÃa en la cárcel hasta que cumpliera su condena.
Eso era todo. A César le hubiera gustado que al juez le cayeran todas las plagas de Egipto, y que compartiera la mitad con el fiscal. Adela se quedó presa.
MARIHUANA
José seguÃa siendo un hombre malo; la gente decÃa cosas de él, muchas de las cuales lo hubieran puesto en la cárcel mil años si alguien se hubiera interesado en comprobarlas.
César seguÃa detrás de él. Pero ya nada podÃa hacer y José se reÃa en su cara. Sin embargo, un dÃa César se dio cuenta de que José era inquilino de la DNIC. Lo habÃan capturado con dos arrobas de marihuana, verde, fresca y jugosa. Ahora irÃa a la cárcel. Pero lo condenaron a siete años y salió en menos de cuatro. Era el año 1996.
En junio de 2008, Adela salió en libertad, después de cumplir trece años de una condena que no merecÃa.
Está vieja, amargada, sufrida y con el odio corriendo por sus venas. Odio contra el asesino que le mató al hombre que tanto amó en su vida, odio a los policÃas que debieron protegerla pero que decidieron violarla, odio a la fiscalÃa que debió escuchar a los testigos del crimen y creer en su inocencia, odio al juez que la mandó a Támara siendo inocente, odio a un sistema judicial que sigue siendo una serpiente que solo muerde a los descalzos, odio a los que hablan de justicia y venden la ley, ponen precio a sus decisiones y arruinan la vida de los inocentes sin importarles ni el dolor ni las lágrimas.
Este es un insólito caso de la justicia. Y lo peor, es que la vida sigue igual en un paÃs que merece un mejor destino, mejores dirigentes, mejores jueces.
Cest la vie…
