La reciente elección del candidato uribista en los comicios colombianos, Juan Manuel Santos, que no por esperada ha dejado de ser menos contundente y rotunda que lo que auguraban las fallidas encuestas, abre la puerta a un nuevo ciclo político y pone el punto y final a la larga era del ya saliente presidente Álvaro Uribe.
Santos, que se vio favorecido en la contienda por la alta popularidad de Uribe pero también por la inconsistencia de los candidatos que concurrían a las urnas, tiene ante sí enormes desafíos y retos que abordar en una presidencia que se prevé compleja, muy diferente, seguramente, en el estilo y las formas, dados los perfiles tan distintos del elegido y el ya casi ex presidente, y crucial para determinar el papel que va a tener Colombia en el mundo y en un continente que vive un momento de redefinición, asentamiento y cambio.
El cuadro que presenta la realidad colombiana, pese al optimismo de algunos y la escasa capacidad crítica de otros, merece que revisemos, una por una, las principales “asignaturas” que tendrá que superar el ya electo presidente Santos, entre las que destacan:
Situación económica muy compleja. Si bien es cierto que el actual gobierno de la mano de Uribe ha conseguido atraer importantes inversiones extranjeras, entre las que destaca en primer lugar la española, no es menos cierto que este flujo constatado de capitales hacia Colombia, fruto, sobre todo, de la creación de un marco de seguridad estable y una seguridad jurídica de la que no gozan sus vecinos, no ha sido capaz de crear empleo -el desempleo supera los doce puntos porcentuales- y aminorar una estructura social absolutamente injusta en lo que se refiere al reparto de la riqueza.
Una verdadera reforma agraria, en uno de los países más injustos de América Latina en lo que estructura de la propiedad atañe, y una política fiscal que grave a las grandes fortunas para crear una mínima política asistencial, por citar dos de las grandes demandas, parecen absolutamente necesarias para modernizar y refundar un país con un notable déficit social.
El terrorismo sigue golpeando. Pese a los notables éxitos obtenidos por el actual Ejecutivo, con varias liberaciones espectaculares de rehenes y la caída de numerosos comandos y líderes guerrilleros, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional -las dos principales fuerzas terroristas del país, pero no las únicas- siguen activos y el número de militantes alzados en armas contra la legalidad democrática podría situarse en una horquilla que se oscila entre los 8,000 y 10,000 militantes.
El mismo día de las elecciones, como muestra de la gravedad de esta lacra que dura ya más de medio siglo, el terrorismo volvió a atacar y varios miembros de las fuerzas de seguridad perecieron en un par de acciones perpetradas para arruinar la “fiesta democrática”.
Santos, que tiene experiencia en la lucha contra el terrorismo, pues fue ministro de Defensa con Uribe, tendrá que emplearse a fondo en este asunto que tanto preocupa a los colombianos y tanta popularidad le dio al saliente.
Cuadro social especialmente preocupante. Colombia cuenta con más de veinte millones de pobres, de los cuales entre seis y ocho millones son indigentes, según las fuentes, es decir, más de la mitad del país vive casi en la miseria.
La lucha contra la pobreza no fue un objetivo prioritario de las políticas de Uribe, más centradas en lo que se denominaba como la seguridad democrática que en la generación de bienestar social y reparto de la riqueza.
El desarrollo de un sistema de salud y de una educación pública gratuita de calidad deberían de estar encima de la mesa como objetivos fundamentales para este mandato, pues los déficit sociales son tan altos que sitúan a Colombia a la cabeza del subdesarrollo no ya en América Latina, sino en todo el mundo.
El vicepresidente electo, Angelino Garzón, anunciaba, en una entrevista reciente, que la prosperidad de todos los colombianos será una asunto prioritario para el próximo presidente. Veremos.
Relaciones con sus vecinos. La política exterior de Uribe ha sido desastrosa, por decirlo de una forma generosa con el saliente presidente.
Ha concitado el rechazo continental, ha sido incapaz de mantener buenas relaciones con sus vecinos, pero especialmente con Ecuador y Venezuela, y ha llevado al país a aislamiento casi total.
Haber convertido a la carrera diplomática en un “botín” para repartir cargos a cuenta de favores políticos ha llevado a este estado de cosas.
Embajadores poco preparados y escasamente adecuados para el desempeño de sus funciones -como una conocida embajadora en Londres que ni siquiera sabía inglés y que más tarde acabó como inconsistente candidata a la presidencia- han llevado a la política exterior colombiana a una parálisis total, a una nula gestión de las situaciones de crisis y a una escasa capacidad de respuesta ante los nuevos retos y desafíos en el orden internacional.
Profesionalizar las relaciones internacionales y crear un equipo capacitado y adecuado, acorde a la potencia política, económica y demográfica que es Colombia, constituyen las principales “asignaturas” del próximo presidente. ¿Será consciente Santos de la importancia de este asunto capital?
Renegociar el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Fruto del mal manejo de la política exterior por parte del ejecutivo saliente, que delegó importantes misiones en embajadores poco profesionales y mal formados, como la embajadora en Washington Carolina Barco, y de una escasa concreción estratégica en los fines condujeron a la no ratificación del Tratado de Libre Comercio entre los Estados Unidos y Colombia por parte del Congreso norteamericano.
Este Tratado era, todo hay que decirlo, una de las escasas ideas en la agenda exterior del presidente Uribe. Los asesinatos de sindicalistas, junto con algunas constatados violaciones de derechos humanos, llevaron a los demócratas norteamericanos a oponerse a la firma de dicho Tratado, que también figura entre los primeros objetivos por lograr del presidente entrante y que favorecería el intercambio comercial entre ambos países.
Aislamiento internacional. Se necesitan una nueva agenda y un equipo.
Una política exterior totalmente condicionada y obsesionada por mantener buenas relaciones con los Estados Unidos a cualquier precio ha sido el rasgo dominante del gobierno saliente. Colombia necesita una nueva agenda en política exterior y un equipo profesional para desarrollarla en todos los ámbitos geográficos; resulta especialmente grave que un gigante político como este país carezca de una acción exterior y que países mucho más pequeños, como Bolivia, Ecuador y Venezuela, tengan una mayor presencia en el mundo y una proyección internacional de la que no goza, ni de lejos, la diplomacia colombiana.
Derechos Humanos. Los asesinatos de sindicalistas, las acciones extrajudiciales de los paramilitares, los denominados falsos positivos (1,800 civiles asesinados por las fuerzas armadas, que trataban de ganar prestigio y medallas) y la persistente acción de los grupos terroristas, por citar algunos de las principales cuestiones en la agenda del futuro presidente, son los principales retos que se encontrará sobre la mesa el próximo mandatario. ¿Habrá voluntad política por hacer frente a este panorama tan adverso o jugará a la estrategia del “avestruz” que caracterizó la gestión de Uribe?
Lucha contra la corrupción, el nepotismo y el amiguismo. Hasta ahora, y a la espera de que alguien lo remedie, el presidente que llegaba al poder repartía los cargos políticos no en función de la capacidad o profesionalidad de los candidatos a ocupar las principales responsabilidades de la administración, sino que las mismas se daban en forma de dádivas entre los amigos, familiares y personas allegadas al círculo presidencial.
Santos, que es un profesional de reconocido prestigio y trayectoria, tiene ahora la ocasión histórica de invertir esta tendencia y apostar por la renovación y el cambio, ¿será capaz o, por el contrario, se impondrá la inercia del pasado que implica ineptitud e ineficacia del sistema? El prebendismo permanente destruyó la Colombia del pasado y del presente, ¿también del futuro?
El tiempo nos dará las respuestas a todas estas cuestiones.
